¡Qué bonito es el querer! (Décimas y algo más)
Sobre el agua las estrellas
retratan su rostro amado
en el espejo sagrado
que las deja ver tan bellas.
Son tan peculiares ellas
adornando aquel sombrero
de un negro ya más ligero
en el manto de la noche,
prendidas, cual bello broche
de elegante caballero.
El amor se hace presente
con su cesta de primores,
las caricias son faroles
de titilar reluciente.
La luna que está en creciente
se abraza con un lucero
y en la esquina de febrero
se ven arcanas siluetas
que hacen sutiles piruetas
con un amor verdadero.
Sin hacer caso del frío
los novios semi desnudos
utilizan como escudos
las florecillas del río.
Con un ímpetu bravío
reflejan en la laguna,
su pasión que con la luna
se enciende con las caricias
y las fogosas delicias
cuando ya casi es la una.
Ya con la piel sin escudos
los dos amantes se mecen
y los picores fenecen
sin el paso de zancudos.
Se escuchan los estornudos
del jilguero y el gorrión,
les cuesta hacer la canción
con la pasión de Afrodita
que con su savia bendita
llena de amor la estación.
Y se disipa el desvelo
cuando el sentimiento en llama
con el tizón de su flama
pinta de arrebol el cielo.
El sentir sirve de velo
cubriendo a los dos amantes
que producen en instantes
trazos de almíbar y lumbre
cuando llegan a la cumbre
felices y rebosantes.
Para el amor, un aplauso
aplauso para el amor
porque fluye sin temor
sus mieles nunca las pauso.
Sus resplandores yo causo
en un sol de amanecer
y en mí dejo recorrer
su esencia que resucita.
y hoy mi verso alado grita:
Qué bonito es el querer.
~•~
El lecho sin techo ni paredes a las orillas del río con sus aguas transparentes, espejo de una pasión que navega buscando el mar de las caricias y los besos.
Las estrellas encendidas como velas que iluminan, en la oscuridad, los rostros nacarados de los enamorados que, bajo el manto de la noche, donde el amor se hace presente, es la luna, con sus filamentos de plata, la que borda las orillas de dos cuerpos desnudos y entregados.
Las pinceladas insuperables de la naturaleza adornando el entorno: pasto verde, florecillas silvestres, matorrales. Ranas croando, luciérnagas titilando y, al murmullo del río, escenario de lujo que hace relucir lo romántico, se unen los suspiros de los amantes emocionados ante tanta belleza, donde la sed de amar es más que un deseo a flor de piel.
Y ahí, en ese vergel de aguas, colores y amores, se entregan su cariño como ofrenda sagrada. Porque nunca será pasión efímera, el amor apasionado que germina con la pureza del alma y esculpido en el tiempo por el sentir apasionado de dos corazones enamorados.
Sustento que va más allá de lo frugal, austero o mesurado: la pasión como alimento, nunca complemento. En el delirio de amar que, cuando fluye, es un torrente imposible de parar.
Inés, Sami.

