RECORDANDO A ALBERTO CHIVO CÓRDOBA EN EL 44 ANIVERSARIO DE SU PARTIDA

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Enmarco esta nota de homenaje luctuoso, para recordar a Alberto Chivo Córdoba a partir de tres iconos de nuestra Universidad Autónoma del Estado de México: el Aula Magna; el Cerro de Coatepec, que alberga a la Ciudad Universitaria y; los colores verde y oro, con los que se identifica históricamente  la comunidad de la Universidad.

Nuestra Aula Magna es el máximo recinto académico y cultural universitario que lleva el nombre del Licenciado Adolfo López Mateos, y una de sus frases memorables forma parte de la historia de nuestra máxima casa de estudios: El esfuerzo del hombre no es inútil, el hombre pasa, pero la obra queda.

La Ciudad Universitaria localizada en el Cerro de Coatepec, tiene como símbolo, el principal escenario deportivo, el Estadio Universitario Alberto Chivo Córdoba .

Cuanta razón tenía Don Adolfo… el hombre pasa, pero la obra queda y ese fue el caso de nuestro  homenajeado y recordado en ocasión del 44 aniversario de su fallecimiento; el Chivo Córdoba dejó una obra, pero no con tabiques y con cemento, su legado se construyó con disciplina, pasión, coraje, sentido de identidad y de pertenencia a un equipo de los colores verde y oro. Sus enseñanzas partieron de defender con pasión y orgullo los colores que identifican a nuestra comunidad universitaria.

Finalmente, el tercer icono universitario, sus colores verde y oro;  me llenan de emoción, al recordar y sentirme parte de centenas de compañeros universitarios, que en diversas épocas, hemos portado con decisión y valor el jersey de nuestro gran equipo de futbol americano Potros Salvajes de la Universidad Autónoma del Estado de México.

Jugadores y ex jugadores, todos parte de una gran Fraternidad, reconocemos en Alberto Chivo Córdoba no solo a un deportista ejemplar y a un ser humano excepcional, lo reconocemos como el padre de los Potros Salvajes.

Nuestro Potro Mayor,  es uno de los 19 jugadores en la historia del futbol americano en México, que ha pasado a la inmortalidad en una placa colocada en 2003, en el Salón de la Fama de la NFL en Canton Ohio. Y por supuesto, en el Salón de la Fama del Fútbol Americano en México de los años 1945 y 1949.

Algún día le preguntaron al mítico Head Coach de los Vaqueros de Dallas, Tom Landry, qué significaba ser Coach a lo que contestó: ¡Un Coach es la persona que expresa lo que no quieres oír, que te hace ver lo que no quieres ver, para que puedas ser quien siempre has sabido que puedes ser!

Así fue el Coach Córdoba, un líder, un guía, un motivador, un maestro que trascendió el emparrillado para formar hombres de bien, jugadores que dieran siempre su segundo esfuerzo en la cancha para que construyeran su mejor versión de ellos mismos, para saltar a la otra cancha, no a la de las yardas, a la de los años; no a la de las diagonales, a la de la vida con propósito; no a la del touchdown, a la de avanzar abrazando el balón de la felicidad; no sólo a la del jersey que nos da identidad y nos distingue, también a nuestra coraza esencial, la de nuestro propio yo.

Nuestro añorado Chivo, además de equiparte para saltar al emparrillado también te equipaba para enfrentar los retos de nuestra propia vida. Nos enseñó el valor del segundo esfuerzo, el valor del tiempo y del momento oportuno para entrar en acción cuando nos decía cuenta mil uno, mil dos, mil tres y sales, aprendimos a nunca dejar de mover las piernas y a no perder la compostura y mantener el estilo. Era todo un caballero tanto en cortos como en largos.

En varias ocasiones escuché cuando le decía a alguno de los compañeros en pleno entrenamiento: Si vienes a entrenar y no te diviertes regrésate a tu casa, esto no es para ti, el fútbol americano es la vida y la vida es bella y nos la dieron para disfrutarla. Siempre entregó toda su pasión y capacidad para pulir el espejo de nuestras vidas y hacer un equipo de ganadores.

Con un gran sentido del humor, sentido común y sentido de la oportunidad, siempre supo usar las palabras adecuadas, en el momento propicio y con la persona adecuada. Sus llamadas de atención eran para nosotros un verdadero halago y lección de vida.

Fue un enérgico Coach y un líder ejemplar que veía a sus jugadores como a sus hijos, nunca los expuso. Recuerdo un juego contra UPIICSA en el estadio de prácticas de la ciudad universitaria de la capital del país, cuando ante actitudes agresivas y rudeza innecesaria por parte de los contrarios, apoyados por un arbitraje sesgado y mal intencionado, decidió retirarnos de la cancha en pleno partido. Defendía como nadie la integridad de sus jugadores.

Como si fuese ayer, todavía recuerdo cuando nuestro Coach Córdoba retó a los corredores del equipo a una carrera y para sorpresa de todos los presentes, un cincuentón que se conservaba con la fortaleza de un roble y la agilidad de un leopardo, dejó atrás a los veinteañeros corredores de Potros.

