Love in Pandemia & Conspiranoia
Para Jessica
Fue un sábado, de esa desprevenida forma en que se presentan las personas que serán importantes en tu vida. Mijares partió plaza dentro de una CVR blanca. Era tarde. Era el primer día. La puerta se abrió y con los seguros automáticos, la voz del hombre enmudeció. Era una mezcla extraña entre el caminar altivo que la belleza abona y la sencillez de una mujer con arraigo a sus principios. Traía en una cola sus cabellos rubios. Con un blazer hueso y un pantalón ejecutivo a rayas blancas y negras, alzada en las plataformas desde donde miraba el valle, frondoso en sonrisas para ella, que como en cuento de hadas, con gracia eludía dejando caer el pañuelo, siguiendo su camino.
Me parece grotesca la extraña forma en que la modernidad se acopla a las narrativas de hoy, y sí, de esa forma comenzó todo: con un mensaje de WhatsApp. Algunos textos relacionados con el trabajo nos llevaron a la cordialidad y luego a las risas accidentadas. Y del te veías súper mamón habitual, a un martes en el centro de la ciudad, donde, cual episodio de Mujer bonita, sostenía bolsas y daba mi poco objetiva opinión sobre algunos atuendos. Los miércoles y jueves nos enmendábamos las almas con anécdotas, gustos y los relatos del día en que el uno del otro estaba ausente, hasta llegar el viernes en que nos dedicábamos canciones bajo la lluvia, también por el teléfono, dentro del coche.
Una curva en otro sábado que nos gustó para mirador, nos dejó ese aroma en los deseos. Y fue otro sábado que todo se esfumó. Habíamos pasado la tarde juntos, fuimos a comer mariscos y a mí me llamaba la atención su apetito; no hacía sentido con su figura. Bromeamos al respecto y fuimos por unas cervezas. Todo era un reloj de arena y antes incluso de nuestro primer encuentro, ella tenía los planes de boda bastante adelantados. Los dos lo teníamos presente, tratábamos de no hacer demasiado caso de eso, pero a medida que ese día se escaseaba, era inevitable pensar en ello. Como en el mirador, el sol urgía los edificios del oeste. La CVR esperaba en una cuadra llena de gente. Llevaba su bolsa colgando como trapo a un costado, justificando la idea de que en efecto los hombres no deben llevarlas. Cuando se la di, nuestras miradas se arrestaron. Nos dimos un beso en la mejilla, cogiéndonos los rostros con las manos cosa de nada. Luego, cada cuál cogió su camino.
¡Oh, qué George Orwell nos agarre confesados!, pero fue por un espantoso meme que volví a saber de ella. Describirlo sería el no va más de la oquedad, pero supe que luego de 4 años, se había divorciado. Había una hija, pero eso ya lo sabía. Siguiendo en el camino de la inopia comunicativa de estos tiempos, sólo hube que mandar un emoji para tener otro de respuesta que denotaba, poco había cambiado entre los dos a pesar de todo. Eso creímos.
De no ser por esta maldita pandemia, hubiéramos cerrado el trato, ese beso en pausa. Así lo acordamos. Sólo había un chance, pero no lo sabíamos. Por algún extraño motivo, ese fin de semana las cosas no se dieron y no hubo reencuentro. Luego la cuarentena nos azotó. Volvimos a los viejos hábitos: reseñarnos las agendas, darnos los buenos días, pero principalmente usando ese tiempo para actualizarnos en información hasta quedarnos dormidos sobre las colchas entre tanto y tanto.
Supongo, debería sentirme agradecido de que los pleitos que gano hoy, ahora pleitos de amor, son pleitos un tanto más glamorosos, pero al final dejan el mismo sabor de boca; hablo de la frustración que se siente cuando estás atado al recibidor de la casa porque en efecto este virus es una tentativa de muerte y que esa urgencia debería ponerla en cuenta de que en efecto esto no es ni una broma ni una treta de un maquiavélico ser postrado detrás de sus escritorio con todos los hilos del mundo a su disposición para hacernos quedar en casa y jodernos el bolsillo. Sí, esa fue nuestra primera riña en años, y comenzó con esa deplorable pregunta: ¿apoco tú crees en eso?
