MONJA Y CASADA, VIRGEN Y MÁRTIR

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Para estudiar algo, un objeto, un microcosmos, un personaje, importante es ir a las fuentes. En el caso de Vicente Riva Palacio y Guerrero lo mejor es acercarse a sus letras, escritas con sencillez, con humildad, con facilidad que sólo se da a los genios de las letras en el mundo. La lectura de su libro Monja y casada, virgen y mártir, es una delicia el seguir renglón tras renglón, yendo de la mano de sus letras y palabras. Sencillez y soltura, facilidad en el decir y saber concatenar lo que se dice, tal cual si fuera un asunto habladito al oído del que escucha, o en el papel poner de manera simple lo que se quiere contar. Sin duda, es uno de los mejores escritores que el México independiente ha tenido en su historia literaria.

Leer párrafos de dicha novela se refieren a esos tiempos de la Santa Inquisición en la Nueva España: ese espantoso invento de los clérigos más oscuros y conservadores que reinaron a placer para destruir vidas y quedarse con propiedades al por mayor. En dicho libro cuenta Riva Palacio: —¡Tan exaltada estáis así, Sor Blanca? —dijo doña Isabel. / —Ah, Señora!, vos no podéis ni aun comprender lo que se siente cuando se miran estos muros, que no se han de franquear nunca; cuando se considera que el sepulcro se ha cerrado ya sobre nosotras que hemos muerto estando vivas, que no tenemos de común más que el aire y la luz con ese mundo del que se nos aleja, del que se nos priva, pero que por eso mismo nos parece más bello y más encantador. Ah, señora, ¡la libertad! ¿Sabéis vos lo que es la libertad? No, podéis comprenderla porque siempre la habéis gozado; no podéis vos alcanzar cuánta es la dulzura de esa palabra, porque voz, señora, cuando queréis ver el cielo, y los pájaros y los árboles, y el río, y la pradera, y las lagunas, las veis, y a los vuestros y al mundo en fin, y yo estoy lejos, lejos de todo eso condenada a no ver sino estas sombrías paredes, sintiendo el rumor de las gentes que pasan del otro lado de nuestras tapias, oyendo algunas veces ecos de músicas lejanas que me parecen armonías escapadas del cielo. Adivino las pasiones entre los que miro venir al templo, sorprendo en mis libros de devoción frases de amor, que yo no quiero dirigir sólo a Dios. Ah, señora, yo procuro disipar estos pensamientos, ahogar en la religión estos mundanos impulsos de mi corazón, pero me es imposible, no puedo, no.

En este texto podemos reflexionar y como sucede siempre que se habla de mujeres, tomar el ejemplo de Sor Juana Inés de la Cruz, que pasa por dos conventos, el primero de una rigurosa austeridad y dureza para templar a las monjas, y el otro, que le permite mayor libertad para dedicarse a sus lecturas que fueron inacabables. Este solo texto de la novela del escritor mexicano nos hace contraponer a Sor Blanca con la Décima Musa, pues ante sus defensores que desean ayudar a Sor Blanca para que deje los hábitos y vuelva a la vida seglar, se comprende esa lucha terrenal por vivir la vida en la que el sentimiento de libertad es primordial. A nuestra Sor Juana Inés no le fue posible, pues ella adivinaba en el otro camino, que es el del casorio por obligación que esa esclavitud ha de ser más terrible al servicio de un cortesano soberbio y mal educado. Sor Blanca vive en la ilusión de enamorarse de algún hombre y en la ilusión que con él va a encontrar la libertad que se ha vuelto su obsesión. Ello lleva a entender mucho de las contradicciones en que vivía la mujer en el siglo XVII bajo las rígidas reglas de dominio del hombre sobre la mujer. No es extraño que el hermano de Sor Blanca la haya recluido contra su voluntad en el convento, por el solo hecho de no permitir que algún otro hombre llegara para hacerla suya, por amor o por huir del convento, que como vemos era una especie de infierno para la mujer, que según don Melchor Pérez de Varais y doña Isabel de Santiesteban.

