REMODELACIÓN
Hay veces donde el destino se disfraza de tropiezo en una aplicación cualquiera o de un mensaje que llega justo cuando el silencio pesaba demasiado. Coincidencia, así la llamo, a esa coreografía invisible que nos pone frente a alguien, que es magia, esa magia que se detiene ahí, en el umbral, ese umbral tan alto, que parece imposible de alcanzar. Porque, siempre, justo después del asombro aparece el vértigo, ese miedo punzante a dejar de ser uno mismo para ser alquien más con otro, ese miedo, a romper la armadura y descubrir que, en el amor, el riesgo no es perder a la pareja, sino quedar expuesto y desnudo frente al espejo de nuestra tan protegida, pero real fragilidad.
Ese vértigo, generado por esa turbulencia pura y dura, es el que nos hace retroceder justo cuando la señal es más clara. Tratamos insistentemente de convencernos de que el azar se ha equivocado, que no existe, que es demasiado pronto o demasiado perfecto, cuando en realidad lo que nos aterra es la pérdida absoluta del control, que es nuestro mejor escudo. Porque aceptar una coincidencia como el inicio de algo tan real implica colgar el cartel de ABIERTO en un corazón con cicatrices y heridas abiertas que llevaba años en remodelación.
Esa remodelación, no fue un proceso estético, sublime, menos silencioso; fue el impacto directo de una HAMMER a 200km por hora, impacto que sólo nos deja tirados en mil pedazos, con cicatrices en todos lados, inconscientes o probablemente muertos. Veníamos de limpiar muros que se nos cayeron encima y de clausurar lugares donde el frío de ausencias previas se había vuelto crónico. Durante mucho tiempo, el eco de los errores pasados y las culpas gratuitas, fue el único habitante de nuestro santuario, y la menos esperada soledad se convirtió en la única arquitectura segura: un búnker, con extra cemento de blindaje, donde nada podía romperse porque nada estaba expuesto, el tan famoso lugar seguro.
Sin embargo, después de un tiempo, el corazón sale de UCI y sus pálpitos cobran un sonido nuevo. En UCI logramos entender que no apuntalamos las vigas para seguir aislados, sino para que, cuando esa coincidencia llamara a la puerta del Bunker, el Bunker fuera lo suficientemente firme para recibir a alguien más sin que el techo se nos viniera abajo. Estar en remodelación, no era esperar a estar perfectos, sino estar lo suficientemente reconstruidos para permitirnos el lujo de volver a ser vulnerables.
El miedo a amar no es un temor al otro, sino una fobia mortal a la propia vulnerabilidad. Sin duda, nos aterra la idea de que alguien camine por nuestras zonas de desastre y decida quedarse, o peor aún y real también, que decida irse después de haberlas visto. Es ahí, donde empezamos a buscarle defectos a las coincidencias: que si el tiempo no es el correcto, que si la distancia es insalvable, que si el destino acaba de mirar El RESPLANDOR en primera fila, y tiene un sentido del humor insólito, exótico y retorcido. Inventamos mil excusas 100% racionales para el pánico que sentimos, que es puramente instintivo: el miedo a ser atropellados por una HAMMER pero esta vez a 300km por hora.
Lo mágico de las coincidencias, es que tienen una cualidad impertinente: no piden permiso. Nos arrojan a la cara una oportunidad que no estábamos buscando, forzándonos a elegir entre la seguridad de nuestro aislamiento y soledad o el caos y la montaña rusa de un nuevo comienzo. En ese instante, la casualidad deja de ser un evento externo para convertirse en una responsabilidad ética con nosotros mismos, tener claro lo que merecemos y darnos el permiso de tenerlo. Ignorar una coincidencia por miedo es, en el fondo, elegir la inercia por encima de nuestra vida. Porque aunque el azar pone las cartas sobre la mesa, es nuestra mano la que decide si apuesta el resto del orgullo y cuelga el cartel de ABIERTO acabando con la remodelación o se retira y cierra la puerta a una posible ilusión genuina.
