Maldad añeja
Hoy la humanidad sigue mostrando su verdadera esencia; parece increíble que tras eventos como el holocausto o las reiteradas masacres que se han vivido desde el primer tercio del siglo veinte, sigamos siendo testigos de la irracionalidad que representa una guerra.
Gaza e Israel se encuentran en un conflicto que, diariamente aniquila la vida de millares de personas inocentes, si al menos los problemas se arreglaran entre esas cúpulas que toman decisiones, podríamos encontrar algún sentido –nótese la ironía–, pero como suele ser, quienes toman esas decisiones se encuentran plácidas, lejanas a la línea de fuego, viendo como mudos testigos lo que han provocado, sin culpa de por medio.
No aprendemos las lecciones, seguimos en una ruta de incomprensión de nuestros actos que lejos de favorecer interacciones más humanas, se empeñan en restregarnos que la parte instintiva de nuestro cerebro parece ganar la partida.
Irónico, además, que muchos de los conflictos se presentan por diferencias religiosas; ¿no se supone que las religiones deben buscar la armonía y la trascendencia? probablemente pasamos de la fe al fanatismo y es ahí en donde se nuble la razón y comenzamos a reaccionar de maneras insospechadas.
Tampoco enfocamos esa supuesta inteligencia en la construcción de un mejor mundo, así como el ser humano ha sido capaz de lograr avances científicos y tecnológicos que sorprenden a propios y extraños, también ha sido capaz de idear atrocidades que debieran avergonzarnos de nuestra existencia.
¿Sabía usted que el diseño de las cámaras de exterminio durante el holocausto fue elaborado por mentes brillantes? Usar nuestras capacidades cognitivas para lastimar al otro es quizás la muestra más grande de nuestra incongruencia. ¿Cómo es que un ser humano es capaz de lastimar conscientemente a otro ser humano?
Desgraciadamente, eso que testimoniamos en los grandes conflictos, tiene réplicas en cada uno de los espacios de interacción humana; que una persona agreda física o verbalmente a otra, por la razón que sea, es sinónimo claro de incompetencia emocional y acaba siendo parte de lo mismo: una vorágine de violencia socializada y aceptada.
Nuestra maldad es añeja, pues desde que el ser humano está sobre la faz de la tierra, ha hecho uso de ésta para imponer visiones, ganar territorios, convencer de supuestas superioridades o dominar a sus enemigos.
Larga es la lista de acontecimientos en los que se ha tratado de legitimar la violencia, la maldad y han quedado en los registros de la humanidad: guerras vikingas, la santa inquisición, cruzadas, y genocidios como los de Armenia, Ruanda, Ucrania, Guatemala y China.
Nuestro México no ha sido ajeno a ello: Tlatelolco, Aguas Blancas, Lomas taurinas, Ayotzinapa.
Lastimosamente, esa maldad se ve reflejada en el día a día; padres de familia que quieren hervir en aceite a los hijos de los otros por cualquier minucia, parejas que en su lucha de poder tras una separación ponen en jaque a sus propios hijos, jefes que humillan a sus subordinados porque se asumen intocables, vecinos que envidian y destruyen lo que represente el éxito del otro.
Maldad que se aferra a sobrevivir.
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