Pet ¿friendly?
Voy con mi perro en el auto, con los cristales de las ventanas hasta abajo, para que pueda sacar la cabeza bien a gusto y disfrutar del aire en su cara. Le compré en la tienda en línea un cobertor especial, diseñado exclusivamente para el modelo de mi camioneta cuatro por cuatro: una tela especial absorbente y que atrapa el pelo que suelta mi feliz mascota.
¿Qué pasó?, ash, este perro vomitó otra vez. ¡Mi auto! Teniendo toda la parte trasera de los asientos cubierta con el cobertor carísimo de la tienda en línea, este condenado perro se le ocurre vomitarse en el asiento de enfrente. Mis asientos de piel. Lo regaño, porque me da coraje. Lo único que quiero es que mi mascota sea feliz haciendo lo que a mí me gusta. No me importa que a mi perro no le gusten los viajes en auto y que se maree a bordo. Lo único que quiero es verlo feliz y que todos lo vean. Por eso vamos a la plaza de moda en la ciudad, que anunció que es Petfriendly.
Es curioso porque justo enfrente de la plaza hay un parque, lleno de árboles frondosos, pasto abundante, bastante amplio y con laguna. Pero no se permiten perros. De hecho, hay un cartel gigantesco en la entrada con una silueta de lo que parece ser un perro de raza pastor alemán, atravesada por una gran línea roja, todo esto encerrado dentro de un círculo de igual color. Y si queda alguna duda iconográfica, está plasmado con letras de molde: Prohibido ingresar con mascotas. Así que como no puedo llevarlo ahí, lo llevo justo enfrente.
La plaza que no tiene pasto, ni árboles, ni lagunas, es mayor en dimensión que el parque. Todo el piso, muy reluciente, y bonito, casi nos miramos en él, parece un espejo. Es difícil que las huellas de los perros se agarren a ese piso, lo que les provoca incomodidad para caminar, ya no digamos correr, puesto que van todos bien sujetos con sus carísimas correas y collares, algunos de diseñador.
A cada paso tengo que sujetar a mi perro, no se le vaya a ir a los ladridos o mordidas a los perros que transitan a nuestro lado. En cada esquina de la gran plaza comercial se detienen y levantan la patita para marcar su territorio, acto seguido llega el perro siguiente y hace lo propio. Todos jadeantes, por el sol extremo, buscan refrescar sus hocicos. Por fin, vemos un recipiente. ¡Vacío! Le pido amablemente a la persona que atiende el local si puede llenar el traste. Al principio se resiste, pues argumenta que es sólo para clientes. Después de que le explico mi punto de vista, parece que se arrepiente y accede a mi petición. Llena hasta el borde el recipiente y mi perro bebe agradecido. En seguida llega otro y otros más. Todos toman agua del mismo contenedor. Espero que todos estén vacunados porque nunca falta el perro que llega enfermo y seguramente contagiará al resto.
Entramos al restaurante y los perros están recostados, incómodos, bajo las mesas, unos se hartan y ladran a la menor provocación, otros, los más pequeños, pueden estar de pie en sus cuatro patas y deambular alrededor de la mesa o silla de su amo, enredándola toda con su larga correa.
Hay quien carga a sus perrhijos en sus brazos y los coloca al nivel de la mesa ocasionando que varios toquen los platos de comida para los humanos.
Todos esos perros estarán dos o más horas, debajo de las mesas, todos incómodos. ¡Qué tal si alguno quiere hacer del baño! Eso no nos importa, lo que nos importa es que nuestros lomitos sean felices. Felices junto a nosotros a toda costa.
Después de permanecer en el restaurante por casi tres horas poniéndonos al día con las amistades y conocidos, e ir todos cómodamente al sanitario, nos dirigimos ahora al súper mercado, a comprar el mejor alimento ultra procesado para evitar que sus heces salgan aguadas, con estas croquetas la popó sale dura como piedra.
¿Qué sucede? Mi perro se engarrota y no quiere caminar, lo jalo con la correa, pero es inevitable, en posición casi de cuclillas está decidido a no avanzar.
Ay no. Se está haciendo popó ¡y de la aguada!

