MÉXICO, MÉXICO, RA, RA, RA

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 Los futbolistas llaneros dialogan:

– Sólo a ti se te pudo ocurrir. Mira, que arreglar este partido el mero día y a la mera hora en que juega México contra Sudáfrica.

 – Oooooh, que quieres; era un compromiso que fue en la cantina y ya sabes que un mexicano no se raja, chin no me fijé.

¡Ya vístete! ¿No?

Junto a los que dialogan, varios futbolistas llaneros, encabronados con premura, les dan vuelta a las agujetas de los botines. Aprietan las cintas y las anudan. Se colocan la camiseta, soñando que ellos también son figurones, que son unos cracks parecidos a los del Mundial.

Claro que en lugar de las cómodas bancas de los vestidores del estadio Banorte, ellos solo tienen tierra y piedras para sentarse. Y para cubrir el vestidor, los cracs de la tierra usan como biombo las portezuelas abiertas de los autos que los trasladaron.

Allá en la otra portería sucede lo mismo. Y ya vestidos de futbolistas, las imaginarias figuras del balompié, los artistas del balón en el llano, trotan jubilosos entre las piedritas, la tierra y pequeños oasis, las islas de pasto silvestre. Mientras los celulares traen el añorante y sentido canto de cien mil personas entonando el himno nacional mexicano.

El que funge de árbitro se pregunta porque fue tan pendejo en aceptar ser el juez de este partido, en lugar de estar en su sillón que ya mero se cae con una fría cerveza cantando también el Himno Nacional… debo estar loco se dice sin reparar en que aceptó porque en casa faltan tortillas.

Lo anotado es ciencia ficción porque nadie en su sano juicio se perdería la transmisión del partido inaugural de una copa del mundo.

Lo que si duele es la incultura masiva el dejarse llevar por la publicidad que ofrece piedritas efímeras, porque nuestro país ha dado pena en los campeonatos del mundo y eso sí, el ratero de Fantino que comanda a la FIFA, es recibido como semidios.

Un ignaro comentarista deportivo comentó que hay aficionados que por tener un boleto piden prestamos casi millonarios y yo pongo el ejemplo de los mexican curius que estando hasta arriba del estadio Azteca ven el partido en su celular.

El árbitro pita su silbato (la ocarina, dice el narrador) que dará principio, –regreso  a la ficción– a dos juegos distintos: en el campo D de las Canchas de Santa Cruz Meyehualco, en partido amistoso se enfrentan el Marte y el Alianza Camionera. Y en el esplendoroso Estadio Azteca principia el duelo México-Sudáfrica.

En la ficción que no lo es tanto vemos la tontería y riqueza reunidas y en el terroso campo la realidad que no se da, pues lo importante es hacer ejercicio, correr, educar a las jóvenes generaciones en todo momento y hora para desentumir el cuerpo. No tanto en buscar figuras como la industria futbolera Argentina, sino niños que suden la camiseta corriendo y no se idiotizan en el celular.

La pantalla de plasma deja escuchar el Himno Nacional, ven el Hospital la cama rechina cuando el enfermo se endereza para ver mejor. En la casa campesina, una veladora al fondo relumbra a fogonazos sobre una Virgen de Guadalupe, y todos rezan para que México gane el partido.

Los once gladiadores de México, comandado por el  Aguirre, con la mano al pecho, entonan el himno. Una exclamación que quiere romper el cemento del estadio rubrica todo. Ya corretean por el césped los magos del balón. La emoción del postrado es mayúscula, la Virgen como que lanza destellos dorados.

Paso a paso, Juan aficionado Patriotero va saliendo del reclusorio oriente, al que lo metió la ineducación de un pueblo y grita cuando se aproxima un gol de México.

Pero no todos son como Juan aficionado, algunos le rascan y encuentran espeluznantes razones además de la ineducación del no tener visión sobre otras opciones de arte, ciencia y cultura, y les duele el pueblo, no cambia. Ellos se oponen a la óptica nacionalista y falta de visión que alguien se propone hacernos ver.

Sólo ellos se mantienen enhiestos debajo de una manta en la que se lee en claros caracteres:

¿No queremos goles! ¡Queremos frijoles!

FIN