Óleo de la universidad peruana

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Es el Perú un país sobre diagnosticado, una amalgama de conflicto y destello que, habiendo sido bien y ampliamente teorizada desde hace no poco tiempo, sigue presentando arduas resistencias y exigiendo sinfines de noches en vela, a quien pretende recoger entre sus manos, un concepto incólume de pertinencia e imparcialidad, sobre qué y cómo es él como nación. Como es enorme el paisaje y el lienzo limitado, conviene mirar con exactitud aquello a retratar siempre que hablemos de él, y así centrarse en el núcleo de lo descrito. En uno de los muchos lugares de los que emana cuanto ocurre en el Perú: hablamos de la voluntad general.

No son pocas las aristas ni las manifestaciones de una parte de nuestra sociedad tan rica y de por sí tan movediza a las aspiraciones comprensivas de los sentidos y del pensamiento puro. Debemos, pues, cercarla en un solo vistazo mental para buscarla donde se deje ver diáfana y desapasionada, alejándonos de su connotación política y entendiéndola como un deseo común. Como algo eternamente insatisfecho; mientras procuramos no olvidar que esta pretensión presupone, siempre, reconocer algo: cuando es un fenómeno reacio a ser juzgado como positivo por la voz popular, es a su vez un escollo que no amerita zambullidas intelectuales, es algo ya asentado y tristemente franqueado contra cuantas denuncias se le hagan.

Hay, pues, un lugar que parece no servirnos, sino invitarnos a repensarlo para conocer las aspiraciones que ahora persigue y anhela nuestro tiempo, por poder palpar en él todas sus texturas y recorrer todo el prisma de colores que hoy compone la voluntad general peruana. Este lugar es la universidad. En ella se perfilan y arraigan, ni más ni menos, que todas las aspiraciones vitales del grueso de la población sufragante, mientras le recae el tener todos los instrumentos para pulir y restaurar las ideas en las que embarcar el futuro.

Sin embargo vemos que hoy ocurre algo distintísimo a tan ambicioso y honorable quehacer. La gran mayoría de estudiantes quieren terminar sus estudios vertiginosamente, y ejercer la profesión con la que más identificados o convenidos se hayan visto durante su formación. Y nada más. Como en El Cuervo de Poe, vemos con poca tranquilidad por el futuro, que eso es todo y nada más. Pero es que el fenómeno ya no es extraño; a diferencia del hecho de, que, con él, este anhelo haya consolidado el grupo de carácter impaciente y muchedumbroso, que ahora mismo vertebra al grueso estudiantil. Y es que, ¿por qué en unos días como los nuestros, caracterizados por lo parco en casi todo lo pretendido, se ansía masivamente algo de tanta responsabilidad moral como el ser universitario?, ¿por qué, en un país con un pasado artístico e intelectual tan fecundo y de una geografía tan insólitamente valiosa como el Perú, quiere ahora nuestro universitario nada más que titularse y ya no desarrollar un afán vital e intelectual aprovechando tal panorama?

Pasa, pues, que las aspiraciones generales tienen ahora el mismo relieve que una meseta, y que es el proceso de retención de información concreta y no profunda, y el cumplir automáticamente la acción competente el actual indicador de virtud y avance. Ya no pretende el profesor ni el estudiante entender la realidad que los circunda, ni los fundamentos y potencialidades del saber del que el segundo se hará beneficiario. Hace mucho que no quiere realizarse uno más allá de la propia comodidad, aun cuando el cumplimiento estricto de este afán, presupone siempre asegurarse primero de que quien esté cómodo sea el Perú.

Y es que nuestro país advierte que el mayor grueso de jóvenes necesita sin saber por qué, ser ingenieros civiles, industriales o de minas. Que las facultades de administración de empresas rebosan hasta dejar el insólito dato de recibir ingresantes de doscientos en doscientos. Que nuestra salud no lo pide o lo impone, pero rebalsan los estudios de posgrado en medicina y psicología siempre en las mismas ramas. Que el ámbito penal en lo jurídico está empolvado ante el notarial o el administrativo. Y que las ciencias duras, las letras, las artes y las humanidades, son punzadas por el desapego y el olvido, por los cupos sobrantes en las postulaciones, y por las graduaciones de solo cinco o diez alumnos como resultado de promociones naufragadas de temor, a que estos rubros los condenen a nunca poder realizarse.

Una vez más asistimos a los estragos de considerar lo práctico como lo fecundo y lo utilitario como lo que a la larga es lo más seguro. Hemos ganado eficiencia de una manera insólita y hemos pagado, sin remordimientos por ella, que la profundidad y el entendimiento de las misiones de cada profesional, pasen a ser cosa del pasado. Y hasta tenemos que ver ahora con ajena impotencia como los afanes intelectuales y artísticos de las personas más brillantes que conocemos, se lapidan a diario por padres que vociferan  ¡No te voy a pagar esa carrera para que te mueras de hambre!, ¡No te lo he dado todo para que me defraudes así!

Lo habíamos dicho antes: la “comodidad” se puede conseguir ahorcando ilusiones y afanes. Pero no se puede esperar que esta sea como la del jubilado, como la del caballero o la dama que se recuesta sin remordimiento, sobre la tranquilidad de haber entregado a la reforma moral e intelectual de sus días, todo cuanto estuvo en sus manos.