Lógica ilógica

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Que fácil resulta para todos hacer leña del árbol caído; sorprende ver la cantidad de personas que, ante el error del otro, son rígidas, implacables, poco flexibles y capaces de tirar porquería por lo que sea y cuando sea.

En esa lógica, personas cuyo cinismo raya en lo monumental; capaces de subir a redes sociales infinidad de barbaridades que, pretendiendo ser originales, sólo exhiben la verdadera esencia de sus atormentados seres; vacíos y urgidos de algo de nobleza.

Hay quienes, por ejemplo, postean fotografías en las que hacen notar, a la mala, el color de piel de una persona, clasificándola, por decreto, como inferior; lo risible del tema es que quienes lo hacen, pues no tienen precisamente el tipo de noruegos o alemanes.

En otros casos, personas que sienten que es muy cool, escribir que nunca saldrían con un naco, para luego rematar: porque no tienen la clase que yo meresco –así, con faltas de ortografía–.

Y en la vida real, en el cara a cara, también encontramos muchos casos de personas que se venden como notables y cultos, y que además sienten que tienen el derecho divino de opinar sobre todo y de todos.  Son tan grandes que sólo lo que ellos hacen resulta interesante y digno de mérito, pero al hablar, en lugar de un cómo estás, nos iluminan con un qué tranza.  Bien congruente, ¿verdad?

Curioso resulta ver que, tal como dice aquel adagio lo que te choca te checa, solemos criticar con severidad justo aquello que nosotros mismos no hacemos bien; este fenómeno se da en toda interacción, porque la condición humana así es, capaz de buscar culpables antes de aceptar mis limitaciones y errores.

Critico al compañero maestro porque no sabe dar clase, pero no soy capaz de darme cuenta de que mi dijistes o escuchastes resulta más evidente y que probablemente genere más burlas.

Hablo de aquella persona que asistió a una fiesta con un atuendo, en efecto, fuera de contexto, pero soy incapaz de verme en un espejo y darme cuenta que mi arreglo personal diario es poco menos que desaliñado.

Pretendo dictarle al vecino la forma en que debe educar a sus hijos, porque considero que no van por el mal camino, pero me olvido de que en casa, los míos, salen sin decir a donde van y en ocasiones ni llegan a dormir.

Juzgo a mi contraparte porque compró un auto del año, pero modesto, cuando nunca he sabido lo que es sacar un vehículo de agencia.

Me burlo de las tradiciones y protocolos del espacio donde trabajo, pero extiendo la mano quincenalmente para recibir un salario.

Nunca antes la lógica resulta tan ilógica; el contrasentido es cada vez más grande y, en consecuencia, nos está dejando un entretejido social preocupante.

Mucho nos preocupamos por el mundo que dejaremos a nuestros hijos, cuando la prioridad debiera ser ocuparnos de los hijos que dejaremos al mundo.

Todo es cuestión de enfoques, ¿no?

horroreseducativos@hotmail.