Lucha independentista
Mujer dedicada de tiempo completo a la política, por cuya existencia ha de ser apresada y debió huir por lugares de lo más inhóspito en Tierra Caliente de Guerrero y estado de México. Se recuerda que a su hija Dolores la tuvo en una cueva del sur. Leona, fue mensajera de insurgentes, dio cobijo a fugitivos, envió dinero para construir cañones y fusiles. Hizo todo lo imposible y jamás aceptó rehuir sus principios de independencia; además de pedir, que la mujer fuera aceptada con todos los derechos de que era merecedora en la guerra.
En los tiempos en que México ya se encontraba libre de las cadenas del imperio español, la familia Quintana Roo-Vicario, sufrió los tristes sucesos de la lucha que convierte a México, en el país bárbaro del que habla el escritor norteamericano J. Turner: Liberales (republicanos, federalistas y anticlericales) contra Conservadores (centralistas, contrarios a las libertades del pensamiento y la política, clericales en favor de que las propiedades siguieran siendo de la Iglesia, y además que el estado civil no fuera posible). Son décadas que no permiten gobiernos estables, pues ni la Revolución de Ayutla en 1854 triunfador, y después la guerra contra el Imperio francés, permitió tener una patria democrática y pacífica: el gran sueño del poeta e independentista cubano José María Heredia y Heredia, por el cual vino a radicar al país, al ser designado secretario particular de Guadalupe Victoria, primer presidente de México.
El México Bárbaro, así se le definió por vivir ese siglo XIX, bajo luchas fratricidas que se desarrollan desde 1821, y hasta la desaparición del presidente Benito Juárez en 1872. Después vendría la dictadura porfirista, que no es algo que se pueda rememorar con justicia por la terrible desigualdad que sostuvo en su gobierno, el Dictador en favor de los pocos. Por eso, regresando a nuestra mujer ejemplar, de aquella carta que Leona Vicario hace publicar en el periódico El Federalista, el 4 de abril de 1833, dirigida a Lucas Alamán, ministro del gobierno que presidía Anastasio Bustamante, es un documento de gran importancia histórica. Una defensa de la mujer que tiene valor aquí y en el resto del mundo. Lucas Alamán era el líder del partido gobernante, conservador recalcitrante; contrario en su momento a la Independencia de México y ahora estaba en las filas del centralismo como su mayor ideólogo.
Al ministro poderoso Leona Vicario le dice: Mi objeto es querer desmentir la impostura de que mi patriotismo tuvo por origen el amor, no es otro que el muy justo deseo, de que mi memoria no pase a mis nietos, con la fea nota de haber yo sido una atronada que abandonó mi casa por seguir a un amante… Todo México supo que mi fuga fue de una prisión y que ésta no la originó el amor, sino el haberme apresado a un correo que mandaba yo a los antiguos patriotas…
Confiese usted, señor Alamán, que no sólo el amor es el móvil de las acciones de las mujeres: que ellas son capaces de todos los entusiasmos y que los deseos de gloria y libertad para la patria no les son unos sentimientos extraños; antes bien, suelen obrar en ellas con más vigor. Son más desinteresadas y parece que no buscan más recompensan que la de que sean aceptadas. Una dura lección para alguien inteligente y culto como lo era Lucas Alamán: cómo iba a decir que las mujeres no tenían ningún derecho. Sean libertadores o dictadores les ha de ser imposible negar el derecho de la mujer a participar en las gestas para lograr la libertad de su patria.
La mujer que fue por siempre política. De esa praxis que se hace con el corazón y por la patria y no por interese aviesos que vienen de la facción, la clase social o aquellos, que son la expresión de la deshonestidad más cínica. Los textos recogidos por Fernández, T. y Tenaro, E, así como por Ruiz, M., comprueban en sus estudios, que Leona Vicario fue una luchadora hasta los últimos días de su vida. Respetuosa y defensora de su esposo, don Andrés Quintana Roo, que terminó por ser electo, ministro de la Suprema Corte de Justicia; cargo que tuvo desde 1835 hasta su muerte. Entre esos años, Leona Vicario fallece el 21 de agosto del año de 1842. Vivió 53 años de una existencia llena de frutos, pero también de momentos en verdad amargos, y jamás cedió a negar sus principios. Recordemos que el nombre que le dan sus contemporáneos al morir es el de Benemérita y dulcísima Madre de la Patria.
