REFORMA EDUCATIVA

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Tantos libros sobre la educación en nuestro país y ya entrado el siglo XXI seguimos sin brújula que nos de el norte para salvar a generaciones de infantes, adolescentes y jóvenes, con el solo objetivo que reciban una educación de calidad que lleva al éxito, a su mejor posibilidad de tener una oportunidad para lograr realizarse en su existencia. Educación es sinónimo de oportunidad de que el individuo y la colectividad vayan por el mismo camino, es decir a lograr sus objetivos de vida, los primeros en realizarse como profesionistas exitosos y la comunidad, porque encuentran los conceptos de libertad, igualdad, progreso y democracia, como metas que a diario se realizan, pues dichas tareas son logros que a diario deben buscarse, trabajar por tales, para vivir en una sociedad de iguales y respetuosos de sus vecinos como obligación que instituye la democracia sin regímenes de dictadura, mesianismo o populismo. Leer el libro de Ángel J. Hermida Ruiz, titulado La reforma educativa liberal, publicado en Xalapa en el año de 1983, por el gobierno del estado de Veracruz, es oportunidad de retornar a ese siglo XIX que es nuestro Sócrates colectivo. Es decir, la mejor generación que ha tenido México en muchos ámbitos de la vida en la nación, por comprender en su ejemplo lo que los mexicanos de este tiempo, parece que hemos perdido, y no sabemos lo que en verdad es <<ser mexicano>>. El autor señala: “El material de este libro fue publicado en el Semanario Punto y Aparte de Xalapa, Veracruz, y en diferentes diarios: La Opinión, de Minatitlán, y Diario de Los Tuxtlas, de San Andrés Tuxtla”. Pienso que los mejores educadores de la Reforma lo fueron Ignacio Ramírez “El Nigromante”, Ignacio Manuel Altamirano, Felipe Sánchez Solís, Francisco Zarco, Vicente Riva Palacio, y varios más, pero en la portada del libro aparecen tres rostros: Carlos A. Carrillo, Enrique C. Rebsamen y Enrique Laubcher. Para comprender a nuestros mejores educadores desde el puesto de director de Educación o secretario de la misma, nos lleva a comprender en sus mejores personajes que han ocupado estos puestos, y a la vez, saber apreciar a pedagogos que han dejado huella en la historia de nuestra educación. Leo: “El primer intento serio e integral de reforma u organización del sistema educativo del país, surge en 1833, con Valentín Gómez Farías, sin que con esto tratemos de menospreciar el movimiento lancasteriano, que cumplió importante función en la República, desde poco después de consumada la Independencia”. Pocos años y había que transformar un país que buscaba la democracia, teniendo como ejemplo la que surgía en al norte de río Bravo, cuya lucha que alcanza la victoria a partir del 4 de julio de 1776 se había difundido por América Latina como reguero de pólvora.

