Luis Montes “El Bofe”

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Botoncito de muestra de la novela Luis Montes El Bofe de quien esto escribe y de próxima aparición.

 

Sin bata, ni sarape, el Toluco fue a los vestidores. Y ahí van casi corriendo detrás   Pepe y Arturo Hernández.

Llegó al vestidor y vomitó algo blanquizco – no se asusten. –Es el pulquito que me chingue en la mañana. Y al salir le ponen a Don José un vendolete en la ceja izquierda. Sin importar que hay gente, el Cuyo grita:

¿Te vas a ir de pedo?… ¡Hay nos vemos!

Don José se viste parsimoniosamente: Se pone la camisa rosa abierta, el saco blanco, los pantalones negrísimos como cielo sin luceros, y zapatos de charol brillosos como la noche capitalina, porque el DF, en sábado por la noche, era un hervidero de Luciferina luz: Cabarets, cantinas, suripantas en minifalda.

Luis El Bofe ya se unió a los cuates del Toluco.

No me digas que otra vez te quedas chavo tierno. El viejo le alza la voz a Luis.

Simón.

Pero esta noche no llegas a la casa. Recoges tus tiliches y adiós. Piénsale chavo tierno. ¡Amonos!

Pero a Luis ya lo había picado el mosquito anopheles de la malaria vida: como no había tenido nada, pus a ver qué se siente irse a ver qué pedo con el Campeón.

Ni modo. Esta noche no-se-me-va.

El viejo se fue echando maldiciones y Luis se unió a la flota del Toluco, casi puro chilango de la Buenos Aires, de la Guerrero y del montón de vecindades del centro del antiguo DF.

¿Al Waikiki campeón?

Va.

¿Lentes negros?

Pa’que. ¿Y tú? Véngase paisano. ¿Le gustan las viejas y el alcohol?

– Simón.

Con su triunfo, El Toluco se iba a llevar la portada de ESTO, el rotográfico más vendido en esplendoroso color café y fotos de todo lo deportivo. Pero en unas horas, en la madrugada ni quién lo conozca: en el cabaret después de bailar unos danzones y diez drinks, Ell Toluquito y sus cuates serán los reyes de la fiesta.

Y ahí va el campeón con su séquito. Los autos como tanques luciendo sus relumbrosos chassises, ahí van por las calles con nombres de países: Perú, Bolivia, Brasil, con nombres de lugares que están por el cono sur, porque en la incipiente zona rosa los nombres son de ciudades europeas: Hamburgo, Londres, Copenhague…puro nice.

Ahí va la flor y nata de la raza y Luis que estará en la mesa de El Toluco pidiendo, ¿si?… ¡Yo invito! Dijo Don José… oooook, saliendo otra vez ese calorcito al pasar por el gaznate el ron Castillo con sidral. Oooh, lo malo es que ni Luis Montes lo notó pero eso de gustarle el chínguere y sentirse bien en el alucine no era buen negocio.

Él no había reparado que era alcohólico, que no es otra cosa que la proclividad a ser sensible al chínguere o –dirían los estudiados– a las bebidas espirituosas.

Y ni modo, Luis cada vez que se podía se acercaba a su ídolo que orita besuquea a una guapa morra de pelo oxigenado, como, –parecida, un poco nomás– con la  que no ha mucho pernoctó. Él se agarró una morena flaca nomás por no dejar. Y ooh, otra vez el calorcito del ron con sidral y sentirse alegre y que se vayan olvidando las chingas de la vida.

Ya le estaba gustando la flaquita. Le dio sus besotes, pero en una ida al wc se fue sepa la chingada adonde. Y aunque ni él lo creía se fue acabando la de Castillo de a kilo.

Obvia decir que Luis no aguantó el bissne y como a las cuatro de la mañana ya no calicaba, pero ¡dejar al Toluco! ni maíz paloma. Uno de la flota lo notó:

Ni modo que dejes al campeón. ¿Aguántala no? y Luis después de vomitar agarró su segundo aire para ver que cuando se desprendió el curita del párpado del Toluco salíeron unas gotitas de sangre y el dueño del congal se llegó a brindar con el campeón:

– Usted no se apure por la cuenta mi Toluquito.

Y a las siete, parió la leona: todos pa’ fuera porque hay que barrer pa’l rato.

Y ahí van en balanceada formación los cuates del campeón; balanceada porque todos se balancean pa’llá y pa’cá. El campeón, ni sombra del que unas horas antes se había chingado al Gavilán Guerrero.

Domingo en la mañana en el centro del DF. Las campanas de quien sabe que iglesia llaman a la primera misa. El Toluco se limpia algo en la bragueta ¿A qué hora se metió el cabrón con la güera? Más de uno se pregunta.

¡Ah chingá! Ya se dispersaron… no más quedamos tres con el campeón.

De… de hoy… en ocho pele-a, no sé, có-mo le va-ya a ha-cer.

El que se formó con Luis al orinar monologa:

¿A poco?

 

Si…  pero este caa-brón es de otro mundo qui-en sa-be como le ha-ce.

Y Luis descubre porqué éste suicida causa tanta tos: en la multitud, es como la canción de José Alfredo: La vida no vale nada y es igualito que un chingo de mexicanos.

Luisito Montes ya no aguanta. La gente comienza a pasar. Se tira, así como va, se tira en el pastito de la calle arbolada y queda junto a una banca de cemento.

Nadie de los que quedan al pasar por el puesto de periódicos, ven al campeón con la mano en alto en la portada de ESTO. El quiere los lentes negros o un taxi y ah…irse a descansar aunque lo echen de menos.

Luis va a despertar junto a un mastuerzo y tres horas después, se levantará y tambaleando buscará orientarse: se busca la lana y en su vieja cartera esta la raya de los chingadazos intacta… ¿On toy? Y pa’ no errarle, para un taxi, uno de esos tanquecitos a los que le decían cocodrilos por tener rodeándolos por en medio unos como dientes afilados.

Se para el taxi:

A Topacio, donde salen los México-Toluca.

 

Fue un botoncito de la novela homónima de quien esto escribe y de próxima pandémica aparición.