Profe, ¿los héroes no se tiran al suelo?

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Si vuelvo a leer otro post o artículo en el que se pretenda alentar al público en general, a tenerle paciencia a los docentes del país, voy a azotar el teléfono contra la pared y si es acaso que vuelva a prender la pantalla medianamente, le atravesaré un machete cuya hoja de hierro esté oxidada que acentúe la irritación. No. No. No. Me niego rotundamente a sumarme al zalamero ánimo de los educadores de tirarse al suelo para que los levanten, particularmente cuando lo que más se necesita es que, en medio de una crisis insólita e inusitada, demuestren profesionalismo de una vez por todas.

Hay cuatro mafias que tienen al Estado sumido en la miseria. Sí, como se lee. Una de ellas, muere lentamente, aunque se resiste con sus marchas y sus tercas quejas ilógicas. Otra de ellas ha pasado desapercibida, pues cuando deberían fungir como agentes de cambio, entes que guíen en medio del caos social por su estatus de guardianes del orden, más bien son ignorados y en el peor de los casos, mancillados, pues siempre han sido vistos como un mal y no una solución. De las dos que quedan, una ha tenido que sacar las garras, aunque no quieran, y eso sí pueden colgarse el mote de héroes. Los últimos, bueno, quieren paciencia y docilidad por encender una cámara y mostrar (¿o queda más comprobar?) sus habilidades.

Aunque habría que revisar, y ciertamente no se puede monitorear quienes de los trabajadores de la salud han guardado la cuarentena y al no hacerlo se han convertido en armas blancas para la sociedad, más bien habría que analizar cuantos de los formados en los cuidados de la salud han obviado hoy, más que nunca, que son resultado de las escuelas mercantilistas que arrojan clientes del sistema que buscan más un cheque quincenal que la salud pública de un país que carga con altos índices de negligencias médicas. Además de toda la burocracia que provoca clínicas llenas de irresponsables en distintas áreas. Si a esas vamos, tal vez el crédito de héroes lo merece más el personal de intendencia que los mismos ángeles de trapos blancos.

Esto por supuesto no es en detrimento ni menoscabo de quienes han salvado vidas, sino más bien y es importante enfatizar, que hay muchas personas dentro que no han demostrado competencias, y si es verdad que proliferan las escuelas que ofertan carreras de enfermería, trabajo social, químico y otras afines al sector salud y que eso ya comienza a evidenciarse en esas fiestecitas de fin semana de cómo trabajo soy un héroe.

Pero, no, esto no se trata de ellos, aunque el desvió sirve de mucho. Ejemplo: nadie habla de los dentistas. Esos cabrones se la están rifando y a lo grande, y sin tirarse al suelo. Por un querido amigo he sabido de por lo menos tres dentistas muertos por el virus. En el consultorio de ese mismo amigo, y porque su asistente tuvo una emergencia ese día, me tocó hacerla de recepcionista: lo vi rifarse como los grandes desinfectando la estación luego de cada paciente de los 8 que tuvo; después de todo, trabajan directamente con la saliva y su riesgo nadie lo menciona, y mira de la urgencia de una emergencia dental; esas sí nadie las soporta. Al final del día, nos echamos unas risas, pues nos habíamos puesto una buena ese mismo fin y le regalé una caricatura que le hice mientras le pasaba los pacientes mofándome de él, porque entre los tragos, olvidó una de las canciones que él había escrito.

¿De qué hablábamos? Ah, sí, del personal de salud. No, de los profesores. Más puntualmente, del profesionalismo. Bueno, pero nadie habla de los dentistas-músicos que batallan con sus pacientes y la higiene, de los intendentes, de los investigadores mexicanos que se rajan el lomo durmiendo poquísimas horas para encontrar una cura, de los tenderos que salen a rifarse día tras días, los comerciantes de los mercados de comestibles, a los cuales, las precauciones ya no les alcanza y están muriendo lenta y silenciosamente, mucho menos de los buenos comunicadores que tienen una labor altamente menospreciada.

