Palabras en violeta

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Hace poco me preguntaron si era feminista. Mi respuesta no fue inmediata ni
mucho menos, sencilla. No estoy a favor de la destrucción de monumentos, pero
tampoco apoyo la falta de empatía hacia las familias que han perdido a sus hijas.
Mucho menos justifico mis logros con mi género ni espero obtenerlos por una
cuota de equidad, pero sí reconozco los techos de cristales, en términos salariales
y de constructos sociales, que no permiten a las mujeres volar. Como leerán, mi
respuesta no resulta nada sencilla, pero ciertamente, hay cuestiones que nunca lo
serán.
El pasado miércoles 8 de diciembre tuve la fortuna de ser invitada a la
inauguración de la muestra pictórica Sororidad en el Museo de Bellas Artes de
esta Ciudad de Toluca. Con una magnífica museografía, misma que ha
comenzado a caracterizar al recinto perteneciente a la Secretaría de Cultura y
Turismo del EDOMEX, después de su reciente remodelación; así como una
meticulosa curaduría que convocó importantes colecciones a nivel nacional, esta
muestra plantea una mirada femenina del arte mexicano: justo a partir del trabajo
de artistas mexicanas. Quizás podría pensarse que esa mirada estaba dirigida a
los lugares comunes de los estereotipos establecidos: la pérdida del amor, la
negación del hogar, la tragedia de género… y, sin embargo, la realidad que nos
presenta la exposición es un México observado desde el corazón femenino, donde
la pobreza, las clases sociales, la vida cotidiana, los feminicidios y hasta el Covid-
19 tienen presencia. No por una cuota de género, sino por ser el mundo en el que
se vive.
Pensaba, por ejemplo, en estas justificaciones comunes de la tragicomedia
mexicana con personajes como Matilde Zúñiga en el siglo XIX o Frida Kahlo en
el XX, donde su destreza en el trazo, en el caso de la primera; o la propuesta de
color y formas en la segunda, se difuminan con su tormentosa historia de amor.
Como si acaso su trabajo adquiriera mayor valía por un corazón roto restaurado
que por el talento trabajado y cultivado del día a día. Pienso entonces, también, en
la gran deuda que tenemos a la lectura del arte hecho por mujeres, no sólo en
nuestro país sino a lo largo de la historia: no es su tragedia lo que las hace
grandes, más bien, la manera en que codifican su realidad las que las convierte en
artistas.
Existen muchas mujeres a las que admiro y que he convertido en el faro de mis
sueños. Y quizás, eso sí me haga feminista. A los 14 años, en la fortuna de ser

criada por un hombre que admiraba a Sor Juana Inés de la Cruz y a Leona
Vicario, recibí como regalo el libro que me cambió la vida: A la sombra del ángel
de Kathryn Skidmore Blair, donde era retratada la vida de Antonieta Rivas
Mercado. Ésta era hija del arquitecto Antonio Rivas Mercado, el constructor del
Ángel de la independencia, además de bailarina, escritora, actriz y me atrevo a
denominar, la primera gestora cultural moderna de México. Resulta muy probable
que sus ideas en cuanto a la enseñanza de las artes y su promoción formaran
parte de la creación del Instituto de Bellas Artes; además de que sembró la semilla
de la Orquesta Sinfónica de México y el teatro moderno en nuestro país. En ese
entonces, cuando era una adolescente, la historia de Antonieta se mantenía
cubierta por el velo de su trágica relación con José Vasconcelos y su suicidio en
París. Si bien la novela sobre su vida abrió nuevos caminos para leer su trabajo,
aún hoy en día, más de veinte años después, su drama amoroso pesa más que su
herencia intelectual: en 1928, adelantada en su visión feminista, no sólo pugnaba
por el voto sino hacía entre ver en sus reflexiones la complicación moral a la que
una mujer era sometida en México para ser buena esposa; buena hija… buena en
todo. Algo muy similar a lo que décadas más adelante daría reconocimiento
internacional a la obra de Simone de Beauvoir.
Como uno de los eventos esperados del cierre de año, se llevó a cabo en Toluca
TEDWomen2021 What Now, donde 11 mujeres compartieron reflexiones que nos
plantean el futuro del tema femenino después de dos años marcados por el
morado de las jacarandas, la sangre de los feminicidios y la fuerte presión
mediática del movimiento feminista. Afortunadamente, en las pláticas que tuve la
posibilidad de escuchar, más que una denuncia por el patriarcado, a mujeres
fuertes, decididas y soñadores que en mucho, coincidían en un llamado a la
comunidad para el trabajo colaborativo, la empatía, la tolerancia y la resiliencia.
Entonces, realmente me sentí identificada: no por las colecciones de tragedias que
pudieran poner en común nuestros reclamos, sino la vitalidad por conseguir los
sueños, alcanzarlos y compartirlos.
No sé a ciencia cierta lo que signifique ser feminista en los 21 años que han
pasado de este siglo. Portar un color… prender una vela… pintarrajear un edificio…
tomar la tribuna y denunciar… trabajar para destruir los techos de cristal… ser
empática con mi compañera o algo más que no alcanzo de describir en este
párrafo. Lo que sí sé es que las mujeres son más que los discursos opresivos del
patriarcado o el machismo inculcado en el hogar. Somos silencio que modifica y la
voz alta que hace retumbar la conciencia. Somos generadoras de cambio no por
poseer una vagina o pechos o porque en el discurso oficial de la historia nos han
olvidado. Cambiamos, evolucionamos, porque somos soñadoras, trabajadoras,
ciudadanas del mundo y corazón de la comunidad. Entender eso, espero nos

permita demostrar que la mirada del arte o de los problemas, no es femenina por
la discriminación sino por la sensibilidad. La violencia de género y los feminicidios
no nada más duelen porque sean perpetuados contra las mujeres, sino porque
aniquilan vidas y emociones humanas.
Hace poco me preguntaron si era feminista… y al final de un gran diálogo contesté
con la comisura de la poesía en tonos violeta… soy mujer.