¿Qué nos pasa?

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“La vida es muy simple, pero nos empeñamos en hacerla difícil “

Confucio

Como sátira acorde a lo que se vive en la realidad mexicana y en algunos casos a nivel internacional, la parodia televisiva protagonizada por Héctor Suárez Gomís nos hace vivir una pregunta presente y vigente: ¿Qué nos pasa? Se preguntan en diversas latitudes y en diversas formas gestuales.

¿Qué nos pasa? Como sociedad, como individuos o como país cuando culpamos a los videojuegos de la violencia que presenta el país y los condenamos como los probables responsables de una matanza en una escuela a la manera norteamericana; hemos dejado de lado los valores para transfigurarlos en responsabilidades ajenas a nuestra persona.

Un país durmiente que necesita que ocurran hechos vandálicos o la inclusión de programas de prevención de la violencia en las escuelas de educación básica para alegar sobre la existencia de derechos humanos y sus limitaciones, esto sin duda es motivo para reformular la pregunta: ¿Qué nos pasa? Debemos ubicarnos en nuestra realidad e identificar los factores que nos están sumiendo en el retroceso.

Y es que, lo que antes veíamos en las películas de corte holliwoodesco ahora llega a la proximidad de nuestra estancia; la falta de atención en la mayoría de los casos de los padres hacía con los hijos en una época en la que la familia tradicional mexicana está desapareciendo para dar paso a la familia moderna; nos está dando como resultado que la violencia sintomática este siendo el sinónimo de conducta a través del cual se pretende llamar la atención por parte de los individuos que integran la sociedad mexicana.

Y no es solamente el hecho de la violencia a gran escala con resultados tangibles físicamente; nos referimos también a la violencia que se genera desde del seno familiar, en donde los padres tienen constantes confrontaciones por diversas circunstancias y estas formas de convivencia son vividas, aprendidas y en ciertos casos replicadas en el esparcimiento cotidiano o en el salón de clases por los menores; recordemos el viejo dilema: los hijos no son más que el reflejo de lo que viven con sus padres; si usted apreciable lector, cree que se debe a factores externos solo tiene un panorama parcial de la realidad.

¿Qué nos pasa? Es una pregunta recurrente cuando la sociedad ve con bastante desagrado como a los delincuentes, sean del calibre que sean; en lo local o incluso a nivel nacional se les da un trato escrupulosamente apegado al respecto irrestricto de los derechos humanos y a los ofendidos que son los que reciben la conducta inapropiada del delincuente, no se le otorga ni un simple ¡usted disculpe! y a últimas fechas es amedrentado por los familiares de los delincuentes. Ahora resulta que, en nuestro país, el ofendido o victima de un delito además de la preocupación y malestar sufrido durante la comisión de un delito, debe atenerse a las consecuencias posteriores e incluso en ciertos casos debe tolerar ser exhibido o reprendido por quién se supone representa sus intereses y debe procurar defenderlos.

Cierto nuestra sociedad esta evolucionado y con ello sus conductas sociales, pero no se debe olvidar que se debe tutelar por los derechos de los más desprotegidos, que en este tipo de casos resultan ser la mayoría de los ciudadanos, no olvidemos que se han pretendido eliminar de la educación básica los programas de formación cívica y no seguimos preguntando por qué en ocasiones no somos capaces de respetar las normas básicas de tránsito y vialidad, sin duda; se requiere tomar conciencia del rol fundamental que juega la enseñanza de los valores cívicos y éticos, tomando como eje rector su cabal cumplimiento.

Es necesario recapitular en que parte de nuestra historia nos familiarizamos e incluso llegamos a idealizar la narco cultura, una forma muy sutil de llamarle a la imitación de una conducta criminal; por eso necesitamos revitalizar el tejido social e hilvanar los grandes huecos que dejaron las conductas evasivas de la ley, mediante las cuales hoy se sufren las consecuencias.

¿Qué nos pasa? Ahora no existe limitación de derechos (o al menos eso se piensa), la autoridad no es respetada y en casos aislados, no se le otorga la legitimidad de la cual se encuentra instituida; se cree más en la ley por propia mano que en la ley aplicada con estricto apego a los procesos judiciales. Cierto, parte de este fenómeno social no le corresponde a la sociedad, pero es necesario que en nuestros días se reestablezca el Estado de Derecho, se vuelvan a establecer los canales de comunicación familiar, que se enseñen los lazos de fraternidad y solidaridad social y sobre todo se revalorice el adagio: “entre los individuos como entre las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz” que cincelara en la vida practica el patricio Benito Juárez García.

Es momento de encumbrar de nuevo nuestra responsabilidad social, familiar e individual; es necesario que las nuevas generaciones se replanteen el sentido de la responsabilidad, que juntos difundamos los valores cívicos, el respeto a nuestros símbolos patrios, dejar de idealizar en el extranjero lo que nuestra propia cultura ofrece, revitalizar nuestra identidad nacional y el amor por lo nuestro, armonizar nuestro entorno procurando que la sociedad desde los más pequeños hasta los adultos convivan en un ambiente más armónico; hagamos que nuestra nación levante el rostro y dé el justo lugar que merecen a los de casa; es decir antes de abrir los brazos en las fronteras, que fraternice en el corazón de la patria y sus latitudes con los que siguen como antaño queriendo ser escuchados, los que esperan a quien dignamente les represente.

Ante la situación global y particularmente en nuestra tierra, no hay mejor forma de enfrentar nuestro destino que, preguntándonos antes de dar el siguiente paso: ¿Qué nos pasa?