MÉXICO 21

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De los recuerdos más bellos del Bicentenario de la Independencia en el 2010, atesorados en mi corazón de poeta, se encuentra la asistencia a dos eventos conmemorativos en la Ciudad de México. El primero, a los pies del Ángel de la Independencia y el segundo, en el interior del Palacio Nacional. Ambas citas estaban relacionadas y distanciadas por meses, pues se trató del retiro solemne de los restos de los héroes insurgentes que se encuentran en el mausoleo del Ángel y la recepción de éstos, después de diversos análisis y estudios por parte de especialistas, en Palacio Nacional, para la magna exposición en conmemoración de los doscientos años de inicio de la Guerra de Independencia. Sintiendo correr la sangre con una peculiar emoción de historiadora e hija del relato del propio pasado mexicano, recuerdo que estando en el Ángel, sentí el aire colarse en mi cuerpo mientras entonaba orgullosa el Himno Nacional. Sabía que jamás olvidaría ese momento y ahora que lo escribo, 11 años después, el destino, sutilmente, me ha confirmado su presencia.

Me parece que la generación actual de mexicanos no estamos conscientes de la fortuna del tiempo presente que se recuerda. Desafortunadamente, la crisis económica provocada por el Covid-19, más la dolorosa pérdida de mexicanos a causa de esta enfermedad, los altos índices en feminicidios y la corrupción, nos hicieron olvidar o recordar, con recelo, que hace doscientos años, aquella lucha del grito nacionalista de cada 15 de septiembre llegó a su fin con la firma de un documento que daba luz a un nuevo país, el mismo que con el tiempo devendría en los Estados Unidos Mexicanos, o en nombres más bellos, nuestra patria mexicana.

Recuerdo también, en aquel ya lejano 2010, que con emoción visité la exposición México 200 años. La patria en construcción en el Palacio Nacional. Lo confieso, he crecido amando la historia de mi país, en mucho por las enseñanzas de mi padre por creer en la libertad y la justicia; y la paciencia materna de explicarme los sucesos como si fuera un cuento. Así, en ese mágico recorrido, descubriendo la edificación de México, me sorprendió gratamente la solemnidad con la que era presentada el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, firmada el 28 de septiembre de 1821. Se trataba de una vitrina especial con una atmósfera que permitía conservar el documento en las condiciones adecuadas de temperatura y humedad, desarrollada ex profeso por la Facultad de Ingeniería para tal motivo. Aún hoy leo el documento y sonrío: La Nación Mexicana que, por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido.

Los mexicanos solemos ser poéticos con nuestra historia y su cuenta, cayendo siempre a los números 10 y 21. Revisemos: 1810; inicio de la Guerra de Independencia; 1910 inicio de la Revolución Mexicana; 1521, caída de México Tenochtitlán; 1821, consumación de la Independencia. Y con ello, acabo de enumerar las cinco fechas que todo mexicano debe conocer. ¿Ciclos? ¿Numerología en el ombligo de la luna? Lo cierto es que los procesos históricos son más allá que estas mágicos números. La guerra de Independencia es el mejor ejemplo. Inició en la madrugada del 16 de septiembre en Dolores, Guanajuato cuando el Padre Miguel Hidalgo llamó a sus feligreses para levantarse en armas, pues la conspiración de Querétaro había sido descubierta. Poco sabía Hidalgo de estretegias militares y de la voracidad que puede llegar a tener un colectivo enojado ante el gobierno; tendría que ver la sangre derramada en Guanajuato y lo que seguría, para posiblemente decidir retirarse justo en la entrada a la Ciudad de México. Un movimiento que alargaría la guerra a más de una década.  Rebelión que después de la muerte del General Morelos, en 1815, se convertiría en una resistencia con dos personajes a los que, si bien se reconocen como héroes de la patria, fueron los grandes custodios de la llama de libertad: Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria. Finalmente, para 1821 y con una España que ya no se encontraba en  los intereses de los españoles afincados en México ni a la iglesia católica novohisana, Agustín de Iturbide detectó el momento justo para unir a realistas e insurgentes y lograr la independencia de México o más bien, del Imperio Mexicano.

El Acta de Independencia del Imperio Mexicano se encuentra custodiada en el Archivo General de la Nación con la cápsula especial que se le creó en el 2010. Sin embargo, su estadía en la memoria mexicana no ha sido tan placentera. Hace doscientos años se firmaron dos originales. Una fue robada diez años después y la otra se encontraba en la Cámara de Diputados que al quemarse se llevó en las cenizas el documento. El otro originial fue rastreado por Maximiliano, pero al ser fusilado éste por los mexicanos, su confesor se la llevó a Europa donde vivió las viscisitudes del coleccionismo. Finalmente, el últimpo particular que la poseyó solicitó que se entregara al gobierno mexicano, en ese entonces, encabezado por Adolfo López Mateos, lo cual fue una fortuna ya que justo ese sexenio se caracterizó por una política cultural seria que trascendió a nuestros días. Así, aunque parezca irónico, el acta de nacimiento de México, tiene –muy poco– un lugar seguro.

El desdén por el Acta de Independencia de México inició desde el primer día. Ni siquiera Guadalupe Victoria quiso entrar triunfante a la Ciudad de México, pues consideraba que traicionaba a la patria, al ser Iturbide, un antiguo realista, quien encabezaba el movimiento. Me parece que lo que más dolía, en la efervecencia de las ideas ilustradas de sobernía, nación y la luz de la federación muy muy en el Norte, se trataba de seguir en un Imperio que antojaba ser una versión igual contra lo que se había luchado en años atrás. Y así, para 1824 aquel imperio, después del derrocamiento de Iturbide, se convertiría en la República Mexicana, con un futuro tan azoroso como bélico. Sin embargo, nadie puede borrar aquellas palabras escritas al principio del texto La Nación Mexicana… sale hoy de la opresión en que ha vivido.

El Mexico del 2021 dista mucho de esos mexicanos, que sin saberlo, amanecieron siendo mexicanos. No tenían ni idea de la extensión de tierra de su nuevo país y tampoco mucha idea para gobernarlo –a las pruebas históricas me remito– pero ese  es el inicio de toda patria dando su primer grito de libertad. Hoy en día, somos libres, pero presos por una profunda división ideológica, sumidos en el descontento generalizado y la apatía total, condimentado con una extraña reescritura de la historia. Pero somos libres, hemos aprendido o más bien, hemos dotado de sentido a eso de ser mexicano y hemos sonreido, porque a pesar de todo, seguimos aquí. Como bien diría, hace dos siglos, Iturbide: Mexicanos: Ya saben el modo de ser libres. A ustedes les toca el de ser felices.