Periodismo que sangra: crónica de una muerte anunciada

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El periodismo no es neutral. El periodismo elige; o sirve al poder o lo enfrenta. No hay punto medio cuando la verdad es arrasada.

Pero. ¿Qué significa hacer periodismo cuando contar la verdad equivale a firmar la propia sentencia de muerte?

Antes de que la palabra “periodismo” existiera, ya había mujeres y hombres que cumplían con esa labor silenciosa de narrar lo que ocurría. En las plazas de las antiguas polis, en los foros romanos, en los mercados medievales, circulaban voces que contaban noticias, que transmitían rumores, que registraban en crónicas lo que el poder quería callar. Eran pregoneros, copistas, escribas, los primeros intermediarios entre la vida de un pueblo y la memoria que debía guardarse.

Con el paso del tiempo, aquella necesidad de contar se fue formalizando. En el siglo XV, la invención de la imprenta multiplicó la palabra y con ella nació la posibilidad de un público más amplio, capaz de informarse y debatir. 

De los primeros panfletos, hojas sueltas y gacetas políticas, surgió lentamente la idea de una práctica regular, esa de narrar lo que sucede con cierta periodicidad. De ahí el nombre: periodismo. Aquello que responde al ritmo de los días y convierte la fugacidad en registro.

Ya en la modernidad, el periodismo se consolidó como una carrera, como un oficio con vocación y responsabilidad social. Fue considerado la cuarta rama del poder porque su tarea era vigilar, denunciar y narrar lo que los gobiernos y ejércitos intentaban ocultar.

Pero más que un título académico, el periodismo es una forma de dignidad, es pues la obstinación misma por dejar huella en la memoria y por mirar de frente al poder que quiere silencio.

Mí abuela quien tomó la decisión de estudiar periodismo, dejó latente el corazón de este oficio. Es una nobleza que debe quedar jamás olvidada, porque la acción de comunicar debe sucumbir en nosotros, y hoy día no debemos ignorar ni dejar impune los asesinatos de quienes lo ejercen.

En la historia de la guerra, el periodismo se encontraba en primera línea. Durante la guerra de Crimea, en el siglo XIX, corresponsales como William Howard Russell de The Times arriesgaron su vida enviando crónicas desde el frente, inaugurando una forma de contar la guerra que sacudía conciencias en Londres. Más tarde, en la Primera Guerra Mundial, fotógrafos y reporteros se internaron en trincheras para narrar lo que los gobiernos querían ocultar. En la Segunda Guerra Mundial, fotógrafos como Robert Capa arriesgaron su vida en el desembarco de Normandía para que el mundo pudiera ver la brutalidad del frente. Décadas más tarde, en 1994, periodistas como Philip Gourevitch y fotógrafos como James Nachtwey documentaron el genocidio en Ruanda, cuando miles eran asesinados mientras la comunidad internacional permanecía en silencio. En América Latina, durante dictaduras y conflictos armados, periodistas locales se convirtieron en los únicos testigos incómodos de la violencia. En los Balcanes, corresponsales como Christiane Amanpour se convirtieron en testigos directos de la brutalidad de la guerra en Sarajevo. Incluso en conflictos más recientes, como en Irak o Afganistán, periodistas de medios internacionales y locales han trabajado en condiciones extremas, conscientes de que su presencia podía ser la diferencia entre el silencio y la memoria.

Pero algo terrible está ocurriendo, y sin embargo, paradójicamente, no es noticia. 

En Gaza, esa frontera se ha borrado. Nunca antes en la historia de la humanidad se había asesinado a tantos comunicadores como allí. El Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ), ha denunciado la magnitud de este genocidio: son casi 270 periodistas asesinados, unos 400 heridos y 40 detenidos desde el 7 de octubre de 2023.

Más que en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, más que en Ucrania y en Vietnam juntos. Esta comparación no es sólo estadística, sino revela que el periodismo ha dejado de ser tolerado como testimonio y se ha convertido en un objetivo a eliminar.

El día domingo 10 de Agosto del presente año, las fuerzas israelíes bombardearon una tienda de campaña destinada a periodistas cerca de la entrada del hospital Al-Shifa, en Ciudad de Gaza.

En aquella masacre murieron:

Anas al-Sharif (corresponsal de Al Jazeera). 