Dice y dicen bien, que debemos respetar la forma de pensar de los demás. En efecto, en el respeto se basa la sana convivencia. Ese respeto que te hace acompañar a mamá a la iglesia el miércoles de ceniza para que le pongan su cruz en la frente, tal vez solo para que esté más tranquila, esperando a un costado del púlpito bajo la mirada inquisitiva de los ministros que no caben en la idea de que tú no te acerques, de que alguien piense distinto. Solo es eso. Mamá ya ni reza, con esa mirada te sacan del templo, no hace falta más. Una suerte de letra escarlata invertida, ya que todos dentro ven en ti a un sátrapa indigno de sus ojos. ¡Ay de ironías! Respetar pues lo que piensan los demás: el zodiaco, las medicinas alternativas y las conspiraciones irracionales.
Ya llegará la oportunidad de saber con certeza qué orilla a alguien a creer en estas descabelladas ideas de conspiración, aunque nada más atino a pensar que, ante una crisis de salud sin precedentes para el mundo en la era moderna, solo asequible en las películas de Hollywood, la mente entra en pánico. Muy parecido a la sensación que provoca un terremoto. Esa que dos años atrás en una falsa alarma provocó que una mujer en la CDMX se arrojara de una ventana. Nuestra mente sale volando por la ventana todo el tiempo, se llama instinto de preservación. Es mucho más simple calmarnos usando algo que, aunque ilusorio, nos relaje, nos exima de nuestra responsabilidad grupal, de ese estrés que significa preocuparse por alguien más que no sea yo mismo, con lo pesado que es ya de por sí esto último. Eso y que un pueblo constantemente harto de que se le vea la cara sexenio tras sexenio, está decidido a no dejarse embaucar de nuevo a la menor sospecha de alguna mentira. Mecanismo de defensa o negación, elija usted.
Lo fácil en otra época sería callar, varios en mi posición lo harían. Su compañía lo vale, pero pienso que es un insulto mayor esa mentira velada; ese sí, un insulto real a la inteligencia. Pero mucho más importante que eso, pienso en los casos de cáncer que perdieron la batalla arrancados de sus tratamientos por una consulta ilusoria de acupuntura, los pacientes que se alejan del consultorio de un psicólogo exponiendo su tranquilidad por creer en los charlatanes que supuestamente predicen el futuro o que la pederastia entre los sacerdotes en el mundo sea tan grave que fácilmente podría ser catalogada como un trastorno mental, y debajo de ello, las evidencias que ofrecen divulgadores científicos, el efecto Forer o la investigación del Boston Globe (que le valió el Pulitzer y a la película un Oscar) deberían abonar mucho más confianza que un post en Facebook o las atolondradas palabras de un extraño en línea.
Todos casos documentados que pasan desapercibidos al ojo público y cuya responsabilidad de su difusión recae en los hombros, por ejemplo, ahora de esta columna ceñida a los sentimientos. Igual que ahora mismo sucede con la súplica del sistema de salud del Estado ya que por todo lo anterior, la gente no se toma esta pandemia en serio y ha prolongado el aislamiento casi dos semanas extra. Porque podemos intentar vivir en la irrealidad todo lo que nos sea necesario, pero lo único que no se puede evadir, son las consecuencias de esa negación, de esa realidad.
Desde Galileo colgado por defender su idea de que la tierra no era plana hasta Li Wenliang quien advirtiera del peligro del coronavirus en Wuhan, China, y no fuera prudentemente escuchado al parecer por intereses político, y luego muriera, es importante entender que callar no es una opción; no por petulancia o falta de respeto, sino porque la ciencia está precisamente al servicio de la humanidad. Esa responsabilidad se traduce en el peor de los casos en sentencia de muerte. Algo menos tétrico, en ese aislamiento que produce la discriminación invertida tan recurrente hoy o en el menor de los casos, alejarte de la cita de tu vida.

