Reflexión del llamado Rock Nacional en tanto la argentinidad (Segunda Parte)

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Aclaro que en el rock nacional argentino, en algunas de sus vertientes, desde sus principios va a tener sin duda un discurso con gran tinte contestatario además de que identifica con claridad los elementos de la superestructura sociopolítica. Por una parte advertimos que se mantienen estos orígenes como un gran enunciador de esto que evoca los orígenes de una manera novedosa. Me refiero a Andrés Calamaro, por ejemplo, si miramos hacia el álbum denominado El Salmón, podemos observar que introduce desde la enunciación una vocalidad disidente novedosa, ya que involucra lo micropolítico como una dimensión fundamental de lo macropolítico. Sin embargo, no olvidemos que para la historia de esta argentinidad del rock nacional, la guerra de Malvinas tiene una significación que sobresale del marco más amplio de la dictadura militar. Quizá esto se pueda decir también de otros temas o registros del pasado argentino reciente.

Es de recalcar que en el contexto de la música argentina, este evento en concreto, significa, en el sentido de significación sincrónica y diacrónica, el punto de inflexión en su historia específica que tal vez no haya sido tan pronunciado en la producción teatral o la literatura. Parece  haber en ellos una mayor continuidad que en el caso de la música popular. Es decir, no parece que la narrativa argentina posterior al 2 de abril de 1982 haya sido radicalmente diferente excepto por la lectura que parecería obligada de Los pichiciegos de Fogwill (1983). En nuestro caso, la música es diferente ya que se modificó bruscamente; no tanto hacia el interior de su propio lenguaje; ni siquiera en las temáticas de sus letras; sin embargo, es abismal la transformación en tanto la relación mediatizada de la música con sus audiencias.

Regresando un poco al ejemplo que poníamos de Andrés Calamaro, hay que decir que se trata de un músico argentino que desde su juventud se ha destacado como compositor e intérprete dentro del género del rock. Su carrera es larga, desde su participación en Los Abuelos de la Nada, una de las bandas fundamentales del rock argentino de la primera mitad de la década de los ochenta. También pasó por  Los Rodríguez, aquella formación con asiento en España, que él lideró durante la década de los noventa. Para después convertirse en uno de los solistas más relevantes del rock en castellano tras su publicación de Alta Suciedad. Después de ésta aparecieron dos producciones que generaron opiniones encontradas de parte de la crítica especializada, y gracias a las cuales Calamaro adquirió cierto perfil de gran provocador. Primero Honestidad Brutal, un disco doble con un total de 37 canciones que se diferenciaban de su antecesor de manera clara y reiterativa, tanto por la cantidad de piezas como por un sonido mucho más crudo, y después El salmón, publicado en el año 2000. Retomando el perfil que hemos estado señalando de la argentinidad del rock nacional  es importante señalar que en ese año, Argentina afrontaba las graves consecuencias sociales del modelo económico impuesto por el ex presidente Carlos Menem y el estrepitoso fracaso de su sucesor, Fernando de la Rúa, para contener ese estado de emergencia. Así es que miramos un contexto en el que todo un país parecía  desmoronarse de forma escandalosa, es menester resaltar la aparición del hiperbólico El salmón, es tan notable que Calamaro logró una  ruptura sin precedentes dentro del rock nacional en varios aspectos. Estamos hablando de una producción de trescientos tres tracks que no quitan el dedo del renglón, imponiendo una sonoridad opaca, poco usual para el ámbito de la música comercial.

Pero la guerra, traumáticamente, fue lo que marcó la gran bisagra. Hasta Malvinas, teníamos el registro, más bien asordinado, de un posicionamiento del rock frente a la dictadura; de hecho, las canciones más claramente críticas del autoritarismo burocrático, como lo llamaba Guillermo O’Donnell, surgían de la argentinidad del rock nacional.   En otra arista, el folclore que venía del Nuevo Cancionero estaba recluido en la clandestinidad, exiliado o directamente desaparecido. Lo mismo podía decirse de cierta canción testimonial de influencia folclórica, allí donde algunas metamorfosis resultaban bastante desagradables. Recordemos a Piero, que regresa del exilio vestido de blanco inmaculado y con filosofía new age, cantando Manso y tranquilo, a mucha distancia de Al pueblo lo que es del pueblo que cantaba  a principios de los setenta.

Aun así, parece que este fenómeno es marcado por lo que contaba Sergio Pujol respecto del impacto en el rock nacional  de la guerra de las Malvinas que impactó de manera frontal en la música golpeada por una política de guerra. Tanto las medidas en materia de difusión musical que se tomaron por esos días como la experiencia misma del conflicto produjeron un cambio en la dimensiones del fenómeno rock nacional y el orgullo de su argentinidad.

Hay que decir también que en la Argentina el género venía creciendo cuantitativamente desde 1981, después de un par de años muy dificultosos, tal vez lo hubiera seguido haciendo sin la guerra de Malvinas, aunque con otro ritmo, seguramente, pero es difícil exagerar la importancia de aquellos meses en el posicionamiento del rock frente la sociedad. No es menor el hecho de que el crecimiento exponencial del rock en los ochenta fue consecuencia del retorno de la democracia, así como del encuadre de la producción local dentro de las líneas artísticas de lo que se empezó a llamar rock-pop. Esto sin duda, aligeró al rock nacional, lo volvió más accesible, más directo, y sobre todo bailable, ya que no lo había sido hasta ese momento. Así es que la democracia y los nuevos estilos de la música joven convirtieron al rock en música realmente popular.