Párate más temprano

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Suena el despertador como cada mañana, me levanto más por costumbre que por ganas, si no qué como. No puedo perder el bono de puntualidad, de todos los bonos es el que más trabajo me cuesta. El bono por productividad es relativamente fácil de ganar, sólo tengo que acelerar mis procesos, no distraerme con casi nada y prácticamente me lo echo a la bolsa. El bono por accidentes, más bien por cero accidentes, no depende de mí, pero al parecer en la fábrica, la jefa toma buenas medidas para que sea prácticamente seguro el obtenerlo. Sea cómo sea, el más difícil de obtener y el más grande económicamente hablando es el bono de puntualidad. 

La otra vez estaba hablando con un compañero de labores y me comentaba que, cómo era posible que nos dieran un bono por llegar puntuales a nuestro trabajo, cuando se supone que debería ser nuestra obligación. Me hizo reflexionar, pero pues le comenté que es como un premio, es como cuando de niños nos premiaban por pasar con buenas calificaciones en la escuela o portarnos bien. Desde el kínder, recuerdo, la maestra nos pegaba con su saliva, una estrella dorada en la frente a los niños que teníamos buena conducta o que habíamos contribuido con algo significativo a la clase.

Ahondando más en esa reflexión, parece ser como si estuviéramos condicionados, amaestrados como perritos, que si se portan bien, no se orinan en la casa o hacen algún truco se les proporciona una galleta o premio. ¿Y no es sí como funcionamos en general? Esperamos, ya sea un premio o un castigo. Me pregunto ¿por qué no dan también un bono, las empresas, por salir a la hora indicada? o ¿Por qué no dar un bono a la persona que salga más tarde de trabajar? Es difícil. Hace unos días, se incorporó a la empresa un jovencito y ha sido la piedra en el zapato de mi jefa; para todo pone peros y no le gustan las reglas, todo le afecta y parece que no se contenta con nada. 

Digo que le hace falta sufrir un poco, los momentos más difíciles de nuestra vida pueden ser los más importantes, hoy vivimos en un mundo donde las adversidades, incluso las más pequeñas pueden afectar severamente a los jóvenes de hoy, todo aquello que nos incomoda y requiere un poco de más esfuerzo ya no se tolera, sino que más bien, se bloquea, se denuncia o hasta la etiquetan como violencia psicológica. El mundo parece confundir el bienestar con fragilidad y la libertad con anestesia emocional. Las personas de ahora quieren todo más fácil, más rápido, dicen que para eso hemos evolucionado. Ya no quieren esforzarse. Y sí, sé que hoy en día, existe gente que puede tranquilamente permanecer todo el día recostado en el sofá de su casa y desde ahí cumplir con todas sus responsabilidades laborales. Y no sólo esas, sino también las personales, alimentarias y de entretenimiento. Todo ello ha moldeado nuestros hábitos y mentalidad. 

Además, a él ¿qué le preocupa?, llega en un automóvil, mismo que le fue dado por sus papás, y lo usa para salir a comer en algún restaurante cercano o lejano, yo en cambio tengo que conformarme con mi comida en refractario y hacer fila para usar el horno de microondas y calentar mi comida. 

Mi camión se tarda en llegar, porque iba lento cargando pasaje, el metro está a reventar. A una señora se le cae su paraguas en las vías del tren, mismo que se detiene para activar los protocolos de seguridad. ¡Veinte minutos! aproximadamente. Ya no alcancé a subir a ese vagón por la cantidad de gente que se juntó debido al retraso. Me subo en el siguiente disponible, llego tarde al trabajo, mi jefa me regaña, pierdo mi bono de puntualidad y todavía me dice: Párate más temprano.