Por eso es que al lograrse el 28 de septiembre de 1821, la Independencia de México, ella comenzó a vivir la inmortalidad en vida. Pues nadie era capaz de meterse en contra, como se dijo, participaba cuando era necesario en defensa de un personaje como don Andrés, porque todos sabían, liberales y conservadores, que Leona Vicario era: La mujer fuerte de la Independencia. En recuerdo a sus actos de valentía, como cuando fue apresada y se negó a delatar a los insurgentes: al revisar esos hechos en documentos, Su simple lectura convence del valor y nobleza excepcionales de Leona, cuya actitud parece muy superior a la de tantos insurgentes que se hallaron en parecidas circunstancias. Por ello, escribo de los tres destinos, de tres mujeres, que dejan huella imperecedera en la vida mexicana. Pues el martirio de Bocanegra, no va a atrás de quienes sin sufrir su calvario supieron enfrentar su destino con valor supremo.
Leona Vicario fue política, periodista que encontramos en páginas de periódicos de las tres primeras décadas del siglo XIX, pero también poeta, igual que su marido don Andrés Quintana Roo, de ella se recuerdan los versos de un largo poema que dice así: Llega, y la diosa tan feroz aspecto / Un vivo grito en su sorpresa lanza, / Sin que para increpar a su enemigo / Si faltasen enérgicas palabras, / ¿Cómo -le dice- a profanar se atreven, / Sangrienta tiranía, tus pisadas / La mansión venturosa que Pelayo / A mis cultos devoto consagrará? / ¿Más víctimas buscando acaso vienes / En estas soledades apartadas, / Porque en los pueblos donde impío domina / Tu insaciable furor ya no las halla? / ¿Qué designio, como son todos / los que en tu negro, espíritu se fraguan, / Te ha traído a perturbar la paz serena / De aquesta fragosísima morada? / Allá donde tus leyes sanguinosas / Son vilmente de esclavos acotadas, / Dirigir puedes el violento paso / Que ya mucho a mis ansias lo retardas / ¡Cuán vanamente -el monstruo lo replica- / Aquí de mi furor salvarte aguardaras! / ¿Qué si no mi poder si tu rendida / la cerviz no doblega a mis plantas?… y así va el larguísimo texto titulado: La libertad y la Tiranía, que escribe en julio de 1820, con motivo del acontecimiento de la Jura de la Constitución de Cádiz; donde dice sin ninguna autocensura, lo que tiene como rostro la tiranía de los imperios, y los hechos en tierra que hacen sin ser la suya el oprobio de la humanidad. Tiene en este tema de la poesía por maestro a su esposo, don Andrés Quintana Roo, reconocido como uno de los mejores poetas del siglo XIX mexicano.
El mismo que escribió en honor de José María Morelos, estos versos en aquellos años de lucha antiimperialista: Diez y seis de Septiembre Dijo, y Morelos siente enardecido / el noble pecho en belicoso aliento, / la victoria enseña toma asiento / y su ejemplo de mil se ve seguido. / La sangre difundida de los héroes su número recrece / como tal vez herida / de la segura la encina reverdece / y más vigor recibe, / y con más pompa y más verdor revive. / Mas ¿quién de la alabanza el premio digno / con títulos supremos arrebata, y el laurel más glorioso a su sien ata, / Guerrero invicto, vencedor benigno? / El que en Iguala dijo: ¡Libre la Patria sea! y fue luego / que el estrago prolijo / atajó y de la guerra el voraz fuego, y con dulce clemencia / en el trono asentó la Independencia. Y los poemas de aquel siglo sangriento no pararon, fue el lenguaje de los cultos amantes del liberalismo, que hicieron verdaderos retratos del comportamiento de los mártires y héroes independentistas.
Por toda América Latina la poesía cantó a sus mejores próceres, entre ellos a las mujeres que supieron poner su vida frente a pelotones o ante sus sojuzgadores con gran valentía. El estudio de la historia, de todas las historias de la vida humana hablan de la presencia de la mujer, pero como si lo hicieran a escondidas. En particular en el siglo XIX, que es prolegómeno de la explosión en el siglo XX.

