Nicolás Maquiavelo: un astro de lecturas viciosas
Sea en el contexto que sea, pronunciar el nombre de Maquiavelo ya nos exime de toda indiferencia y llama nuestra atención de inmediato. Ya sea para recordar todo lo que se escucha a mansalva sobre su figura, o ya sea para recordar algunos de sus ciertamente magistrales recorridos históricos, más o menos tendenciosos o con más o menos mala fe, pero al fin y al cabo, dotados de maestría. Sobre este asunto, sobre lo poco conocidas que son sus virtudes y sobre todos los prejuicios más o menos justos que acontecen sobre su obra, es que nos pronunciaremos hoy. Intentando dar respuesta a la pregunta ¿es este autor un desquiciado que colinda con el fascismo, o alguien hijo de su tiempo muy dotado de su tiempo y malinterpretado a mansalva?
La propuesta de Maquiavelo se caracteriza por romper con todos los convencionalismos morales, éticos, políticos y religiosos más clásicos sobre los que fue desarrollando toda la historia del pensamiento hasta sus días. Reniega de la moral cristiana por considerarla un paternalismo que desperdicia poder afanando un bien común tan estéril para la prosperidad de los estados. Chista ante toda ética y moral que se establezca sobre preceptos a priori que deben ser obedecidos por el gobernante para que el pueblo no se exalte y termine volcándose sobre él, pues aquello se le hace indigno de quien gobierna un pueblo no compuesto por estúpidos. Y no ve en ninguno de estos elementos –la ética y la moral– cosa distinta que los cauces para tener a un pueblo sometido al poder del gobernante; es decir, la palabrería insulsa que los ciudadanos quieren escuchar para pensar que están siendo protegidos.
En suma, pocos axiomas éticos o políticos son los que logran convencer a Maquiavelo como garantes de prosperidad estatal. Es muy fácil, según lo que se enseña en El Príncipe, caer en moralinas insulsas que terminan estorbando y haciendo fracasar a las decisiones políticas realmente importantes, por terminar reparando en demasiadas vicisitudes en el fondo intrascendentes. Naturalmente, tales ideas en un sentido muy amplio y exento de la mala fama del pensador italiano tienen mucho sentido, si se recuerda que la moralina es el estado más bajo que puede existir del ejercicio de la moral y de la reflexión ética, y que por lo mismo la administración estatal no debería de reparar en cuestiones de esta índole. La otra cara de la moneda, son sus evidentes connotaciones autoritarias, bajo las cuales se hace explícito que reparar en las voluntades democráticas del pueblo es un error propio del gobernador pusilánime que no sabe imponer con dureza sus decisiones por sobre el pueblo; algo que lógicamente hoy se nos hace inaceptable.
También conviene reparar en la génesis de la famosísima proposición que se le atribuye: El fin justifica los medios. El asunto en el fondo es un fenómeno social y lingüístico, fruto de la expresión El uso es el amo del lenguaje, una tesis sostenida por algunos y vilipendiada por ortodoxos, bajo la cual, los significados y las verdades de las cosas que denotamos con el lenguaje, están determinadas y sometidas al uso que se haga de éste. En tal sentido, por la difusión y el uso de este axioma como el eje del pensamiento político de Maquiavelo, se le terminó atribuyendo su autoría; cuando en realidad se la debemos a Napoleón, quien en su ejemplar del príncipe en plena revolución francesa, la anotó con su puño y letra, tras leer el extracto del capítulo XVIII que dice textualmente: En las acciones de los hombres, y particularmente de los príncipes, donde no hay apelación posible, se atiende a los resultados. Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables y loados por todos; porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y en el mundo sólo hay vulgo, ya que las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no tienen donde apoyarse.
Pasa, pues, que en una lectura más atenta y tal vez más desaforada de las emociones napoleónicas, se hace claro que Maquiavelo entiende a los fines como metas u objetivos que uno se traza para su propia satisfacción, y que la naturaleza de éstos, sea positiva o negativa, no es relevante sino que su persecución se lleve a cabo, con tal de que a esta devenga necesaria e inmediatamente un periodo de prosperidad política. A los medios, por su parte, nada más que como a cualquier herramienta necesaria para alcanzar aquellos determinados fines. Por lo que los medios son momentáneamente censurables según Maquiavelo, pues posteriormente la prosperidad de los fines habrá de tapar la oscuridad de los medios empleados para alcanzarlos. Aun así, como también es lógico, el tratamiento al vulgo como un sector marginal de la sociedad, no deja de contrarrestar la agudeza de su pensamiento con tintes autoritarios.
Las dudas sobre la obra de Maquiavelo nunca van a dejar de florecer. La agudeza de sus ideas, la elegancia de su estilo y lo tremendamente sugerente al entendimiento primero y más pasional ayudan a que esto sea posible. Quieren censurarse y con razón todos sus rasgos vinculados al autoritarismo y al despotismo, y sin embargo, de una u otra forma parecemos pensar en él todos los días porque tenemos la certeza de que, siempre, tras la primera y descabellada primera lectura de sus ideas, siempre subyace una que termina imponiendo una y otra vez, una razón y un genio político simplemente envidiables, de una calidad inusitada y de una pertinencia ciertamente alcanzada por muy pocos.

