POLITICA EN LAS IMÁGENES

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Estimado lector comenzamos acá una reflexión sostenida sobre la relación de la imagen y la política, de acuerdo a un desplazamiento hermenéutico en la que estos dos conceptos pueden ser homologados con la figura de la imaginación.

 La pertenencia de imaginación y política tienden a convertirse en un mismo objeto de estudio traducido en un movimiento de imágenes del deseo colectivo sin el cual no podría pensarse la historicidad de la historia, el producirse mismo de la historia como acontecer humano.

Será entonces la imagen la instancia y la imaginación la facultad del aparecer de lo político en cuanto tal. Pues este es quizás el primer postulado de la política de Didi Huberman que refiere que lo político tiene estructura de aparición. Pero al ser lo político una forma del aparecer, de la apariencia, en la misma medida es algo que se aleja de toda ontología de la esencia.

Es así que la política como aparición redime la fenoménica singularidad de la experiencia, en lo que podríamos decir que lo político es una experiencia de lo singular. Estos supuestos fundamentales resultan, en el análisis, emergentes concomitantes de una teoría (y praxis escrituraria) de la imaginación. La instancia del aparecer o de la exposición -a la vez que la experiencia irreductiblemente singular- no subsumible bajo la generalidad de una ley, enlazan lo político, de manera intrínseca e inmanente, con la estructura de la imagen y con la facultad de la imaginación.

En otras palabras, la política y la imagen comparten una estructura expositiva y singular en la medida en que ambas experiencias de lo humano anclan en la facultad (menor) de la imaginación. En ella, lo político es el aparecer público de la acción, es el exponerse de la acción particular a su afuera, el darse a otro en el médium de la imagen, abriendo el espacio fenoménico de la política como encuentro contingente y singular entre las vulnerabilidades expuestas en su reciprocidad, o recíprocamente puestas fuera de sí. Por ello, se trata de un acontecer nunca decidible de antemano, subsumible a una ley o norma de la vida en común. La vida en común es la vida singular de las imágenes de lo común, la vida de las imágenes-común: la experiencia del ponerse fuera de sí, en cada caso singular, y la trama imaginaria que sostiene esa exposición como singularidad en común.

La vida en común en la que estamos actualmente tan superpoblados de imágenes, conlleva a que en ocasiones nos hagamos inmunes a ellas, en la que podríamos hablar de una banalización de la imagen, sobre todo en lo que tiene que ver con la imagen política, esa banalización no es efecto ni procede de la técnica sino de la propia mirada. La técnica o la estrategia no es ni buena ni mala, depende de lo que se hace con ella. Las tecnologías engendran grandes mutaciones, pero lo que importa es la mutación de los problemas. Está en las mentes, en los cerebros y no en los aparatos comunicativos.

De esta forma podemos comprender que no hemos aprendido a mirar, valdría la pena preguntarse que implica esto para nuestra vida cotidiana, lo que, si es que nuestro mirar ha cambiado con el paso del tiempo, pero eso no quiere decir que hayamos aprendido. Goya, por ejemplo, lo hacía mejor que nosotros que tenemos móviles. Un trozo de papel, el móvil, pintura al óleo, el cine… hay que aprender a mirar y a plantear preguntas independientemente del medio. Eso es aprender a mirar. Por lo tanto, para aprender a mirar hay que entrenarse, hay que educar la mirada para no quedarnos en la superficie e ir más allá.

El gran error es pensar que solo se mira con los ojos. Se mira con todo el cuerpo y, en segundo lugar, con el lenguaje. Esto defiende la idea de que las imágenes, si se disponen de una manera u otra, adquieren un significado diferente. En ese sentido, nos han contado la Historia, por ejemplo, de un determinado momento en la vida política de nuestro país y sus discursos.

Estos los discursos, las imágenes y la política es la manipulación, una operación de la mano, toda imagen es una manipulación, pero eso no quiere decir que toda imagen sea mentirosa. Todo lo que se toca no es una mentira.

Para concluir todo análisis de una imagen tiene una dimensión política, y toda imagen tiene una dimensión política, debemos pensar la pertenencia entre política e imaginación en Didi-Huberman: no hay política sin imaginación, no hay imagen sin política. La tan mentada «política de las imágenes» lo será solo si asumimos en toda su radicalidad el doble genitivo. Por eso preferimos: política en las imágenes.