Pigmentos y Estética: su persistencia en el Perú

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Una de las aristas más interesantes dentro de la discusión en torno al racismo y la pigmentocracia en el Perú, es la de las cuestiones estéticas. Los valores estéticos del Perú contemporáneo es una de las capas de su sociedad en la que se lo puede ver tal y como es. Es una suerte de túnel vedado a la intuición y la percepción del día a día, cuyo recorrido supone encontrar un sinfín de restos de racismo reinventado. El racismo reinventado de la actualidad es comúnmente llamado mentalidad poscolonial, y al contrario de lo que se pueda pensar, no es un término acuñado por las filas del llamado pensamiento decolonial. Todo lo contrario. Si el concepto ha sido bautizado de aquella manera, es porque sus aspiraciones quieren hacer claro que algunas devociones propias de las colonias de la América Virreinal, siguen teniendo mucha influencia en nuestra realidad más próxima. 


El rasgo más claro, propio, puro y casi esencial de esta mentalidad y de su vástago estético es la devoción desmedida por el color blanco y las connotaciones simbólicas que este tiene; relacionadas todas ellas a la pureza, a la limpieza y la perfección moral y estética. Cosa radicalmente distinta de lo que considera respecto a colores que pertenecen a tonalidades más oscuras, pues, desde siempre, los ha asociado a aspectos como manchas, suciedad, la corrupción o profanidad.

El resultado de esta asociación tiene unas consecuencias sociológicas mucho más llenas de vida de lo que podríamos pensar.  Siendo explícitos, este tipo de razonamiento pigmentocrático, hace que la piel blanca en el Perú se vincule directamente con la prosperidad económica y la felicidad familiar, dos cosas a las que no cualquier peruano puede acceder con facilidad. Porque antes, tiene que elegir entre respetar su identidad o no, entre nadar contra la marea o humillarse, mientras toma la difícil decisión de escoger si acometer o no la carrera que la sociología peruana ha llamado La utopía del blanqueamiento.

La utopía del blanqueamiento, tal y como lo define su autor, Gonzalo Portocarrero (1949-2019), es un proceso transgeneracional de mejora de raza, que viene a ser una transacción entre una persona descendiente de indígenas y alguien lo más blanco posible. Todo ello, con el fin de cimentar una familia originariamente indígena sobre un apellido puro –desde la lógica de la mentalidad poscolonial–, cuyo resultado sea que de una criatura enteramente blanca. A lo que comúnmente se le llama mejorar la raza.

A juicio propio, creo que lo más importante de dicho proceso y sus implicancias, es que tras él se esconde una renuncia dolorosísima para los colectivos no blancos del Perú. Aquellos que luchan día a día por hacerse un hueco en un país que los juzga y obstaculiza todo cuanto puede. Como lo ponen Virginia Zavala y Roberto Zariquiey, el racismo peruano funciona bajo la mecánica Yo te segrego a ti porque tu falta de educación me ofende. De esta manera, la población que ni es blanca ni mestiza en el Perú, tiene que subsistir enfrentándose a un dilema identitario, mientras que otras personas cuyo más preciado tesoro es la casta u escala social a la que han podido llegar negando sus raíces, les dan a entender que no tienen otra alternativa.