Recuerda por lo que estás luchando

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Sí, aunque me cueste la vida, tengo muy presente que a mí me educaron para luchar y cumplir mis sueños, no importa si esos sueños me los inculcó alguien más.

 

Vivo en un mundo donde soy libre, y nadie me dice lo que debo hacer, aunque eso es lo que ellos me dicen. 

Libre para pasar horas, atado a una pantalla que me esclaviza. Sí, muy libre. 

Libre para trabajar todos los días y vivir en una caja igual a las otras cajas: todas formaditas, con el mismo estilo, sin poder innovar en la fachada, con la misma calidad deficiente de materiales y obviamente esclavizado a un número de años para pagarla. 

Libre para encerrarme en un automóvil y pasar más de media hora en medio de otros tantos, en un trayecto que me estresa, ¡ah!, pero puedo escuchar un buen podcast de meditación y superación personal.

 

Libre para meterme en ese mismo automóvil y trasladarme a un establecimiento donde tengo que pagar para ponerme a correr. ¿No hubiera sido mejor llegar corriendo, y además sin gastar dinero?

Libre para tomar agua en un termo con branding aspiracional. Sentirme único, igual que todos los demás, sólo porque llevo en mis manos un termo del tamaño de un garrafón, de colores pastel muy vistosos, para que todos noten lo muy saludable que me veo, aunque no me sienta, al tomar más de dos litros de agua, en un recipiente de plástico, pero muy ecológico, ¡ándale pues! Y además, libre para olvidar lavarlo y ver cómo crecen hongos y esporas en su interior. ¿Pero qué rayos? ¿cómo lo voy a lavar si es pura agüita la que tomo? 

 

Libre para contaminar el mundo, tomando aviones a destinos paradisiacos y dejar mi huella de carbono y plástico. ¡Ah,! Pero eso sí, libre también para denostar y señalar a las personas que lanzan cuetes en la fiesta patronal, ¡Qué insensatos! ¿No ven que contaminan más sus cuetitos que todos los aviones que tomo al año? O todas las veces que uso mi automóvil para ir a la tienda de la esquina del gran fraccionamiento donde vivo, porque qué flojera llegar caminando. Mejor me subo a mi ocho cilindros y en minutos venzo la distancia que hay para cumplir mis antojos de comida ultraprocesada, que no me llena ni mucho menos me alimenta pero que, en los videos de mi teléfono inteligente, me indican que tengo que adquirir.

Libre para formar parte de las hordas de paganos masticadores de chicle, portadores de cámaras que se pasean sin rumbo por los grandes recintos de las ciudades consideradas patrimonios de la humanidad, con sus inestimables obras de arte, sin tener ni idea de lo que realmente están viendo.

Libre para comprar en línea todo lo que me dicen otros que se me ocurra, sin importar que cada envío que llega a mi domicilio contamina más que los cuetitos patronales. 

Libre para deshacerme de todos los empaques de cartón y de plástico en cantidades industriales donde vienen bien protegidos mis caprichos que compro en línea. Libre para terminar el día viendo videos en mi teléfono inteligente sobre cómo ser tu mejor versión.

No cabe duda que vivimos en un mundo lleno de libertades y oportunidades para todos. ¿Yo no sé de qué se quejan?, si vivimos en la mejor época que a la humanidad le ha tocado vivir. Sólo hace falta echarle ganas, ir a una buena escuela, patrocinada por tus papás, que los amigos de tu papá te ayuden a conseguir un buen empleo, y que siempre, siempre, siempre recuerdes por lo que estás luchando. Me queda claro una cosa: el pobre es pobre, porque quiere.