No valoramos

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Días tristes; hospitales llenos, gente muriendo en la calle, desesperación que se respira por todos lados en búsqueda de un espacio para la atención del familiar, del amigo, del conocido, del vecino, con la única intención de tratar de salvar su vida.

Eso, estimados lectores, debe ser el mayor valor por el que trabajemos, el de la vida; sin ella, no hay nada, no hay más.

¿Por qué no lo reflexionamos de esta manera?  Vamos por la vida luchando por tener cosas, el buen auto, la ropa de marca, la comida en el sitio de lujo, la compra para el ego, el desperdicio en el vicio o cualquier otra cosa que, cuando llega el momento de pasar factura, se quedará aquí, en lo mundano del mundo, mientras lo verdaderamente valioso, la vida, se acaba en un abrir y cerrar de ojos.

Peor aún, nos encanta el conflicto, y cada vez es más común la lucha de poderes entre padres e hijos, entre hermanos, entre primos, ¿la razón?, la que sea, somos incapaces de bajar un poquito nuestro estúpido orgullo y les negamos el habla, les tiramos cuanta porquería se nos ocurre, al punto de buscar con ahínco hacer daño, lastimar, humillar, hacer notar cuando una persona está en situación poco favorable.   Insisto, todo esto entre familias. ¡Ah!, pero para andar de queda bien con el mundo, nos pintamos como bien solidarios, el eterno problema del candil de la calle.

Respirar, ese acto inconsciente y cotidiano, fue en anhelo de los más de 140 mil muertos que a la fecha han perdido la batalla contra el COVID, a pesar de lo cotidiano y común, no lograron sobreponerse con éxito.

Con estos datos reales, concretos, innegables, ¿vale la pena seguir perdiendo el tiempo en estupideces?

Suele decirse que las crisis son la mejor manera de obtener aprendizajes, siempre que nos preparemos para tal fin, a partir de ahora, es importante regresar a lo sustantivo: el amor por el otro, el respeto a los demás, el cuidado por la familia, el honrar la palabra, el estar atento de los hijos, vivir con intensidad en búsqueda de la felicidad para uno mismo y los seres que nos rodean.

El no hacerlo, como mucho decidieron, acabará por carcomer por la culpa; nada ganamos con esas posturas arrogantes, pagadas de uno mismo, de sabelotodo que, con el último suspiro, sólo dejarán una pésima imagen para nosotros que, como colofón, dejará un recuerdo nada favorable que, de la misma manera, también afectará a nuestros seres queridos.

Cuide a sus padres, no les falte al respeto y no permita que ninguno de sus hijos les falten al respeto (ser cómplice también es grave); ame y proteja a sus hijos, esté al pendiente de ellos y no priorice a sus amistades o vida personal sobre ellos; apoye a su pareja, cuantas personas en el mundo no han tenido la capacidad para tener a alguien a su lado, usted que la tiene, con el compromiso al mil.

Son momentos de reinvención; son tiempos de reflexión, son condiciones para el cambio de actitud.

¡Hágalo!, verá que todo fluirá más armónicamente.

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