Nuevas formas de la palabra
“Tu objetivo es sembrar una semilla de inspiración”
Jeremy Donovan
Han pasado generaciones y la humanidad transita entre la excelsitud de lo clásico y las nimiedades de una conversión digital en donde el humano se despoja de su esencia para convertirse en la parodia de la tecnología, tecnología que día a día se va apropiando de las cualidades humanas y las va potenciando hasta darles un grado mayúsculo de producción sin embargo; hay un don que nadie ha podido arrebatarle a la humanidad, una suave chispa que aún incendia el destino del ser humano y es que por la palabra el hombre es realmente humano.
En nuestros días mucho se ha cuestionado al respecto de que si la Oratoria debe aún permanecer en nuestra existencia, si realmente tiene trascendencia, o por el contrario está en decadencia, o si esta se encuentra mutando hacia mundos con rostros desdibujados y alejados del fin que persigue: ser faro de luz que alumbre, que incendie y haga arder las conciencias; que cual depositarias de la verdad se convierten redentoramente en copas del verbo cuyo vino habrá de calmar la sed de las nuevas generaciones.
Nosotros creemos sin duda, que la Oratoria es un arte que se preserva, que sigue teniendo vigencia entre nosotros, que aún cincela en nuestra mente los bellos conceptos troquelados de verdad de quienes fueron moldeando el alma de la palabra, pues como ya se ha mencionado en otros espacios, un pueblo que no tiene voz, está destinado a perecer; es más, se puede decir que un pueblo que no le da sentido a su palabra solo va girando en alrededor de la misma y sus ideas vegetan porque, la sabía mexicana tienen su cimiente verde y frondosa en la palabra.
La palabra susurrada en los labios taumaturgos del orador tiene poder, poder de cambiar realidades, de construir puentes redentores, de unificar una torre de Babel del pensamiento, que cobijada por el espíritu de exaltación busca en el infinito la bondadosa mirada de Dios. Por eso, nos atrevemos a decir que la palabra es síntesis perfecta de la humanidad, el inicio y el fin, poder y búsqueda de la existencia; paraninfo de la idea y cauce del pensamiento.
No debemos olvidar que la retórica antigua surgida con las ideas sempiternas del filósofo Aristóteles, nos incita a llevar en la palabra la bella arpa melodiosa de la lógica formal, esto quiere decir; que los antiguos oradores, hombres celosos del verbo deberían planificar sus pensamientos, moldearlos de una manera disciplinada, sabiendo de antemano que hablar sin decir nada en un discurso es como encender una lámpara para guardarla en un caja. Por eso, Aristóteles decía que un discurso persuasivo debería contar con tres elementos esenciales: logos que es en potencia el conocimiento, el ideal, la columna vertebral de nuestro pensamiento; ethos que es el propósito que nos incita a hablar, es el fin de nuestra Oratoria y pathos, que no puede ser otra que la pasión con que se presenta y defiende un mensaje que previamente ha sido razonado y que tiene un fin muy bien definido. Qué necesidad de que en la actualidad los que nos preciamos de hablar en público e incitamos a la sociedad a hacer lo propio, encendamos la llama de la pasión por la palabra; que antes de hablar entendamos con plenitud cuál es el fin que nos motiva a hablar ante un auditorio y sobre todo que coronemos nuestras palabras con el conocimiento para que nuestro discurso se vuelva como en antaño un discurso de poder, de esos que cimbran conciencias.
Por eso la Oratoria en la época grecorromana era una herramienta vital de la Política, luz imponente de los que deseaban hacer de sus palabras flechas que aniquilaran a los traidores de la polis y de la república; la palabra en esa época era dignificada y magnificada, ejercida específicamente por unos cuantos para el bien del pueblo. Por eso, se educaba al orador para que antes de hablar aprendiera a reflexionar sobre su entorno, para que cada palabra que irrumpía de sus labios fuera previamente razonada (tal vez por eso surge la clásica sentencia: “piensa todo lo que dices, no digas todo lo que piensas”).
Ya entonces entendemos el don de la palabra como el arte de la elocuencia, el arte de la razón – palabra; el bello arte del dominio a través de la palabra nos incita a obtener el poder, pues quien habla se levanta de las sombras para resplandecer luminoso y ser el faro que guie al confundido. El orador que estudia minuciosamente esta bella disciplina, sabe que mediante sus palabras busca influir en la opinión de quien le escucha y modelar con el arte de su verbo la emoción taciturna de quien le rodea.
Para ello aconsejamos el estudio de la obra: “Instituciones Oratorias” de Marco Fabio Quintiliano o “De Inventione” de Marco Tulio Cicerón, pues sobre todo a través de su estudio y práctica permanente entenderemos que la palabra sigue teniendo el mismo impacto y la voluntad que tenía justo antes de querer ser mimetizada bajo los matices norteamericanos, debemos entender que la palabra llega a la emoción pero anida sin perdón dentro de la razón; el orador incita al pensamiento, como el pensamiento incita al crecimiento, pues ambos: pensamiento y Oratoria, hacen montes de lucha y nubes de trascendencia.
La Oratoria no puede ni debe enseñarnos a hablar, sino a dominar el habla (puesto que el humano desde pequeño y por imitación aprende a hablar), la Oratoria se transmuta con la suma de diversos elementos como ahora se pretende con la defensa de nuevas enseñanzas; pero la palabra no necesita de más adorno que del conocimiento de quien la musita. Habrá quien diga que es necesario adaptar nuestras palabras, que tenemos la imperiosa necesidad de abrir ante otros mundos el campo fértil de la palabra; pero no podemos pretender domar los vientos cuando no hemos abierto las alas para surcar el cielo, no debemos amoldarnos a nuevas técnicas para dominar el influjo de un auditorio, si primero no aprendemos a identificar nuestra propia palabra. Tenemos un motivo que como bastión de guerra defenderemos para poder hablar: el mundo ha evolucionado y el hombre debe rescatar sus virtudes, sus dones y talentos; pero, para que el mundo escuche nuestra voz, el conocimiento y pasión deben identificar nuestra palabra.

