Lugares que quizás jamás debieron existir

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Suelo sacar fotografías de todos los museos y memoriales que he tenido la oportunidad de visitar. Sin embargo, siempre existe una excepción a la regla, y desde que mis pies bajaron del autobús, mientras mis ojos observaban cuervos en uno de los jardines de bienvenida, supe que sería la excepción. Hay lugares que quizás no debieron existir, y éste, era uno de ellos.

Auschwitz- Birkenau fue el campo de concentración y exterminio más grande de la Alemania Nazi y desde 1947, a tan sólo dos años de su liberación, se convirtió en un museo municipal para la recuperación de la memoria sobre los horrores de la guerra y la invasión NAZI en Polonia. De hecho, en 1979 fue declarado Patrimonio de la Humanidad, siendo visitado por miles de personas cada año. Hoy es conjunto de edificios donde se explica, con detalle, en montaje austero, pero impactante, con la dinámica de los memoriales, las atrocidades cometidas en el lugar a sus prisioneros, en su mayoría judíos. Efectivamente, se expone cabello judío y lo que los NAZIS hicieron con él, así como las piezas de oro que se trabajó con la dentadura postiza que se les quitaba a los prisioneros. También la ropa desgastada, los zapatos, siendo la última posesión y sí, hay una maqueta especial para explicar, a detalle, cada uno de los puntos de este sitio. En el segundo cuerpo del complejo, se puede visitar las barracas de madera donde hacinaban hasta 1500 personas en un bloque. Y quizás, el lugar más tétrico sobre esta tierra: las cámaras de gas… los famosos hornos de Hitler.

No recuerdo la fecha exacta en la que comenzó mi interés por la Segunda Guerra Mundial. Si acaso recuerdo que mis padres veían la serie Remembranzas de Guerra en 1988 y fue justo cuando escuché sobre el conflicto. Posteriormente, la vida sucedió. Llegó a mi biblioteca el Diario de Ana Frank y la película Sunshine, un drama histórico sobre una familia húngara y su transitar en el siglo XX. Tanto Ana como uno de los personajes principales del filme murieron en un campo de concentración. Poco a poco, fueron llegando más personajes o quizás fui yo, quien me atreví a conocerlos. En el 2005, durante mis estudios de alemán, recuerdo haber cambiado una excursión por el Lago Constanza para poder visitar la ciudad de Múnich, y con ella, el campo de concentración Dachau. Aún pareciera estar sentada en el tren, observando el campo bávaro y encontrando entre los árboles, el que fuera el primero de diversos lugares donde serían concentrados los enemigos al Reich: judíos, sí, pero también gitanos, homosexuales, discapacitados y presos políticos.  Una práctica que a partir de 1939 se multiplicaría en distintos puntos ocupados por los NAZIS. Una enseñanza que bien reprodujo Stalin en la posguerra, al norte, en Siberia y que, actualmente, China mantiene para sus propios presos y en la búsqueda de la reinserción al régimen.

Los memoriales han ingresado a la tipología de museos de historia con la encomienda del nunca más. Son espacios que retoman recursos del lenguaje museográfico –lo que vemos en los museos– para dar testimonio de algún suceso  determinado y buscando con ello, generar una toma de conciencia sobre el peligro de repetir lo que se narra. Los primeros memoriales surgieron en los tiempos de postguerra, tanto en Japón como en Jerusalén y actualmente, son varios los otrora campos de concentración y/o exterminio europeo que también se han constituido como memoriales. En ese caso específico, la intención es dar a conocer las atrocidades del régimen NAZI, el Holocausto, pero, sobre todo, el genocidio y la destrucción masiva de personas por el simple hecho de formar parte de una comunidad. Lo que se busca jamás repetir, es el sueño utópico de jamás repetir una persecución de este tipo. Lo cierto es que esta añoranza no es exclusiva de los Campos de Concentración, hoy memoriales, pues existen diversos museos que tratan sobre el tema de la Segunda Guerra Mundial y persiguen el mismo anhelo.

Un caso es la casa de Ana Frank, en Ámsterdam: al terminar el recorrido por el anexo secreto, se puede visitar una sala dedicada a los genocidios que han continuado en la historia contemporánea de la humanidad. Parafraseando al padre de Ana, sobreviviente de la guerra y principal promotor del espacio, todavía existen en el Planeta muchos pueblos perseguidos por pensar o creer en algo diferente. El segundo caso, más cercano, es el Museo Memoria y Tolerancia en la Ciudad de México, donde no nada más se habla del Holocausto, sino de los graves problemas de discriminación y racismo que se viven en México.

Después de visitar los museos sobre la Segunda Guerra Mundial en Francia, Estados Unidos e Inglaterra, tenía pendiente, como esa asignatura anotada en el cuaderno para la vida, la visita al campo de concentración en Polonia, Auschwitz. Para llegar a él, nos hospedamos primero en Cracovia, una ciudad que por sí sola te abraza. Recuerdo que un día antes de la visita el campo, tomamos un tranvía que nos llevó a la zona de antiguo gueto, hoy convertido en edificios que aún recuerdan los tiempos soviéticos. Bajamos del tranvía y había una plaza que se me antojó inmensa, de ahí los judíos eran llevados al campo de Auschwitz, a casi una hora de la ciudad. Tragué saliva y pensé en cómo los años podrían robar las escenas del tiempo, pero es el viento, con su silencio, quien te recuerda justamente al tiempo. Ese día visitamos la fábrica de Oskar Schindler cuya historia llegará a la fama con la cinta la Lista de Schindler de Steven Spielberg, lanzada en 1993. Aquel inmueble había sido convertido en un museo de la ciudad que se enfocaba a la historia de la urbe entre 1939 y 1945. Su museografía, una de las más cuidadas que he visto sobre el tema, jugaba con el poder de sonido: la representación del gueto presentaba las voces en polaco de los judíos, así como los ruidos de fábrica cuando los niños eran salvados por Schindler para que trabajaran con él. Y al final, es el silencio el que vuelve apoderarse del tiempo, en un inmenso salón blanco con el nombre de todos los judíos polacos que murieron perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial.

El 27 de enero de 1945, las tropas rusas liberaron Auschwitz.  La mayoría de los presos habían iniciado ya la marcha de la muerte, caminatas guiadas por los NAZIS para sacarlos de los campos de concentración y no dejar evidencia de los crímenes cometidos. Cuando llegaron los rusos, de acuerdo con las reseñas, encontraron a los presos que estaban en la enfermería y aquellos cuyas condiciones físicas no les permitió emprender el paso. Todos los sobrevivientes no nada más de aquel campo sino de los otros que fueron liberados, tenían el testimonio grabado en su piel, con el número de preso contabilizado en su brazo. A pesar de las fotografías y la evidencia histórica que a lo largo de los años han sido recopilados, todavía existen grupos que niegan los crímenes cometidos en los campos de concentración NAZI y peor aún, que se mantienen ciegos ante las nuevas formas de genocidio en pleno siglo XXI. De ahí que este día sea considerado por la ONU y sus agencias como el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, en la búsqueda de la reflexión sobre los discursos de odio que impera aún en el Planeta, incluyendo el nuevo antisemitismo.

Cuando salí del campo, no me atreví a tomar ninguna fotografía. Sólo observé de nuevo a los cuervos, el mensaje sobre el Arbeit macht Frei y guardé silencio. Era la memoria quien registraba aquel lugar que nunca debió existir.