“Mover el tiempo” danza atípica que busca Visibilizar a mujeres privadas de libertad

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No todas las coreografías buscan exhibir destrezas físicas o una estética complaciente. Algunas nacen para incomodar, para nombrar lo que casi no se dice. Ese fue el espíritu de “Mover el tiempo”, una pieza dancística atípica que decidió poner el foco en la visibilidad de las mujeres privadas de la libertad, incluidas niñas y adolescentes que viven esa realidad desde el encierro en el Teatro María Rojo en la Ciudad de México.

Detrás del proceso creativo se encuentra Charlie Martínez, coreógrafo y maestro de danza originario del Estado de México, quien desde hace más de una década radica en Monterrey, Nuevo León, donde estudió la Licenciatura en Enseñanza de la Danza Clásica en la Escuela Superior de Música y Danza. Martínez fue el encargado de concebir la propuesta artística y de entrenar durante cinco meses a Miranda Rodríguez, la joven bailarina que interpretó el huapango “Flores negras” y dio vida a toda la pieza.

La coreografía rompió deliberadamente con los cánones tradicionales de la danza contemporánea. En lugar de priorizar la perfección técnica o la belleza convencional del movimiento, el trabajo apostó por el simbolismo corporal: gestos que sugieren peligro, vulneración, olvido y, al mismo tiempo, la libertad que se experimenta cuando el cuerpo baila, incluso en contextos de encierro.

Rodríguez quien tiene apenas 15 años, asumió el reto de representar la obra a través de la danza y expresar con ella la experiencia de las mujeres privadas de la libertad. Para ella, subir al escenario implicó una gran responsabilidad.

“Me sentí un poco nerviosa y emocionada a la vez, porque representaría a muchas mujeres”, comparte Miranda sobre el momento de la presentación.

La decisión de abordar este tema no fue casual. Desde su lugar como adolescente, Miranda eligió conscientemente interpretar a una mujer privada de la libertad para provocar reflexión social.

“Porque no es algo que se vea muy seguido, es más, no se habla tanto del tema. Decidí hacerlo para que la gente lo viera y dijera: ‘mira, si una adolescente de 15 años bailó sobre un tema así, ¿por qué yo no puedo hablarlo o escuchar del tema?. Y para que vean lo que en realidad pasa, lo que viven las mujeres en esa situación”, declaró.

Durante el proceso, Martínez decidió capturar fotografías de Miranda en locaciones como la Plaza de las Tres Culturas y el Palacio de Bellas Artes, pues funcionaron como espacios simbólicos donde convergen la historia, la desigualdad y la cultura, reforzando el mensaje social de la pieza.

El impacto del trabajo trascendió lo artístico. Gracias a esta interpretación, Miranda obtuvo una beca para entrenar con La Infinita Compañía, una de las agrupaciones más importantes de danza contemporánea en México.

“Me sentí muy emocionada, porque me puede abrir muchas puertas”, dice la bailarina sobre la noticia que marcó un punto clave en su formación profesional.

Desde su mirada joven, Miranda también reflexiona sobre la percepción social hacia las personas privadas de la libertad y reconoce que, aunque ha habido avances, el estigma persiste.

“Siento que algunas personas sí, pero no son tantas como antes, ya que ya hay más amplitud del tema”, señala.

Asimismo, expresa su deseo de que la obra continúe su recorrido por otros espacios culturales del país.

“Sí, la verdad me gustaría mucho, así más personas la pudieran ver y conocer la otra cara de la moneda”, afirma.

El día de la presentación, la emoción fue inevitable. La interpretación de Miranda destelló una esencia lacrimógena en Martínez y el público asistente, ya que no pudo contener el llanto al verla bailar. No se trataba solo de una coreografía, sino del encuentro de historias que se entrelazan, la de una adolescente que creyó y se atrevió, así como la de un maestro que encontró en la danza una forma de reconstrucción personal y colectiva.

Para Charlie Martínez, este proyecto tiene un significado profundamente personal, en tanto que el coreógrafo vivió la experiencia del encierro durante poco más de tres años y tras reincorporarse a la sociedad, decidió retomar su labor docente y reactivar su escuela de danza “Entrelazando Puntas”, la cual había fundado años atrás. Aunque al inicio regresó con dudas sobre la aceptación social, hoy se encuentra al frente de un grupo fortalecido de estudiantes de todas las edades.

Su enseñanza, explica, ya no se limita a inculcar el amor por la danza, sino que busca dar voz a quienes viven en los penales y que con frecuencia son ignorados y excluidos. Desde que recuperó su libertad, Charlie igualmente imparte clases de danza y yoga en el penal femenil de Apodaca, generando nuevas oportunidades artísticas y, sobre todo, construyendo confianza entre mujeres que sueñan diariamente con ser libres. El baile, desde el talento y profesión de Martínez, es un hilo conductor de la libertad.

Más que una pieza artística, el proyecto se convirtió en un acto de memoria y de voz. Un recordatorio de que las personas privadas de la libertad existen, sienten, crean y sueñan; y de que la danza también puede ser una forma de libertad compartida.