Realismo cinematográfico

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De la enorme gama de opciones que se tienen en las distintas plataformas de streaming, dos cintas resultan interesantes por la temática mostrada y la crudeza de su tratamiento: Descuida, yo te cuido, y El agente topo.

En la primera de ellas (protagonizada por Rosamund Pike), se narra la historia de una ejecutiva dama, responsable de un asilo para ancianos, cuya voracidad y ambición le lleva a maquinar, con la complicidad de una médico poco ética, la manera de internar a determinados abuelitos, con la única intención de quedarse con todos los bienes que poseen, en tanto encuentra la manera legal de convertirse en su tutora, con poder absoluto sobre los internos y sus pertenencias. Todo parece funcionarle a la perfección, hasta que decide meterse con la persona equivocada; a partir de ese momento, una confrontación de valores en la que no todo es lo que parece y en la que el concepto de justicia parece no tener cabida.

La segunda, chilena, nos describe las vivencias de un anciano que, tras un anuncio en el periódico, acepta infiltrarse en un asilo para ancianos, para investigar si una de las internas es maltratada por los empleados del lugar.  Esto le implica conocer algunos recursos tecnológicos y aprender a marchas forzadas el uso de un teléfono inteligente y hasta unos anteojos de espía, con cámara y toda la cosa. En el proceso de indagación, se muestra la triste realidad de muchas de esas personas que, lo único que desean, es un poco de cariño.

Dos caras de una misma moneda que exhiben una lastimosa realidad para muchas personas de la tercera edad: el abandono.

Las nuevas generaciones, ya no sienten respeto por sus padres o abuelos; no hace mucho se difundió un video en el que se aprecia como un hijo de toda su… golpea, jalonea y gritonea a su propia madre, afortunadamente un vecino logra grabar la escena y eso permitió a las autoridades dar con el infeliz y buscar algo de justicia para la casi nonagenaria.

Regresando al tema de las cintas, habrá quien piense que es preferible internar al familiar en un asilo porque ahí tendrá la atención que en casa no tiene; asumiendo que así fuera ¿por qué no visitarles?, ¿por qué no establecer contacto?  No hacerlo es mostrar ingratitud por más dinero que se pague.

El ser humano carece de memoria, y con prontitud se olvida que esos viejos que ahora no son tolerados, fueron padres y madres que hicieron todo por sacar a sus hijos adelante. Hijos que desconocen y anulan ese esfuerzo porque no tienen necesidad de aguantar el deterioro natural de sus progenitores.

Si esos ancianos, antes padres, hubieran tomado la misma postura hace algunos años, muchos de los ahora amnésicos hijos no habrían crecido en las condiciones en que lo hicieron; que vil resulta dejarlos en el olvido como si se tratara de cualquier objeto.

Lo preocupante del asunto es que probablemente somos nosotros mismos quienes hemos dejado de inculcar a los hijos ese respeto, amor y agradecimiento, incluso para nosotros mismos. Queremos darles tanto que renunciamos a que no importa que pasen sobre nosotros. Ahí las consecuencias.

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