Mercenarios en contingencia

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Los empresarios, todos, se arrojaron detrás de las barricadas para protegerse de las enviones del coronavirus desde que el año comenzó. Si algo ha dejado claro la emergencia sanitaria es que no respeta clases o intereses. Para muestra están los estadounidenses, quienes, para beneplácito de los idealistas facinerosos, están pagando caro su culto al capitalismo con más de 600 mil contagios al día de hoy, toda vez que antepusieron la producción al resguardo de sus ciudadanos. Con las economías en jaque por el confinamiento, muchos tuvieron que hallar las formas de arreglárselas para salir al paso y librar de la mejor forma esta crisis.

Así, veo con orgullo a una cafetería de la ciudad cortando gran parte de sus ingresos, cerrando su local al público y restringiendo sus servicios sólo con entregas a domicilio. Todo, únicamente para cubrir el sueldo de sus empleados; además, claro, de invertir en insumos y las previsiones sanitarias de su personal. Difícil tarea. Recordemos que por ley el patrón tiene la obligación de enviarte a casa con goce de sueldo de por lo menos un mes. Más allá de las finanzas, lo esencial es el capital humano. No obstante, no todos pueden permitirse ese lujo y deben ingeniárselas.

Pasando por el comercio informal, cuya ignorancia no exime de la responsabilidad que tienen sobre aquellos involucrados en sus negocios, sólo esperamos que el consumidor premie a quien obre de la mejor forma en esta emergencia en beneficio de la sociedad.

Pero hay casos más graves. En días pasados, el dueño de Grupo Salinas, Ricardo Salinas Pliego, dueño entre otras empresas, de Coppel, Elektra y Tv Azteca, salió a decir que no debemos dejar, como mexicanos, que el miedo nos rebase, y que si no moríamos por el covid-19, si moriremos de hambre, palabras más palabras menos, invitando a todos a reactivar la economía del país. Un mensaje que pronto fue juzgado por la opinión pública y que, bajó incluso la calificación de su televisora por lo ominoso de su mensaje. Suena lógico ya que sus empresas, las de los abonos y facilidades, continúan trabajado con normalidad a pesar de que ya se han dado contagios, y todo bajo el pretexto de que son parte fundamental de la economía de este país.

En paralelo, no hay algo más penoso que aquel que abusa de la crisis. Esta mañana nos encontramos en casa con la noticia de que nos habían cortado el servicio de cable e internet. Desde hace poco más de medio año estamos con Megacable, aunque hemos brincado de compañía en compañía porque, dicho sea de paso, en telecomunicaciones, es un pantano donde el cliente es víctima de un sinfín de abusos que nadie revisa aún. Bien, el asunto es que no había conexión y antes de probar el café de la mañana, había que ir a arreglar ese asunto.

Para quienes no han vivido la experiencia, estar ahí es una travesía. Si tienes una queja, probablemente quede en el limbo ya que ninguna sucursal cuenta con un gerente; si tienes algo que decir te mandan a las oficinas en Toluca. Absurdo. Esto probablemente se deba a la débil estrategia de recursos humanos. Desde que firmas el contrato existen cientos de cosas que el ejecutivo de ventas no te dice y casi siempre esos detalles, omitidos, cuestan tiempo y más importante, dinero.

En fin, como esta no es una misiva catártica (¿o sí?), vayamos al asunto. Se han visto ejemplos en todo el mundo de empresas, bancos y gobiernos que empatizan con la gente y han condonado, extendido plazos de pagos y otorgando bonos para hacer de esta crisis, un momento más llevadero. En Megacable no, al contrario, ajustan sus costos. 100 pesos de un jalón. Lo peor es que lo acaban de hacer apenas el año que inició. Además, la fecha de corte se recorrió. De esto nadie te avisa, y te quedas con el entripado porque no hay quien responda ni te ampare, ya que socarronamente, en sus palabras, tú puedes hacerle como quieras porque PROFECO no les hace nada.

Aunado al abuso, hay que sumarle el riesgo que significa en plena contingencia tratar de aclarar alguno de estos asuntos en una de estas oficinas donde los ralos protocolos de higiene exponen a todos, magnificando sus ya de por sí carroñeras prácticas. Con el home office, la necesidad de estar informados o por mera necesidad de tener algo en que gastar el tiempo en plena pandemia, estos mercenarios nos tienen a muchos contra la pared en plena contingencia. El colmo es que tuve que pagarles porque si no esto no se mandaba por paloma. Alguien tendría que hacer algo, caray. Y eso que no se habló de lo mucho que falla y lo puntuales que son, eso sí, para cobrar o cortar el servicio.