Los compadritos

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Ahora son colonias de Toluca, barrios de la gran ciudad, juntito, pegados a la capital estatal; antes eran pueblos tan lejanos y exóticos que el simple y rutinario hecho de visitarlos era una pasarela de novedades.

Tomemos a San Cristóbal Huichochitlán. Otro mundo, otra cosmovisión, otras costumbres ¿Cómo y en qué se parece a la vecina ciudad? En nada y esto dicho en forma figurada y real.

En el pueblito se hablaba más otomí que español, los maizales eran el paisaje común, y la vestimenta calzones de manta, huaraches, percales, cambayas… increíble que a 5 minutos en automóvil te sorprendiera su fiesta al Santo Patrón, los sepelios con plañideras, dos violines desafinados y luego gran comelitón.

No distantes y si distintos, los pueblitos aledaños a la dizque ciudad, porque Toluca era un pueblote, sí que en las diferencias se hacían notar.

Capultitlán por otro villorrio nombrar. Tierra de capulines, aunque en su placita de los lunes no hallaras un capultamal, ir a su fiesta en agosto, lidiando con los aguaceros, era un sabroso ritual: las tortillas a mano, el mole genial, el arroz sabrosísimo y en la noche píntale a la negrura nocturna cien colores brillantes que truenan y se deshacen y caen.

 ¿Y la amabilidad de la gente? Ahí como en los otros pueblitos del Valle no había maldad. Y si te hacían compadrito, es que había afecto de verdad y al visitarlos, las diferencias, de luego se notaban ya.

Y no hablo de Metepec porque los metepequenses de hoy no lo van a creer: Era un pueblito –decía el Toluco del centro– terroso y rabón, bueno para el tepalcate y el  alcohol.

 

De veras. Así nomás.

 

Y para mejor ilustrar la distante vecindad esta era una visita al compadre en la fiesta del Santo Patrón:

El compadre citadino, José Luis Antúnez, ¡qué se iba a perder la cita con su compadre del campo, ese día de la fiesta del pueblo!

Podían existir mil compromisos, pero ninguno tan sagrado como el visitar al compadre sagrado. Ah, visitarlo y comer como huerfanito sin casa ni hospicio.

Después de una azarosa travesía, llega a su destino todo el batallón. Desde llegando al pueblo se escucha el borlote. Las campanas a todo vuelo y los cohetones que se mezclan con el triquitraca de la cafetera que ya rebota por las piedras del pueblo.

Te dije que nos viniéramos en el camión.

¿En camión? ¡Como crés!  Pareceríamos muertos de hambre.

El coche de los Antúnez va lleno hasta los topes, pero qué caray, no era cosa de desaprovechar. Todos amontonados. Los abuelitos hechos ovillo. Los chicos en las piernas de los grandes comentando ¡Mira+►•a&= y lo demás allá! Y todo lo que alcanzan a ver les parece novedoso.

Mira, papá, están echando cuetes.

¿Ya viste por no sacarlos? Se admiran de nada. Pontifica desde atrás la comadre a punto de sofocarse. El coche pasa por la iglesia, en donde el parloteo del gentío no puede tapar las notas que lanza la banda de viento.

¿Vamos a ver?

 

Luego. Nomás comemos y nos venimos a la iglesia.

 

Ahí va rebotando el coche. Bordea el jardín. Indeciso, el compadre José Luis pregunta:

Oye, vieja ¿Y ora por dónde?

Yo qué sé, ¿ya viste por no venir a visitar a los compadres?

 

Es que… creo que arreglaron el pueblo ¡Ah, sí, ya me acordé!

 

Y el compadre, decidido, enfila por una lodosa calle espantando a dos envoltijadas que tienen que sacar un pase que envidiaría cualquier torero de postín.

Una cuadra adelante, frena, reconoce la casa. Arriba de la puerta hay una corona de papel picado.

¿Ya ven? .Aquí es. Bájense y toquen.

Y el compadre que sale y poniendo en las palabras el corazón, Eessta ees su pobre caasa. Y que los pasa.

Se miran de reojo, felices, adivinando el futuro atracón. Los niños no están quietos y quieren ver todo: la veladora que chisporrotea en el vaso. ¿Qué Diosito es aquél? Al cerdito que pasó por ahí afuera. ¿Podemos cortar un elote, papá?

Y el compadre que se desvive: ¿Qué quieren? Con confianza compadre Pepe, Luis, tengo esto y esto y esto…ustedes nomás digan.

Y al irse el compadre, la comadre citadina que habla por bajo:

 

Estos se ven tan pobrecitos tienen más que uno.

 

Shsh, no te vuelvo a traer. Nomás vienes a criticar.

Retorna el compadre con una botella, vasos, refrescos. Le habla a abuelita Hilda:

¿Usted que quiere, madrecita?

 

Una copita si no es mucha molestia Nomás una y chiquita.

Y ya viene el arroz, Y las tortillas. Y al platazo de mole… ¡Pero mole!, como dicen todos.

No me lo acabo, papá.

Orale, coman todo, si no se ofende el compadre. ¿Ya ven? ¿Para qué pidieron más arroz? Y terminarse ese vasto, único, diferente, sabrosísimo mole, se convierte en una odisea.

Ahí van todos a duras penas escalando el escabroso monte de la gula a mano limpia y con bigotes colorados. Y la abuelita que pide otra copita. Y otra. Y otra más.

Y los cohetones que no dejan de tronar de gusto. Y el radio del  compadre con las canciones rancheras de siempre: cada que la veo venir me mira y se va de lado…

 

 Y el humo que se cuela de la cocina. Y el corazón nobilísimo de los anfitriones que no les cabe en el pecho.

¿Ya saludó a su padrino? ¡Ándele!

¡Ah, que mi ahijado! Tomás te llamas, ¿verdad?

No compadre…ya ni se acuerda. Se llama Pedro. Tomás soy yo.

Je, je, claro, claro. Ya decía yo. A ver, ¿en qué año va mi ahijado?

 

Pasa a sexto, compadre. Ahí se lo encargo ora que lo mande a estudiar pa’alla.

¡Gulp!…este…éste. Sí, compadre. No faltaba más.

Y la tarde que pasa entre la fina atención, las copitas de la abuelita, la plática de los citadinos sólo de cosas de la tele, que por cierto ahí pus tovía no llega. Pero todos se unen en el aplaudir  la obra de arte culinario en ese día, en ese hogar.

¡Estas si son tortillas! Estas sí, no como los cartones que comemos allá, compadre… ¡Y el mole!

¡Que agradecen!

De pronto, la señora le recuerda al compadre citadino que el carromato no anda bien de la luz. Este vuelve en sí, baja de la nube, se levanta y conmina a todos a despedirse.

Apretones de manos y de pronto aparece la comadrita cargando sendas ollitas de mole… Pa’ mañana, el recalentado y en una bolsa, el montón de tamales. Pa’que acompañen el molito, compadrito.

Ya anochece, cuando la nave con llantas sale del pueblo.

¿Y ora cómo le hacemos de hoy en ocho que van los compadres?

 

¿No te digo, A poco los invitaste?

 

El coche toma carretera. Abuelita y los niños ya dormitan Y a lo lejos, desde las ventanillas se ve el pueblito como nacimiento y cómo que de pronto despide mil lucecitas de colores que se quiebran en lo alto del cielo, Y el fogonazo deslumbrante que se deshace y el último, lejano, lejanísimo, casi inaudible, eco del cohetón.