Reinventemos el Génesis

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Prosa poética

I

Reinventemos el génesis a media noche; lavaré tu piel con mi lengua para borrar las impurezas de tu cuerpo, rociaré con jazmín cada centímetro dónde pose tu piel. Ven; deshagamos las máscaras que aún observan nuestros pecados, borremos los estigmas adheridos a nuestros sueños, desnudemos caminos en medio de los pantanos y con plumas en las ramas de nuestro cuerpo; volemos para seducir al diluvio; para exterminar el vaho de las heridas que flagelan nuestra creación, seamos magos en este dolor, para enmendar nuestros caídas, y bajo las estrellas, hagamos guiños al viento, tracemos éxodos donde el aire descalzo, llene de caricias a nuestras almas envenenadas, deshagamos los hechizos que ahogan nuestra respiración y nos mantienen aislados, en el desierto de una sociedad que nos llena de mordazas y falsos profetas, y manosea nuestra intimidad, y nos llama ladrones, en un suelo donde sus poros ya no seducen a los orgasmos y los títeres que aún se mojan en los agujeros de la indiferencia, pronto serán utopía en la debilidad de los ancianos; agotados de arrastrar una cruz que se extingue en el vicio trágico de la soledad preñada de fanatismos, que acuchilla más allá de los cuerpos, ahí donde se deshila lo prohibido y el escándalo, es la semilla de la hostia que corre en nuestra sangre como un pez que desdeña al mar, y se vuelve siervo de un dios ajeno que lo enclaustra en un amargo monasterio, donde la existencia corre por desfiladeros carentes de alas; donde la confusión es una manera de abreviar nuestras historias y el ser quisquilloso, es una incongruencia más, sólo para descubrir el follaje que guardan nuestras caretas.

II

Reinventemos el génesis; para bendecir nuestras espinas y hacer que el estiércol impregnado en la felicidad, sólo sea una manera curiosa de remover las capas de soberbia que nos cargamos, y es que no puede uno abstenerse de los ruidos extraños, que zarandean los huecos empotrados en el inventario de la castidad, esos tan llenos de placer y que al presionar en las líneas del tiempo, son dolor que se cuela en las hendiduras de los extraños viajeros, irritando a nuestras horas y a las ilusiones armadas con sombras en celo. Se dibujan lámparas que salpican fango, para tapar los agujeros que nos permitan salir de las trampas y nos mantienen en penumbras ante un panal de odios, que nosotros, escarbando con los dedos, nos atrevimos a plantar en la textura de nuestro interior; por eso la muerte, se ha encaprichado en hervir nuestros nombres; esconder nuestro asombro, y desbocar el desdén en los vientos de un terror, el cual lentamente carcome nuestros gestos, y nos hacemos falsos mortales sometidos al elixir de un sueño misterioso, que esparcirá como señal de sometimiento: un aullido que se elevara cuchicheando con delicadeza, por los cielos de un orgasmo; bajo el signo de virgo. Trazará un sendero que más de uno se atreverá a llamar Espigas en la nieve.

III

Por eso, reinventemos el génesis para hacer de la lujuria, una guía que cure nuestra hambre, y aislé a los cuerpos desnudos en nuestro albergue; así, soñaremos con una síntesis de amoríos que forjan lunas entre besos; y nos volvemos lumbre que justifique el derroche de suspiros; y al tocar a los demonios enclaustrados, veremos cómo se renueva nuestra piel, excitándose únicamente con el contacto, aunque sigamos viviendo en la débil carne que nos ata con sogas enormes, y en el menor descuido nos vuelve impuros, golpeándonos en sombras de ausente luz, y nos volvemos basura, y arrodillamos nuestras penas que se niegan a morir, a pesar de los ayunos, y es que la arrogancia, también es causante de volverse a enamorar, tal vez, es como el amor de un novelista, que exprime con fuerza en las entrañas del viento y al final, voltea el rostro, regresando el viento desdichado, a postrarse en la silueta de aquel nefasto ser, que festeja la decepción y se aferra a su gloria, aun cuando los escalones donde se desplaza, únicamente lo hagan descender, porque; es posible ser un enlace, en los delgados hilos de la vida, donde a fuerza de manotazos, es como logran elevarse las hojas que sienten vivir, sin saber que al navegar libres, están volando hacia su muerte, aunque, no sé, si es mejor terminar una vida desplegando las alas o tal vez, es mejor; mantener la ilusión de que un día pudiste volar.