No querido maestro, perdón, pero no. Llevamos años en la cornisa del conocimiento por las entramadas burocráticas y sindicales que los ha llevado hasta donde están, y muchas veces harto demostrado, sin un ápice de pasión por la educación, sino por el estilo de vida que copian en otros, como para que, por sobre de todo eso, les tengamos paciencia por encender un monitor y armar unas cuantas nubecitas y paisajes con recortes mal hechos. México ocupa el último lugar en la OCDE en educación media superior, de acuerdo con Expansión, y en educación básica, tienen el mayor índice de alumnos que repiten un curso en este nivel.

Los números para mal son muchos y todos consultables en línea, por ejemplo, en cuanto a educación en medios digitales, entre otras cosas, nuestro país ocupa el último lugar referente a calidad y accesibilidad también, pues el alto costo de los servicios de internet o una computadora de buena línea, convierte en un lujo la educación en tiempos de pandemia. Eso sin contar que los contenidos estuvieron cambiados en la tv abierta y que los padres no tienen la capacidad de lidiar con esta escuela moderna y se sienten ajenos a ella.

En redes circula la historia de una madre y un hijo que tiene que caminar en la noche hasta el poste de la esquina solo para recibir los mensajes que su maestra les enviaba con las actividades de ese día, pues las redes abiertas que el gobierno puso, no son suficientes. De noche y sin acceso a internet, una realidad de un país con una crisis recrudecida por la pandemia cuyos padres se ven en la necesidad de abandonar a sus hijos a su suerte para llevar comida a casa. Realidad muy distinta a la de un profesor que cobra en promedio, y como mínimo, 321 pesos la hora, de acuerdo con el Excélsior, que goza de primas vacacionales, dobles plazas, y otros muchos beneficios.

No había pasado siquiera el primer día de clases, cuando este tipo de publicaciones ya se veían en redes, que porque estaban por afrontar uno de los ciclos más difíciles de la historia. Y lo es. Para los niños. Para los padres que tienen que dividirse maratónicamente para cumplir con el trabajo y la educación de los hijos. Una actitud que deja mucho que desear; una actitud en que un hombre de nombre Alfonso Huitrón Aguilar, profesor de Quintana Roo, demuestra más coraje y vergüenza propia con sigo mismo al casi romper en llanto luego de verse rebasado por la tecnología y no dar una clase digna. ¿Y saben qué?, que fueron sus propios alumnos los que lo consolaron, pues, como dijo James Brown en un concierto, luego del asesinato de Martin Luther King, que una manera de resolver las cosas en una nación, era haciéndole sentir a las personas que son importantes, pero antes, urgiendo al orgullo y no al odio hacia los blancos; a tener, como el profesor Alfonso, hambre y coraje propio antes que otra cosa, echarse al suelo.

No, me resisto a unirme a esa tontorrona suplica de piedad sin antes haberlo intentado y lo hago porque la pifias en internet se cuentan varias ya, sin darse cuenta precisamente que, en la súplica, se pone de manifiesto, casi con aires de inocencia, todas las carencias cuyo fruto que han manoseado a un sistema educativo que es solo útil como tapete de recaudo y como caja de ahorro para el fin de semana y sin bien va, para la jubilación y nada más. Parece un buen momento para que, de una vez por todas, en lugar de pedir piedad sin entrar siquiera al ruedo, por fin llegué esa tan necesaria autocritica que tanto hace falta y que cuando llega la cogen como ofensa a la madre o a la bandera y el lugar de tomar un libro, mutilan avenidas con los cheques en las bolsas.

Lo digo y firmo como ex alumno. Como ex alumno que creyó no entender nada porque sus profesores no enseñaban mucho. Como ex alumno rebelde. Como ex alumno rebelde que luego comprendió al profesor que lo hizo rebelde. Como alumno de nuevo que admira a sus profesores, a los que sacaron la garra en algún momento y cuya huella persiste. Lo digo como profesor. Pero principalmente como hacedor de caricaturas de músicos-dentistas.