 

Ellos descubren al ver el rostro de la monja la belleza iluminadora de que está investida. Sor Blanca del Corazón de Jesús, nos da esa otra cara de la realidad de la mujer. Nos ayuda a comprender de cómo es que nacen los versos y poemas dedicados al amor escritos por Sor Juana y, que a algunos, sorprende y le andan buscando si fueron escritos por sentimientos de lesbianismo o no. Escritos por la razón que fuera pues en el fondo de todo ser humano existe la libertad de amar a quién se desee hacerlo, bajo el mandato de la libertad personal y los derechos humanos: igual que Sor Blanca, que expresa ante sus defensores los sentimientos a flor de piel, ello ayuda a entender buena parte de la obra escrita de la Décima Musa, pues al hacerlo de varias maneras, con una especie de capa para no ser descubierta, le permitió a nuestra Monja de Nepantla, escapar algunos lustros a la acción de la Santa Inquisición en la Nueva España, lo que no fue menor. No se le perdonó en el año de 1690 entonces sí, el escribir su Carta Atenagórica, porque ahí tocó algo intocable, el atreverse a refutar a un sabio de la iglesia. Que una mujer se atreviera a contradecir la ‘sabiduría’ de un personaje del siglo XVII y le pusiera una revolcada llevó a los envidiosos y misóginos del alto clero de ese tiempo en la Nueva España a quitarle sus libros de la biblioteca personal que tenía, y a obligarle a dedicarse a la vida de atención de la gente pobre fuera del Convento de Santo Domingo.

Esa vida que le obligaron a llevar a cabo terminó por hacerle infectarse del tifo que en el año de 1695 asoló a la capital del virreinato. Novela de varias maneras muy agradable, cada párrafo es un material que va enriqueciendo la imaginación del lector, cito: El llanto ha hecho surcos en mis mejillas, y mirad, señora, a pesar de nuestras reglas os voy a mostrar las huellas que el dolor y la desesperación imprimen en mi rostro, porque vos y vuestro esposo sois las únicas personas que se interesan por mi sobre la tierra. / Sor Blanca levantó convulsivamente su velo, y don Melchor y su esposa quedaron asombrados de su belleza. Sor Blanca no era ya la niña tímida que hemos conocido en la casa de don Pedro, era una joven perfectamente desarrollada, el dolor y el llanto habían borrado los colores encendidos de su rostro, pero su palidez, el brillo casi febril de sus ojos y la sombra dulcemente azulada que rodeaba sus párpados, aumentaban el interés y la belleza de su fisonomía. Don Melchor no había soñado nunca que pudiera haber una mujer tan hermosa y tan interesante. Doña Isabel, a pesar de su sexo, encontró a Sor Blanca como un ángel.

Pensemos en la facilidad del escritor, que es capaz de traducirnos con sus letras un momento de aquella Nueva España donde la mujer es sojuzgada como si fuera un objeto que se puede poner en compraventa. Imaginemos al escritor que vive en el siglo XIX y que a través de la investigación y estudio de 60 volúmenes que tratan sobre lo hecho por la Santa Inquisición en el país bajo el dominio español, es capaz de poner en sus palabras lo que es el contexto histórico en su lenguaje, sentimientos, comportamientos y valoración ética y moral de lo que sucedía en el siglo XVII. Dos siglos de diferencia entre Sor Blanca, sus defensores y el escritor magnífico que es Vicente Riva Palacio. No se detiene uno en los párrafos siguientes, pues ellos comprueban al retornar a Sor Juana Inés que hay mucho que no sabemos de nuestra sabia monja en los años en que tuvo que vivir recluida. Cuenta Riva Palacio: —En verdad —dijo doña Isabel— que se conoce que habéis llorado mucho en vuestra vida. —Y tanto, señora, y tanto, que sí el llanto fuera una redención ante Dios, yo estaría ya libre en el mundo. Dios os libre, señora, de soñar siquiera una noche que estáis en el convento contra vuestra voluntad, porque os ahogaríais: es preferible ser emparedada.

De tal nivel es el sufrimiento de Sor Blanca, lo que nos lleva a pensar cuántas veces, con el cariño que vemos a una monjita o a varias, sólo ellas saben, de su infinito deseo de servir al Señor perdiendo la ansiada libertad que Sor Blanca —en aquellos tiempos aciagos— tuvo que vivir, por culpa de su hermano don Pedro de Mejía: con el solo fin de no permitir que ningún otro hombre la tocara. Novela cuya contemporaneidad sigue vigente, los hechos de las religiones en varias ocasiones llevan a la opresión de los pueblos o del individuo y los intereses de los virreyes en esos tiempos eran dolor para sus habitantes.