Ángel J. Hermida Ruiz escribe: “Gómez Farías establece la libertad de enseñanza, rompe el monopolio del clero sobre la educación, que la escuela lancasteriana empezaba a herir débilmente y, sienta las bases de la estructura educativa de la nación”. A casi dos siglos de dicho intento por el presidente Gómez Farías hacer el resumen de lo logrado es tarea de investigadores y estudiosos de la educación en el país. Ante el panorama que vemos es difícil entender que dos siglos no han sido suficientes para alcanzar la cobertura adecuada a los problemas que representa impartir enseñanza a decenas de millones de infantes, adolescentes y jóvenes. A lograr la total alfabetización de toda la población que llega a 130 millones de habitantes en este 2021, y que pone en entredicho los esfuerzos que tanto proclaman los gobiernos de todas las épocas. Me recuerda ahora un pequeño libro de 80 páginas escrito por el pedagogo y sabio Iván Illich titulado ¿En América Latina para que sirve la escuela? publicado por Ediciones Búsqueda en Buenos Aires en el año de 1973. Texto que hace ver los esfuerzos en este continente y que han sido insuficientes para aquella década. Si en esos años el pedagogo señala del fracaso, pensemos en el tiempo actual para darnos que no sólo no mejoramos, sino que hemos ido empeorando. Su libro clásico Desescolarizar la sociedad vendido en esas décadas como un Bestseller en todo el mundo, desde Japón a Chile, de la URSS de aquellos años, hasta México. Sobre todo, en países como Francia, Alemania, Italia, Inglaterra y en el lejano Japón, daban prueba de sus tesis educativas que planteaban lo que ahora estamos viviendo, es decir el apoyo de las nuevas tecnologías a los sistemas educativos en el mundo. Todo ello en aquellos años fue un hito revulsivo, pues señaló en su revisión sobre América Latina: “La escuela institución anticuada / No es paradójico afirmar que Latinoamérica no necesita más establecimientos escolares para universalizar la educación. Esto suena ridículo porque estamos acostumbrados a pensar en la educación como un producto exclusivo de la escuela, y porque estamos inclinados a presumir que lo que funcionó en los siglos XIX y XX necesariamente dará los mismos resultados en el XXI. De hecho, ninguna de las dos suposiciones es cierta”. Retornar a los esfuerzos de nuestros liberales resulta todavía más el reconocimiento a lo que se enfrentaron con la manera como se educaba en los primeros cincuenta años del siglo XIX, con la herencia colonialista y la presencia de puño de hierro, que no estaba dispuesta a perder sus canonjías aún si el movimiento de Independencia había triunfado. Pensar de manera central en la escuela que surge del movimiento liberal y confrontarlo un siglo y medio después, en 1970 a través del pedagogo que es Iván Illich nos da luces sobre cual ha sido el camino, sinuoso y lleno de trampas y graves momentos para avanzar hasta llegar al siglo XXI con el resultado que tenemos, que es el de reconocer que la calidad educativa es mala en el México del año 2021.

La grandeza de don Valentín Gómez Farías para aquellos tiempos y en contra de los intereses señalados, prueba la importancia del padre de la Reforma en lucha por la igualdad del pueblo a través de la educación. Hermida Ruiz, señala: “El golpe a la administración de Gómez Farías, con Antonio López de Santa Anna como cabeza, acaba con los progresistas empeños y traslada hasta los constituyentes de 1857 y el libertador Juárez los esfuerzos renovadores”. Viendo con cuidado aquellos años deja ver que el sistema escolarizado era necesario, ya ajeno a la ideología religiosa imperante, para dar motivos de objetividad científica a los estudios escolares en la escuela primaria —en tiempos del país naciente—, era el sistema obligado de imponer para crear las bases de un sistema nacional correcto al desarrollo histórico del país. Hermida Ruiz escribe: “Poco después que los conservadores son derrotados en la Guerra de Reforma que provocaron para sostener sus fueros y privilegios; a unas cuantas semanas del triunfo popular, Benito Juárez, el 15 de abril de 1861, expide la Ley de Instrucción Pública, que es el inicio de la reforma en tal campo. Continúa los empeños de Gómez Farías. El Ministerio respectivo se denomina de “Justicia e Instrucción Pública”, se le ha retirado de “Negocios Eclesiásticos”. La enseñanza religiosa se excluye de las escuelas”. Hacer el seguimiento a estos esfuerzos es lo que en México debemos de atender, para no permitir que se den pasos atrás ante aquellos intereses que siempre han visto primero por sus egoísmos y quizá nunca por la patria. Así lo dice el autor: “Pero la traición de la reacción vencida, la Intervención Francesa y el llamado Imperio de Maximiliano, no permiten a Juárez dedicarse de lleno y sin grandes problemas. Es hasta después de la victoria definitiva del Cerro de las Campanas cuando puede hacerlo”. Estudiar el siglo XIX es obligatorio para cualquier mexicano que desee ser moderno. Pues ese estudio dará prueba de los esfuerzos de gobiernos liberales y progresistas siempre asechados por los reaccionarios en todas las épocas de la historia nacional. Dice Hermida Ruiz: “En 1867 expide —Juárez— la famosa Ley Orgánica de Instrucción Pública. De allí, arranca ya, sin interrupción, el sistema educativo de México”.