Redes
Quienes vimos el mundo desde las últimas tres décadas del siglo pasado, crecimos en una diversidad de opiniones que no nos impedían tener un pensamiento variado y sin lenguaje políticamente correcto.
Fuimos testigos presenciales del nacimiento de una modernidad que se abalanzaba sobre la humanidad con una fuerza arrolladora, imposible de detener y, al mismo tiempo, maravillosa y sorprendente.
Estuvimos ahí cuando las noticias eran tan catastróficas como lo son ahora, con la misma situación de desastre, y eso que no vivimos la crisis de los misiles cubanos, la guerra de Vietnam y sus consecuencias político-sociales, la guerra de Corea, la decadencia del muro de hierro y la guerra fría. Eso ya lo vimos en los libros de historia.
Pero sí nos tocó la masificación de las comunicaciones, el nacimiento de la telefonía celular, los satélites que transmitían información de un lado a otro del mundo con velocidad inaudita y el medio más increíble y sorprendente del fin del siglo pasado: la Internet.
Nos conmocionamos ante la fuerza de las imágenes. Fuimos testigos en primera línea de la forma en que los grupos sociales podía comunicarse de manera inmediata, casi sin interrupciones, de un confín al otro del mundo. Supimos de civilizaciones que, anteriormente, sólo los viajeros intrépidos conocían y que podíamos vislumbrar mediante documentales que salían en horarios nocturnos o muy temprano por la mañana.
Leímos infinidad de libros y periódicos por la única fuente real y verdadera de donde podíamos extraer el conocimiento. Y a pesar de todo eso, aún había cosas que no siempre eran reales.
Crecimos en un mundo donde lo políticamente correcto era decir, con justificación plena, que éramos de izquierda, de derecha o apolíticamente creyentes.
Dudamos de la fe y la fe dudó de nosotros. Tuvimos una vida plena sin vegijas para nadar y nos introducimos en un sentido alterado de la experimentación corporal a pesar de que la pandemias sexuales empezaban a popularizarse. El sida, como tal, apareció en el mundo con la misma fuerza en que la vida era más intensa y menos peligrosa, claro, desde nuestro punto de vista.
Hoy, sin embargo, vivimos en un mundo donde ya no podemos decir muchas cosas, donde hablar de algo puede ser tomado de forma agresiva, donde las reglas que supimos quebrantar ahora son parte de una nueva moralidad que afecta principalmente a los que, según McLuhan, son parte de esta aldea global en que el mundo se ha convertido a través de una pantalla computarizada.
Sí, hemos visto crecer la tecnología de una manera arrolladora y al mismo tiempo, terriblemente limitante. Somos, nosotros los que nacimos en la mitad del siglo pasado, esa generación sandwich que, prácticamente, no está ni en el pasado, ni el presente actual.