Con nostalgia y orgullo genuino de pertenecer al último equipo de categoría intermedia 1976-1978 coucheado en vida por Don Alberto, recuerdo cuando lo conocí recién él había cumplido medio siglo de vida. Fue una tarde de fines de 1973, cuando un compadre me pidió que le acompañara a casa de su hermano para saludarlo; al llegar, nos invitaron a pasar y ahí se encontraban jugando a las cartas varias personas amigas del anfitrión, el Capitán Gonzalo M. Chagoya, destacando la presencia de Alberto Chivo Córdoba escuchando a Frank Sinatra cantando My Way.

De pronto, tenía frente de mi  a dos pilares del fútbol americano en TolucaAlberto Chivo Córdoba head coach y padre de los Potros Salvajes de la UAEMEX y el Capitán Chagoya, Presidente del Patronato de los Potros y gran impulsor del deporte de las tacleadas en nuestra querida Toluca.

Don Alberto, nuestro gran Chivo, fue un hombre feliz y equilibrado que supo disfrutar plenamente cada una de las etapas que le toco vivir. Parece que fue ayer cuando llegaba a entrenarnos elegantemente vestido sin llegar a lo ostentoso y sonrisa contagiosa apeándose de su flamante Mustang 1976.

La vida no le concedió escuchar la pausa de los dos minutos antes de finalizar su partido, partió sorpresivamente fulminado por un infarto dejando cual cometa, una cauda de recuerdos gloriosos y triunfos en el emparrillado y en la vida. Su gran legado sigue siendo el combustible que mueve al equipo.

Quien iba a decir que aquel veracruzano nacido en Xalapa un primero de junio de 1923, el sexto hijo de 18 procreados por Don Arturo Córdoba Gómez de oficio zapatero e Isabel Ladrón de Guevara, se convertiría en una estrella del deporte nacional y un icono de nuestra Universidad.

Dicen que un buen líder se reconoce en presencia y en ausencia, los relinchos de nuestro Potro Mayor, nos siguen convocando y evocando como la gran Fraternidad que hemos formado a lo largo de más de seis décadas.

Como una devoción, frecuentemente recordamos su historia de vida. Fue en el equipo de Ferrocarriles de la Ciudad de México y posteriormente con la Universidad Obrera, cuando apenas contaba con 16 años, que empezó a explotar su talento como corredor y safety, su disciplina, velocidad y habilidad para sortear obstáculos le valieron el mote de El Chivo y pronto dio un salto mayor para vestir el jersey de una de las escuadras emblemáticas de la Liga Mayor antes llamada de Primera Fuerza, los Pumas de la UNAM. Equipo con el que marcó época en nuestro país, al consagrarse campeón anotador durante tres años consecutivos.

El 20 de diciembre de 1947 es una fecha memorable en la impronta de vida de nuestro homenajeado, cuando con apenas unos días de conformada, la selección mexicana comandada por el coach Roberto Tapatío Méndez se enfrentó a los Ramblers de la Base Aérea de Randolph Field de los Estados Unidos en el Tazón de Plata, en el Estadio de la Ciudad de los Deportes de la capital mexicana, en el primer enfrentamiento entre equipos de ambos países. La victoria fue inobjetable, los seleccionados aztecas vencieron 24-19 con una participación destacada de un jugador que había conseguido dos anotaciones y que tenía el número 45, al que apodaban ‘Chivo, su nombre: Alberto Córdoba Ladrón de Guevara.

 

Formó parte del staff de coucheo dirigido por su entrañable amigo Roberto Tapatío Mendez, que colocó a los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México en la cima del deporte nacional cuando el futbol americano despertaba más pasiones que el futbol soccer en nuestro país.

De trato amable y afectuoso, su carisma le hizo destacar en el manejo de sus relaciones públicas que siempre las aprovechó para hacer crecer a su equipo. Le sentó bien el clima toluqueño y así fue que llevó a sus queridos Potros a conquistar su primer campeonato en 1961, en su primera etapa que dedicó a construir los cimientos del equipo universitario; ya en su segunda etapa, lo consolidó  llevándolos a ser campeones de la liga intermedia en 1972.

El coach Alberto Chivo Córdoba dejó huella, su sello personal ha quedado indeleble como una gran escuela en los Potros Salvajes, que hoy en día sigue vigente en las nuevas generaciones, al entrenar con esmero y dedicación para defender los colores verde y oro de la UAEM, además enseñó a todos a reconocer a sus compañeros como hermanos en el terreno de juego y también fuera de él.

Murió el 8 de febrero de 1978, hace 44 años, pero sus logros, enseñanzas y vitalidad ejemplar han hecho de él, otro de los iconos de nuestra Universidad.

Cierro con dos frases que pintan de cuerpo entero a mi Coach Córdoba; la primera es de Vince Lombardi:

 

LA MUESTRA DE QUIÉNES SOMOS, ES LO QUE HACEMOS CON LO QUE TENEMOS.

Y la segunda de Joe Namath:

CUANDO TIENES CONFIANZA, TE PUEDES DIVERTIR MUCHO. Y CUANDO TE DIVIERTES, PUEDES LOGRAR LAS COSAS MÁS ASOMBROSAS.