Pospandemia y violencia digital
El 25 de noviembre se conmemorará, como desde 2008, el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer con el lema “Pinta el mundo de naranja: ¡Pongamos fin a la violencia contra las mujeres YA!, el cual, a su vez estará enmarcado en una campaña de 16 días de activismo que concluirán el 10 de diciembre.
En el marco de esta conmemoración en esta colaboración destacaré información proporcionada por la Organización de las Naciones Unidas, que, refiere que casi 1 de cada 3 mujeres ha sufrido abusos a lo largo de su vida, y, en tiempos de crisis las cifras aumentan, como se vio durante la pandemia de COVID-19 y las recientes crisis humanitarias, conflictos y desastres climáticos. Un nuevo informe de ONU Mujeres, basado en datos de 13 países desde la pandemia, recoge que 2 de cada 3 mujeres padecieron alguna forma de violencia o conocían a alguna mujer que la sufría. Por desgracia, solo 1 de cada 10 dijo que recurriría a la policía en busca de ayuda. A su vez, se llegó a la conclusión que estas mujeres tienen más probabilidades de enfrentarse a situaciones de pobreza y escasez de alimentos; así, la violencia contra mujeres y niñas es una de las violaciones de los derechos humanos más extendidas, persistentes y devastadoras del mundo actual sobre las que apenas se informa debido a la impunidad de la cual disfrutan los perpetradores, y el silencio, la estigmatización y la vergüenza que sufren las víctimas. En forma general, la violencia se manifiesta de forma física, sexual y psicológica e incluye:
– violencia por un compañero sentimental (violencia física, maltrato psicológico, violación conyugal, femicidio);
– violencia sexual y acoso (violación, actos sexuales forzados, insinuaciones sexuales no deseadas, abuso sexual infantil, matrimonio forzado, acecho, acoso callejero, acoso cibernético);
– trata de seres humanos (esclavitud, explotación sexual);
– mutilación genital, y
– matrimonio infantil.
Por su parte, la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer emitida por la Asamblea General de la ONU en 1993, define la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada.”
Los efectos psicológicos adversos de la violencia contra las mujeres y niñas, al igual que las consecuencias negativas para su salud sexual y reproductiva, afectan a las mujeres en toda etapa de sus vidas. Por ejemplo, las desventajas tempranas en materia de educación no solo constituyen el obstáculo principal para alcanzar la escolarización universal y hace cumplir el derecho a la educación de las niñas, luego también le restringe el acceso a la educación superior a la mujer y limita sus oportunidades de empleo.
Lamentablemente, el ciberespacio se ha vuelto también un escenario donde se violentan los derechos de las mujeres y se desarrolla la violencia digital, es así, que el ciberacoso afecta a alrededor de 9.4 millones de mujeres en México. Las mujeres entre 18 y 30 años son las más atacadas en los espacios digitales.
La violencia de género contra las mujeres y las niñas cada vez encuentra más formas para silenciar y excluir a las mujeres del espacio digital, y, ninguna agresión es más grave que otra, pudiendo ser interdependientes o una habilitar a otra, por ejemplo: alguien roba tu celular (acceso no autorizado); encuentra fotos íntimas entre tus archivos (control de la información); te escribe un mensaje para pedirte dinero a cambio de no publicarlas (extorsión); no cedes, decide ponerlas en línea y te etiqueta (difusión de información íntima sin consentimiento); la gente empieza a insultarte y a decirte que te lo buscaste (expresiones discriminatorias); denuncias y no recibes una buena respuesta de parte de las plataformas ni de parte de las autoridades (omisión por parte de actores con poder regulatorio).
La investigación previa a COVID-19 revela varias consecuencias de la violencia contra mujeres y niñas en línea, por ejemplo, algunas mujeres experimentan niveles más altos de ansiedad, trastornos de estrés, depresión, trauma, ataques de pánico, pérdida de autoestima y una sensación de impotencia en su capacidad para responder al abuso. Estos sentimientos pueden aumentar en un contexto de cuarentena y aislamiento a lo largo de diferentes oleadas de la pandemia, ya que las mujeres están confinadas en sus hogares con elementos adicionales de estrés económico, social y político y un mayor riesgo de violencia doméstica.
Esta problemática se traduce en aislamiento social, que lleva a las víctimas o supervivientes a retirarse de la vida pública, incluidos la familia y sus amistades, y la movilidad limitada, es decir, la pérdida de libertad para desplazarse en condiciones de seguridad. Asimismo, produce acciones de autocensura como el uso de seudónimos, perfiles bajos en línea, suspensión, desactivación o supresión de sus cuentas en línea en forma permanente o incluso abandono de la profesión por completo se suman a este escenario.
En ese sentido, considerando que la pandemia por COVID-19 fue la primera gran pandemia en la era de las redes sociales, no será raro esperar daños colaterales relacionados con la violencia contra las mujeres durante los periodos de confinamiento, tanto en el ámbito doméstico, como laboral, así como los efectos relacionados con actividades que son susceptibles de ser incorporadas en el mundo en línea.
Tal es el caso de casos específicos han sido documentados por medios de comunicación y organizaciones de derechos de las mujeres sobre la recepción de videos pornográficos no solicitados que se muestran mientras las mujeres participaban en eventos sociales en línea; también amenazas y contenido sexista dañino y zoombombing durante video llamadas que muestran material sexualmente explícito y con tintes raciales, así como “ataque de troles” o “doxting”.
La pornografía no consentida involucra una red de personas que van desde la persona que está en la imagen (normalmente, la víctima), el individuo que publica (y a veces registra y almacena) el material sin consentimiento, las personas que observan y que muchas veces comparten ese material, hasta Internet y los sitios de redes sociales que brindan plataformas para compartir estas imágenes, muchas veces sin ofrecerle alternativa a las víctimas para bajar el materia, y las mujeres y las niñas siguen contándose entre las principales víctimas de trata en el mundo y el uso de las redes sociales para acceder a ellas y reclutarlas va en aumento en el contexto de la pandemia de COVID-19.
Por ende, se vuelve necesario que entre las políticas para erradicar la violencia contra la mujer en el marco de la campaña respectiva, busque generar un espacio de concientización e información sobre la violencia digital, a fin de brindar un acompañamiento puntual a aquellas mujeres que de no recibirla, pueden convertirse en víctimas potenciales de estas agresiones digitales.
Aprovecho el espacio para reiterarle los mejores deseos a Sandy Garduño, que Dios siga colmándole a su familia y seres queridos, pletóricas bendiciones. Hasta la próxima.