Mohammed Qreiqeh (reportero de Al Jazeera)

Ibrahim Zaher (camarógrafo de Al Jazeera) 

Mohammed Noufal (camarógrafo de Al Jazeera) 

Moamen (Momen) Aliwa (camarógrafo freelance) 

Mohammed al-Khalidi (periodista freelance)

Fueron seis periodistas asesinados, en lo que se convirtió el ataque más mortífero contra la prensa en toda la guerra de Gaza hasta ese momento, la mayor cifra en un solo día.

Pero estas muertes no son hechos aislados ni errores de la guerra. Son parte de un patrón, de una estrategia deliberada que convierte a la verdad en un enemigo a destruir. Porque en Gaza no basta con matar cuerpos, también se busca matar la palabra que los nombra.

La propaganda israelí se basa en dos técnicas:

O incitar contra una persona concreta e intentar vincularla con una imagen de actividad política o militar.

O justificar después de ejecutar asesinatos sistemáticos para evadir responsabilidades.

Tal vez escucharon como militares del frente israelí (y lo que todo el pueblo israelí sionista grita) es que estos periodistas eran activistas en el ala militar de Hamás. Un guión repetido sin pruebas, como siquiera esa mentira pudiera justificar la ejecución. 

Para esto es importante entender un poco más cómo cocen la historia desde Israelí. Porque lo que ocurre en Gaza es más que un ataque militar, es un proceso meticuloso de silenciamiento Justo después del 7 de octubre una célula de la división de inteligencia del ejército Israelí se especializó en buscar a CADA periodista o cada figura destacada en Gaza y trabajar para construir una relación directa entre él y cualquiera de las facciones de la resistencia. Y ésa es una clara intención de eliminar cualquier intento palestino de revelar lo que Israel está haciendo en Gaza:

Matar, desplazar, y privar de comida a la población.

O de manera más específica como dijo Irene Khan, relatora especial de la ONU: matar, atacar, detener y hostigar periodistas junto a la destrucción de medios en Gaza y Cisjordania forma parte de una estrategia deliberada de Israel para suprimir la vedad, impedir la documentación de crímenes internacionales  y eliminar cualquier posibilidad de rendición de cuentas.

Pero incluso antes de morir, ya estaban bajo amenaza. El hostigamiento, las campañas de difamación, la censura estructural forman parte de la misma maquinaria, puesto que es bien sabido que existe una censura enorme. Las amenazas y las falsas acusaciones son también la forma en que Israel fabrica la aceptación pública de estos crímenes. 

Y para trasladar toda esa información a hechos específicos el frente israelí denuncia a algunos de los periodistas palestinos con las siguientes acusaciones que sólo existen en su imaginario débil y asesino:

Anas Al-Sharif es descrito cómo combatiente de Hamas, Hamza al-Dahdouh como combatiente de la Yihad islámica, e Ismail al-Ghoul como comandante militar. 

La criminalización funciona entonces como un dispositivo doble, por un lado, absuelve al ejército que mata; por otro, silencia de antemano a quienes sobreviven, porque cada periodista vivo entiende que su trabajo puede ser leído como militancia y, en consecuencia, condenado con la muerte. Es ahí donde se abre una grieta fuerte y poderosa, pues, la técnica propagandística no nada más fabrica una narrativa hacia afuera, para el consumo internacional, sino que también se internaliza en Gaza como una amenaza constante. Se genera un campo de sospecha donde informar equivale a exponerse al exterminio simbólico y físico, y donde la cámara o el cuaderno cargan con el mismo peso que un fusil.

Y se repite, se repite un patrón que puede parecer oculto: la violencia no se conforma con silenciar; necesita desfigurar al silenciado. No basta con asesinar a un periodista, hay que asesinar el sentido mismo de su palabra, y hacer de su muerte un espectáculo legitimado.

Esa lógica atraviesa las guerras contemporáneas, porque lo que está en disputa no es el territorio ni los cuerpos, sino la narración misma de lo que ocurre. Convertir a un periodista en combatiente, a una madre en escudo humano, a un niño en daño colateral es parte de una gramática que fabrica realidades a conveniencia del poder.

La propaganda israelí no inventa nada nuevo, no miente de manera burda; se adueña de los símbolos, los retuerce y los devuelve ya contaminados. Una técnica (perfeccionada) de deshumanización que ha acompañado toda política colonial y bélica. Dónde el lenguaje opera como campo de batalla, allí donde debería haber un nombre propio, se impone una etiqueta que borra la singularidad y la sustituye por un estigma colectivo.

