‘Monstruo: la historia de Jeffrey Dahmer’, Crítica: Netflix romantiza de nuevo a un asesino en serie

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Alma R. Bernal Trujillo

rocio.bernal2017@gmail.com

Monstruo: La historia de Jeffrey Dahmer, de Netflix, cumple lo que puede esperarse de una producción destinada a contar la historia de un asesino en serie. Por un lado, muestra, con escalofriante detalle, las atrocidades que convirtieron al criminal en historia negra del crimen estadounidense. Por otro lado, recorre, con inusitada habilidad, la idea sobre el mal como un hecho social. Entre ambas cosas, el creador de la serie, Ryan Murphy, profundiza en un argumento denso, abundante en detalles morbosos, construido para provocar repulsión.

No se trata de aversión moral o intelectual, sino sólo física. En el mejor de los casos, de una reacción visceral a lo que muestran las brutales imágenes en elaborados primeros planos. El argumento, que reconstruye buena parte de la vida criminal del asesino, necesita impresionar. Pero no cae en el gore directo, sino en el suspense. De modo que invierte una buena parte de su tiempo en tratar de crear una atmósfera cada vez más dura. Sin embargo, también más artificiosa.

El resultado es una producción bien ejecutada que desvirtúa —otra vez— la narrativa del horror de un asesino en serie en beneficio del entretenimiento. Más duro aún, convierte una serie de crímenes aborrecibles en el contexto para reflexionar sobre un personaje. Algo común durante la última década y que Monstruo: La historia de Jeffrey Dahmer lleva a un nuevo nivel.

La cultura que rodea a los asesinos en serie suele romantizar la idea del mal absoluto hasta convertir a criminales en villanos incomprendidos. O, en el mejor de los casos, en criaturas fatídicas aplastadas por la predestinación a la violencia. Pocas veces se muestra a los asesinos en serie como delincuentes brutales y a sus víctimas como hombres y mujeres reales.

La serie sigue un mapa de ruta a través de la oscuridad interior de su personaje. Pero aparca la idea de que el asesino no fue solo la consecuencia del abuso o la homofobia internalizada. Murphy, empeñado en brindar tintes de humanidad a su criatura televisiva, deja a un lado la imagen del Dahmer real. A su vez, profundiza en una figura ficticia que encaja en la idea de un horror urbano, a la medida de un espectáculo televisivo. Tanto como para olvidar que, detrás de los minuciosos pormenores sobre canibalismo y violencia sexual, apenas hay una mirada real sobre las víctimas.

En el universo del programa, la larga lista de asesinatos de Dahmer solo cumple la función de una recopilación cuidadosa de horrores. El creador de la serie quiere suscitar las condiciones para mostrar a un monstruo con rostro humano. Uno que, además, se sostiene en la actuación contenida y brillante del actor Evan Peters.

La combinación provoca que la serie tenga una extraña personalidad dividida. Un espectáculo formalmente impecable que impresiona, pero también un desfile amarillista. En el fondo, carece de la sustancia y la complejidad suficientes como para explorar la mente de un hombre destrozado por la oscuridad. Un hombre que se convirtió en una pesadilla para la conciencia colectiva norteamericana.

Lo que desea Murphy, y lo deja claro desde los primeros episodios, es impresionar por medio de la especulación. Analizar lo que podría ocurrir en la mente de Dahmer mientras se convertía en un criminal aborrecible. La pregunta obsesiona a criminólogos y policías desde hace décadas y la producción desea responderla.

El guion, de Ian Brennan, Janet Mock y el mismo Murphy, lo deja claro. El relato puntualiza que el sentido de narrar otra vez una historia que los medios han contado decenas de veces es la de aportar algo novedoso. ¿Cuál podría ser el detalle recién descubierto? Sin duda, los asesinatos como algo más que un conjunto de horrores. Como un hito dentro de una Norteamérica traumatizada y herida por la posibilidad de la misma existencia de Dahmer.  Pero la premisa, que sí es interesante, se desarrolla con torpeza. Se necesitan casi seis episodios para que se abandone la perspectiva de Dahmer, que está reconstruida, elaborada y sujeta a la interpretación del actor. También a la tensión del guion. El argumento comienza al final de la historia conocida y cuenta en retrospectiva su espantosa historia.

Pero el recurso decae al mostrar los elementos más obvios de la historia. Tanto como para que el cuarto y quinto capítulo parezcan una reproducción torpe de un documental de baja calidad. Lo cual, por supuesto, no beneficia al tono del guion, cada vez más cercano al terror ficticio. El asesino en serie de Peters es una criatura voraz, ambivalente y tenebrosa. Una rareza en medio de una sociedad que le desprecia. El argumento tiene verdaderos inconvenientes para abandonar su tono dramático, un espectáculo construido para sorprender y seducir desde lo espantoso.