“PIDIENDO UN VALLEJO DESDE ADENTRO”

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El ensayo del insigne escritor José Ortega y Gasset pidiendo un Goethe desde adentro, es un texto en el que el pensador español brinda, por primera vez en lengua hispana, aportes sobre la increíble potencia explicativa de La biografía. Ortega apunta que desentrañar la obra del personaje sobre el que se pretenda pensar, impone como menester un conocimiento congruente de su vida, sus ideas y su obra. La idea, más que original y pertinente para la labor investigativa, es un valioso pie forzado a todo aquél que afana producir algo fecundo sobre cualquier autor que, por despertar simpatías por aquí y por allá, el mismo uso y la costumbre académica terminan por volverlo poliédrico.

Dicho proceder es el que nos interesa seguir esta vez; que veremos, bajo esa óptica, al escritor posiblemente más lleno de aristas de toda la literatura peruana. El único que, seguramente, no es capaz de producirle disgustos a nadie, y cuya inmortalidad en la lengua hispánica es simplemente indiscutible, aunque su popularidad no se preste para corroborar fácilmente esta afirmación. Hablamos, pues, de César Vallejo.

Comentar la figura de Vallejo nunca fue fácil. Su valía literaria es inconmensurable y fácilmente digna de que quien se refiera a ella termina deshaciéndose en elogios. Sin embargo, el plano político la presta a una infinidad de parcializaciones, mientras que hace sombra a un sistema de convicciones éticas sorprendentemente riguroso, singular y agudamente sensible.  Fácilmente separable, por cierto, del sin número de acontecimientos políticos que la escena intelectual latinoamericana y europea atravesó durante los inicios del siglo XX. Y es que, si algo ha demostrado la increíble sensibilidad por el ser humano que el peruano logró expresar en sus obras, es que la participación política no es un ejercicio obligatorio para ejercer competentemente la producción literaria. No hay más que recordar al fantástico Borges cuando decía, cuando aseguraba sin remordimiento alguno, que La democracia es simplemente un abuso de la estadística.

Vallejo, es, pues, el sustrato que después sintetizaría de fecundidad con las obras de sin iguales en materia literaria como Neruda, Huidobro, Machado, Benavente, Alberti, Miguel Hernández, André Malraux, Octavio Paz y hasta Joaquín Sabina. Nombres, de no poco peso si consideramos que, en ellos, queda prácticamente contenido el corazón de toda la poética castellana de relevancia en el siglo XX.

En tal sentido, en el que la ética se tornaba largamente más importante que la política, señalemos, que, en este aspecto, en el moral, nos encontramos ante una personalidad tan empedernida en sus convicciones como profundísima en sus ideas, poliédrica a niveles Nietzscheanos, abstracto, oscuro, agresivo y soberbio como un metal en una sinfonía de Tchaikovsky, y sobre todo, fiel al diezmo que Poe exigía para arrancar una carrera literaria que se precie: haber sufrido lo suficiente. Por eso, su obra Los Heraldos Negros, al ser considerada en su conjunto, presenta un conjunto de ideas que vuela por los aires los límites mentales de los dogmas cristianos en el mundo intelectual, mientras que va esclarecimiento que insistir en las versiones ortodoxas del conservadurismo y del academicismo era simplemente torpeza intelectual. Las directrices del nuevo y verdadero modernismo empezaban a hacer chispas a escondidas, y por esto su obra no tardaría en evidenciar que cualquier prejuicio sobre la valía de la literatura latinoamericana no era más que ceniza hacía ya tiempo. Si nos damos cuenta, no se ha considerado, hasta aquí, ninguna circunstancia política de aquél tiempo para apreciar la increíble profundidad antropológica de sus ideas, o lo inefable de su narración acerca de lo que de bello tiene el sufrimiento humano.

La grandeza de los humildes, la imbecilidad siempre subyacente a las divisiones humanas y el contacto desaforado con la injusticia social, son pues, los pilares de esta bella y dolida idiosincrasia poética. Y, como tal, el origen del violentísimo, elegante y soberbio ejercicio de rechazo que Vallejo mantendría durante toda su producción. Este sería, pues, el fin último del Vallejo crítico de su tiempo: la condición humana está metastásica y necesita de urgencia ser inyectada de sensibilidad, y de igualdad de derechos y de oportunidades; sin que el avance político tenga que ser un móvil tan antonomástico como el de la reformación de los espíritus.

Vallejo es, así, un espíritu que enseñaría a ver que un condenado terminaría siendo siempre “bueno”, como lo son en el fondo todos los “delincuentes” del mundo, y que en ese sentido todos somos delincuentes. Y, que, todos en algún momento quedaremos al margen de tal o cual presupuesto que los tiempos articulen o impongan. Pues no se es culpable de haber nacido así, defectuosos, o sin causa, para las conciencias hipotecadas a la idea fija del todo andaría mejor sí.