 

En esa operación, lo que se asesina no es nada más a alguien sino la posibilidad misma de que sus muertes sean lloradas como pérdidas humanas y reconocidas como injusticias. Así, lo que debería provocar duelo y rabia se convierte en indiferencia, incluso en aplauso. La violencia se disfraza de justicia, la injusticia de necesidad y mientras tanto, cada nombre se borra dos veces, primero con la bala, luego con el relato que reescribe quién fue.

La matanza sistemática de comunicadores palestinos revela que el poder no se conforma con dominar territorios, puesto que también necesita controlar la narración de la historia, arrancar de raíz toda voz que pueda testificar su brutalidad. En este sentido, la propaganda no es un después, sino un durante inseparable de la agresión militar. Al clasificar a los periodistas palestinos como combatientes, Israel produce un lenguaje que anula la frontera entre lo civil y lo militar, borrando deliberadamente las garantías que en teoría sostienen el derecho internacional. La consecuencia es clara: en el terreno bélico, la propaganda opera como blindaje político; en el terreno diplomático, como excusa para la impunidad.

Por eso, recordarlos y leerlos no es un acto privado de duelo, sino un gesto político de resistencia. Nombrarlos con su verdad, y no con la caricatura que el poder impone, es recuperar la dignidad que intentan arrebatarles.

Este texto no pretende clausurar, sino abrir. No quiere ser epitafio, sino manifiesto, un llamado a no olvidar, a sostener la incomodidad, a resistir el borramiento. Porque la memoria no es sólo un ejercicio pasivo de recordar, sino un acto activo de insurrección frente a la narrativa del poder. Dejo entonces, una carta que escribió Anas al-Sharif, uno de los periodistas asesinados, un texto preparado, una suerte de testamento para que fuera publicado en el caso de su muerte.  Su último gesto fue escribir, y al hacerlo nos entregó un espejo de dignidad frente al silencio que quisieron imponerle:

Esta es mi voluntad y mi último mensaje.

Si has recibido estas palabras, que sepas que Israel ha tenido éxito en matarme y silenciar mi voz. El comienzo de la paz, la misericordia y las bendiciones de Dios sean con ustedes, Dios sabe que he hecho todo mi esfuerzo y fuerzas, para ser un apoyo y una voz para mi gente, desde que abrí mis ojos a la vida en los callejones y callejones del campo de refugiados de Jabalia, y mi esperanza era que Alá prolongará mi vida hasta que regrese con mi familia y seres queridos a nuestra ciudad natal de Asqlan ocupada «Al-Majdal» pero la voluntad de Dios prevalecerá, y su sabiduría fuera.

He experimentado el dolor en todos sus detalles, he probado el dolor y la pérdida en repetidas ocasiones, y sin embargo nunca he podido transmitir la verdad tal como es, sin falsificación ni distorsión, que Alá sea nuestro testimonio de aquellos que callaron y aceptaron nuestra matanza, los que sostuvieron nuestras respiraciones y el cuerpo de nuestros hijos y mujeres en sus corazones han residido y no detuvo la matanza que se está realizando Nuestra gente durante más de un año y medio.

Encomiendo Palestina, la corona de los musulmanes, y el corazón de cada persona libre en este mundo.

Te encomiendo a su familia, y a sus pequeños hijos oprimidos, a quienes la edad no les permitió soñar y vivir en paz y seguridad,

Sus cuerpos inmaculados fueron aplastados, rasgados y destrozados por miles de toneladas de bombas y misiles israelíes esparcidos en las paredes.

Les aconsejo que no se dejen silenciar por las restricciones, y que sean puentes hacia la liberación del país y sus esclavos, para que el sol de la dignidad y la libertad brille sobre nuestro pobre país.

Te recomiendo a mi familia,

Les encomiendo a la niña de mis ojos, mi adorable hija Sham, a quien los días no me permitieron verla crecer como soñé.

Les encomiendo a mi querido hijo Salah, a quien deseaba apoyar y acompañar a lo largo de su vida  hasta que fuera lo suficientemente fuerte como para llevar mí carga, y continuar la misión.

Te encomiendo a mi amada madre, cuyas bendiciones han llegado hasta donde estoy, sus oraciones han sido mi fortaleza y la luz de mi camino.

Rezo para que Alá une su corazón y la recompense de mí.

También les encomiendo a la compañera de mi vida, mi amada esposa Um Salah Bayan, de quién la guerra nos separó por muchos días y meses, pero que permaneció en el trono, firme en la promesa sólida como un tallo de oliva que no se dobla, paciente, confiando en Alá y asumiendo la responsabilidad en mí ausencia con toda su fuerza y fe.

Desde el río hasta el mar, من النهر إلى البحر‎