Red de olvido

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El hombre piensa que los días más difíciles han pasado desde el momento en que decidió no llamarla, no buscarla, no torturarse mirando sus estados en redes sociales.

Los primeros días fueron difíciles porque la ansiedad de buscarla lo comía por dentro. Luchó contra los bravíos perros –sentimientos amordazados por la razón–, pero ya era tiempo de dejar ese dolor tortuoso clavado en toda su persona.

Muchas noches no durmió recreando lo vivido, tratando de explicarse sus aciertos y sus errores. –¿En qué falló? –¿Por qué se dieron así las cosas y no como soñaba?  Dentro de él, sentía un perro rabioso que le arrancaba las entrañas.  No supo cuál de todas las noches saltó del purgatorio al infierno o del infierno al purgatorio, lo que sí supo diferenciar fue el dolor del sufrimiento al de la tranquilidad, se dio cuenta que, entre ambos, hay un abismo que tendría que saltar para salvarse de sí mismo.

No supo en qué momento la indiferencia por la mujer llegó; quizá estuvo a su favor asumirla en un mundo completamente ajeno al suyo, tal vez verlo así, funcionó como remedio para no pensarla, para no extrañarla, para no sufrirla.

Después de meses, la frialdad de la mujer lo llevó al silencio de sus emociones. Al principio dolió saberla de otro y con otros, él se vio en la necesidad de comulgar con la valentía de dejar de sufrir. Esa valentía le regaló la fuerza para ya no sentir, para no cavilar, para dejar de fantasear.

No sabe exactamente qué le ayudó a dejar de sufrirla; quizá haberla bloqueado, borrar las mil fotos de su computadora, tal vez ser honesto consigo mismo diciéndose que no le importaba. Después borrarla de sus contactos y no intentar asomarse, ni por equivocación, a sus publicaciones, con esto empezó a sentirse mejor.

El pescador se reconoce valiente porque, como los adictos, llegó al punto de quiebre; ya no miró los recuerdos: la meta fue salir del infierno de las fantasiosas infidelidades.

Hoy el pescador vive tranquilo, se liberó de la red de una desesperada historia; se agradece borrar un cuento sin pies ni cabeza, sin cuerpo afrodisíaco.

El corazón reposa en la paz del silencio, poco a poco los recuerdos se vuelven lejanos. La distancia kilométrica del pasado traza un camino hacia otros horizontes de ideas que se construyen a cada momento vivido guardado en la memoria.

El pescador de ilusorios amoríos se salvó de la red imaginaria de un corazón necesitado de una historia reprobada por la cordura.