Mercado

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Desde que bajo del auto, tengo una sensación de gozo. Camino sobre mis pasos; las escaleras son el inicio de la aventura: cósmica multiplicidad de historias.

 

Voy por tus pasillos viviendo uno a uno: los colores, sabores y olores que te distinguen. Tus puertas abiertas son grandiosas: arcoíris mercante, ¡Aquí me tienes!

Mis ojos no saben dónde concentrar mi atención: como niña frente a un escaparate de novedades: los locales de comida, los de ropa, el de los trastes, los artículos para el hogar, los accesorios para la dama y caballero, los objetos eléctricos, el local de adornos para la casa, el puesto de jugos, el de las frutas, las verduras, la zona de comidas… la gente que camina junto a mí, la que se entretiene mirando, los que ofrecen sus ventas y la economía que los sostiene.

Pero lo que más me seduce, es el pasillo pegado a Garibaldi, paralelo a los arcos, están las marchantitas ofreciendo el tapiz verde de los nopales, las tunas, el pápalo, el cilantro, el perejil, el aguacate, el romero, el tomillo, las habas, los elotes, las cebollas de cambray, el queso blanco, el chicharrón que complementa el buen taco de plaza, la lechuga, el rábano, las tortillas verdes, amarillas o blancas, las gorditas, los tlacoyos…

Este domingo de plaza, valoré con el corazón, ver a la muchacha de los huaraches con nopales. Tenía tiempo de no saborear el guiso de papas revolcadas en chile rojo, espolvoreado de queso y salsa. Mientras ella, ceremoniosamente preparaba mi tostada de maíz verde, mi boca segregaba saliva ansiosa por probarla. 

La señora joven entrega mi manjar, pago y al retomar mi camino mordiendo mi premio, una ancestral mujer, con inclinados pasos, se acerca al canasto de las tostadas y tomando una de ellas, revisa con cuidado, la consistencia y forma de las tortillas. Mirándolas como la más experta, asienta con orgullo el resultado de su hechura. Su mirada suave, aprueba a su nieta que ha despachado la vianda con la experiencia de la cocinera, con el cuidado de la nieta bien criada por la hija. 

Sigo mi camino saboreando mi huarache de nopales, ahora llevo la sazón de mis mujeres: mi madre, a mis hermanas, a mis primas y a cada una de las señoras ancladas a las raíces mexicanas. 

El festín no termina ahí, mientras avanzo, se escucha la marimba. El padre toca concentrado, el hijo, lleva una charrasca que acompaña la melodía; en ella, las monedas entran por quienes recompensan a los músicos.    Entonces mi corazón se achica y las ganas de llorar asoman cuando la interpretación cobra sentido en mi memoria. El escenario se completa, la atmósfera es envolvente, el gozo estalla en un llanto agradecido al escuchar: ¡El Huapango de Moncayo en el mercado!