Reflexiones en torno a los 500 años de la conquista de Tenochtitlán

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Rodrigo Sánchez Arce,

Facebook: Rodrigo Sánchez; Twitter: RodrigoSanArce

Hace 500 años, el 13 de agosto de 1521, el águila en vuelo descendente, el tlatoani Cuauhtémoc, rindió el Lugar de la tuna en la piedra ante el conquistador Hernán Cortés. Luego de que el único héroe a la altura del arte se vio impedido de continuar la defensa de su Imperio, intentó salir de la ciudad para reorganizar sus fuerzas y tener otra oportunidad de preservar la nación mexica, pero al cruzar las aguas del lago de Texcoco con el fin de llegar a tierra firme, fue descubierto y aprehendido a bordo de su embarcación.

Más allá de este hecho fundamental que sentó reales para la dominación hispana en América, de forma similar a lo ocurrido hace once años con el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución, en estas Conmemoraciones 2021 han trascendido ideas que rebasan la historia incluida en los libros de texto y se despojan de su impronta del Nacionalismo Revolucionario, pero que, desafortunadamente, entran en contradicción con la visión maniquea y la historia de bronce que pretende preservar el actual régimen gobernante, lo cual dificulta que dichas ideas se fijen en el imaginario colectivo.

En el caso de los 500 años de la caída de Tenochtitlán, comparto la visión histórica que creo relevante para comprender un fenómeno de la trascendencia que nos ha tocado vivir, aportando además recomendaciones de lectura.

  • Como bien dice el maestro Miguel León-Portilla (El México antiguo en la historia universal, FOEM, 2015), Mesoamérica fue una civilización originaria que emergió de manera autónoma en el concierto de civilizaciones del mundo antiguo, al igual que surgieron Mesopotamia, Egipto, India, China y la Sudamérica Andina. Por lo demás, la cultura se originó aquí hace tres milenios y se desarrolló una cosmovisión propia del mundo con rasgos comunes basados en una concepción dualista del universo, un choque de fuerzas rivales que constantemente necesitaron ser apaciguados: día-noche, nacimiento-muerte, lluvia-sequía, ciclo eterno de creación y destrucción. Para calmar a esas fuerzas surgió gran diversidad de dioses a través de los cuales se rindió culto al agua, el sol, los animales y otros elementos naturales, creándose así una religión politeísta; la subsistencia estuvo basada en el cultivo de maíz y otros productos de la milpa: frijol, tomate, calabaza, chiles y quelites; además, todos los pueblos practicaron rituales como el juego de pelota, asociado al sacrificio humano.

  • Pero Mesoamérica no fue aquel remanso de paz que creemos. Gracias a los estudios de Ross Hassig (War and Society in Ancient Mesoamerica, Berkeley: University of California Press, 1992), sabemos que otro de los rasgos de las civilizaciones mesoamericanas es que fueron profundamente militaristas y practicaron la guerra en diversas formas, desde los olmecas, pasando por zapotecas, mayas, teotihuacanos, toltecas, hasta los aztecas; su fin fue establecer rutas comerciales y territorios tributarios de los cuales extraer riquezas y bienes de consumo; en el caso de los mexicas, además, impusieron su control gracias al terror militar y a una dominación imperial expansionista que llevó al límite la extracción de riquezas de sus dominios y el culto al dios de la guerra, Huitzilopochtli, imponiendo a sangre y fuego su religión belicista, sacrificial y con rituales antropofágicos.

  • La conquista del territorio que hoy es México no inició ni terminó con la caída de Tenochtitlán. Las Cartas de Relación de Cortés son testimonio de primera mano —probablemente exagerado para asombrar a su destinatario: el rey Carlos de España— para saber semana por semana, prácticamente día por día, sobre los sucesos ocurridos antes del 13 de agosto de 1521, en que los hispanos sometieron y se aliaron con altépetl o señoríos como Cempoala, Tlaxcala, Cuauhnáhuac (Cuernavaca), Texcoco, Chalco y el Matlatzinco (Valle de Toluca). Posterior a esa fecha debemos hablar de conquistas: entre 1521 y 1530 la Conquista de Michoacán (libro clásico de Benedict Warren, Fímax, 1976); entre 1527 y 1550 la Conquista y colonización de Yucatán (otro clásico de Robert Stoner Chamberlain, Porrúa, 1974); de 1529 a 1542 la del Occidente (José María Muriá, Breve historia de Jalisco, FCE, 1994); y la conquista de la frontera norte, proceso que se extendió prácticamente hasta las postrimerías del virreinato (Cecilia Sheridan Prieto, Fronterización del espacio hacia el norte de la Nueva España, CIESAS/Instituto Mora, 2015).

