PROTESTAN ANTE EL CONGRESO VECINOS DE JILOTZINGO POR 700 has.
A pie, en camionetas, algunos con mantas improvisadas y otros con documentos en mano. Uno a uno, alrededor de 350 habitantes de Jilotzingo se fueron reuniendo frente al Congreso del Estado de México, decididos a hacer escuchar una demanda que, aseguran, lleva décadas ignorada: el respeto a su territorio y a la reserva natural que consideran el corazón de su comunidad.
Frente a la puerta principal, la protesta tomó forma. Primero tímida, luego firme. “¡Jilotzingo, Jilotzingo! ¡No nos van a quitar nuestras tierras!”, gritaban mientras los rostros se tensaban, no por enojo, sino por la certeza de estar defendiendo algo que va más allá de una línea en un mapa, se trata de su historia.
Los pobladores explicaron que la disputa con Atizapán abarca unas 700 hectáreas, un territorio donde conviven zonas boscosas, comunidades antiguas y fraccionamientos como Los Reales y Valle Escondido, que últimamente se han convertido en símbolo del conflicto.
Entre los manifestantes caminaba Eliseo Tovar Flores, presidente del Comisariado Ejidal del Espíritu Santo. En sus manos llevaba copias amarillentas de documentos que, según dice, cuentan la historia del ejido mejor que cualquier discurso. Son papeles fechados en 1925 y 1937, donde aparecen nombres de abuelos y bisabuelos que participaron en la creación y donación del territorio.
“Estos documentos nos respaldan, son parte de nuestra identidad”, comentaba mientras la multitud asentía. Para ellos, la defensa del ejido es también la defensa de esa memoria escrita a lo largo de generaciones.
Y no se trata solo de tierra. La zona en disputa —recordaron una y otra vez— es una reserva ecológica estratégica, un pulmón que abastece de agua a casi toda la Zona Esmeralda y que aporta el 90% del suministro de la presa Madín, en Atizapán de Zaragoza. Por eso, aseguran, protegerla es también proteger el futuro de la región.
Después de casi dos horas de consignas y diálogo entre ellos, una comisión fue recibida por autoridades del Congreso local. La respuesta llegó con tono diplomático: sus demandas serán revisadas, pero hasta después del periodo vacacional.
La noticia no cayó del todo mal. Hubo algunos murmullos, algunas miradas de desconfianza, pero también un acuerdo tácito: esperar. Aun así, salieron del recinto con una promesa que resonaba más fuerte que la institucional: si no hay respuesta, volverán.
Mientras se dispersaban, algunos levantaron de nuevo las mantas. Otros, simplemente, miraron hacia el edificio del Congreso como quien mira una puerta que no piensa dejar cerrada para siempre. Ese miércoles, más que una protesta, Jilotzingo dejó un recordatorio: que su territorio no solo se pisa, también se recuerda y se defiende.
