Maeta
Tengo algunas semanas que me ha tocado acompañar a mis estudiantes de educación preescolar a sus aulas de kínder. Ellas son una ayudantía activa con las maestras titulares por lo que, cada una de las actividades que realizan, tienen un sentido permeado de entusiasmo, vocación y amor por la infancia. En medio de sonrientes vocecitas, la palabra Maeta se pronuncia dulce en los labios de las niñas y niños.
En un arcoíris de inocencia, los pequeños se despiden de las mamás, de las abuelitas y de uno que otro papá. La entrada al salón es una extensión del cuidado de la familia siendo recibidos con cálidas expresiones de la maestra titular y de la practicante.
En sus bancas, la mañana surge entre colores, papel, lápices, imágenes infantiles, cuadernos, libros, crayolas, plastilina, números y letras en las paredes y el pintarrón donde se anuncia la fecha. Las canciones acompañan sus movimientos que poco a poco fortalecerán cada una de las partes de sus cuerpecitos que los distinguen como niña, niño.
Las caritas de los infantes son una porcelana fina y sus ojos una chispeante inteligencia ávida de conocer el mundo; un cosmos empapado de imaginación, creatividad e ingenua esperanza arrullada por la vida más pura que una personita en cimentación humana puede vivir.
Ellas y ellos son un universo minúsculo hecho por la más agraciada creación. Niñas y niños, portando uniformes de coloridos suaves, cabecitas peinadas cuidadosamente por manos afectuosas, cabellos peinados por quienes les prodigaron el primer acto de amor: mandarlos lindos al kínder.
Los infantes platican entre ellos, consigo mismos, perciben todo lo que pasa a su alrededor; entre la música docente, la palabra Maeta, se escucha durante la jornada de 4 horas: Maeta, quiero ir al baño, Maeta, ¿cómo me quedó?… Maeta… ¡mire mi dibujo!, Maeta, tengo hambre, Maeta, ¿puedo ir al baño?, Maeta, ¿Así?
Sus manos se mueven al compás del trazo de las letras, al ritmo de sus dedos mientras su cuerpo busca la precisión de cada uno de sus movimientos. Mientras el sonido de la música envuelve el aula, las maestras, están al pendiente de cada uno de ellos. Solícitas, atienden cada petición de sus colegiales.
El receso permite la convivencia, ingerir sus alimentos; comparten su lunch a sus maetas. El tiempo después del recreo es breve, la mañana en el kínder ha terminado.
Han dado las 12 del medio día, los familiares se acercan a los salones recogiendo a sus niñas y niños con la certeza que el kínder ha sido su lugar seguro. Los pequeños extienden su manita en símbolo de ¡Adiós Maeta!… Las maestras atienden a los padres y con la misma sonrisa de la mañana, interiormente se despiden de ellos sabiendo de antemano que al siguiente día, volverán a escuchar en cada una de sus voces ¡¡¡Maeta!!!