  • De acuerdo con Enrique Semo (500 años de la batalla por México-Tenochtitlán, Ítaca, 2021), Mesoamérica estaba integrada por unos 1500 señoríos, de los cuales 700 estaban sujetos a Tenochtitlán, por lo que, abatido el poder central se facilitó la imposición en sus dominios. Semo y otros, también sostienen que existen señales de que se gestaba una rebelión contra el imperio mexica, por lo que no fue tan necesario que Cortés incitara a los pueblos a luchar, pues ellos mismos habrían propuesto alianzas, comenzando por totonacos y tlaxcaltecas. Cortés llega en el momento justo, entiende el rencor acumulado y lo usa a su favor, convirtiéndose en catalizador de una situación añeja. Este argumento es especialmente usado por historiadores del régimen como Pedro Salmerón (La batalla por Tenochtitlán, FCE, 2021), que rezuman un odio trasnochado e inútil por los españoles, a fin de minimizar su papel en la Conquista, pero es un error subestimar la superioridad militar, tecnológica y política que Cortés trajo del Viejo Mundo. En todo caso, sin la irrupción de los españoles, una Tenochtitlán en punto de inflexión hacia su decadencia, probablemente habría perdurado, por lo menos hasta finales del siglo XVI.

  • Siguiendo con Semo, dice que 500 hispanos no habrían podido por sí mismos vencer a un imperio tan vasto y poderoso como el mexica y su ciudad lacustre de 15.3 kilómetros cuadrados, 300 mil habitantes, 50 mil canoas y miles de guerreros dispuestos a luchar a muerte. Necesariamente debieron contar con ayuda de los propios indígenas, por lo que al asedio a la gran ciudad acudió una fuerza inmensa que Semo calcula entre 150 mil y 200 mil indios del Totonacapan (Cempoala), Tlaxcala, Cholula, Xochimilco, Iztapalapa, Huejotzingo, Churubusco, Mexicaltzingo, Mixquic, Coyoacán y diversos pueblos otomís. Y si bien resultaron vencedores, también acudieron a luchar contra Tenochtitlán con la falsa conciencia de que tendrían beneficios pero, a pesar de que algunos caciques conservaron privilegios, el grueso de pueblos no comprendieron que un nuevo sistema vendría a dominarlos. Desde este punto de vista se puede decir que ningún pueblo ganó con la conquista, siendo la esclavitud, las encomiendas, repartimientos y la mortandad por epidemias para las cuales la población nativa no tenía defensas naturales, la evidencia de la tragedia mesoamericana.

  • No obstante, Rodrigo Martínez Baracs observa otra cara de la conquista (conferencia ¿Qué ocurrió después de 1521?, El Colegio Nacional, 2021): más allá de una visión patriotera, se deben considerar las transformaciones profundas que se derivaron del encuentro de dos mundos, que dieron paso a cambios fundamentales en diversos aspectos y permitieron un sincretismo cultural. Este proceso dio origen a la nación mexicana, pero no borró de un plumazo el mundo anterior, pues incluso ahora se pueden observar continuidades de la vida mesoamericana. Por último, propone seguir analizando la idea de que los antiguos mexicanos añoraban ya un estado más pacífico y, por ello, la súbita liberación hecha por los hispanos dio pasó a una rápida asimilación de la religión católica, la cual les ofreció un discurso de paz y diálogo frente a la terrible religión sacrificial.

En fin, estas son sólo algunas de las reinterpretaciones que me parecen más importantes en torno a la conquista de Tenochtitlán y que han cobrado fuerza durante estas Conmemoraciones 2021, las cuales han venido a cambiar nuestra percepción sobre lo que ocurrió hace 500 años. Tal vez lo principal, a manera de resumen, es que la conquista ocurrió gracias a que los propios pueblos indígenas mesoamericanos la posibilitaron. Lo cierto es que este acontecimiento transformó más cosas que los eventos señeros de nuestra historia patria: la Independencia y la Revolución, y ello también debe ser revalorado.

Termino haciendo eco de una expresión escuchada al historiador Javier Garciadiego en contra de los negacionistas de la conquista: Si no hubo conquista, entonces, ¿de qué se liberó México en 1821?