Correr el riesgo no es un acto de heroísmo, sino una rendición ante lo inevitable. Da pánico, claro que sí, porque amar implica entregarle al otro el mapa de nuestras grietas y confiar plenamente en que no las usará para derribarnos. Sin embargo, existe una belleza mansa en ese amor bonito no planificado, ese que no encaja en nuestras listas de requisitos ni en nuestros tiempos lógicos. Es el amor que se siente como un refugio en medio de la tormenta que nosotros mismos provocamos con nuestros temores productos de un sin vivir. Finalmente, el miedo es solo el ruido que hace la puerta al abrirse; detrás, nos espera la posibilidad de descubrir que no somos de cristal, y que algunas coincidencias llegan no para probarnos, sino para sanarnos.
Entregarse es, en esencia, dejar de negociar con el pánico. Es ese instante suspendido en el tiempo donde decides que el silencio compartido pesa menos que el ruido de tus propias dudas. No hay comparsas en esa entrega; a veces es tan sutil como dejar de buscar la salida de emergencia mientras el otro habla, o permitir que una conversación de madrugada se extienda un segundo más de lo que dicta nuestra prudencia. Es aceptar que, aunque no tenemos garantías de un final feliz, la coincidencia de habernos encontrado es un tesoro demasiado alto para ser sacrificado en el altar del ¿qué pasaría si?
El primer paso después del miedo se siente como caminar sobre un puente que todavía se está construyendo bajo nuestros pies. Es una mezcla de asfixia y alivio. Es decir tengo miedo, pero aquí estoy. Al dar ese paso, descubrimos que el amor bonito no es el que no tiene fisuras, sino el que nos permite habitarlas sin vergüenza y miedo.Es el momento en que dejamos de ver la coincidencia como una amenaza a nuestra libertad y empezamos a verla como la invitación a una libertad nueva: la de ser vistos y valorados, por fin, sin filtros ni armaduras.
Y entonces, casi sin darnos cuenta, el ruido del pánico se desaparece. Tras ese primer paso que parecía un abismo, nos abraza una paz extraña, una quietud que no es ausencia de movimiento, sino ausencia de lucha. Es la paz de quien deja de huir de su propia fortuna.
De pronto, el amor bonito deja de ser un concepto teórico o una amenaza a nuestra independencia para convertirse en un lugar seguro; un espacio donde las coincidencias ya no se cuestionan, se habitan. Descubrimos que la verdadera libertad no era estar a salvo en nuestro Bunker, sino tener la certeza de que, aunque el mundo afuera siga siendo incierto, aquí dentro finalmente podemos soltar las armaduras que nos pesaban durante años.
Al final, el destino no es un guión inamovible ni una sentencia divina, sino el nombre que le damos a nuestra valentía cuando decidimos no soltar la mano de la casualidad que nos puso defrente. Es el momento en que entendemos que las coincidencias sólo son mapas vacíos; somos nosotros, con cada nuevo latido que vence al miedo, quienes trazamos la ruta. El destino no ocurre cuando dos personas se cruzan, sino cuando ambas deciden detener el reloj y reconocerse, transformando un accidente del calendario en el inicio de una historia que, aunque no estaba escrita, ahora ya ha sido tomada por una pluma.
Decidir que nombre ponerle a esta historia, es un acto de libertad. Podría llamarla la emboscada del azar, si quiero creer que no tuvimos opción ante el encuentro; o quizás el vértigo de ser encontrados, si lo que más nos marcó fue el pánico de vernos expuestos.
Creo firmemente, que la verdadera transformación ocurre cuando el miedo pierde la apuesta y nos atrevemos a dibujar esos mapas de cristal, donde decidimos aplicar el arte de no huir. Al final, no importa si nos sentimos vulnerables o invencibles, lo único cierto es que siempre estuvimos apenas a dos pasos del destino: el primero fue la coincidencia de hallarnos, y el segundo, el valor de decidir quedarnos, porque Amar es, simplemente, dejar de huir de la fortuna que nos encontró de frente.
–Para ti, quien le pondrá fin a mi Remodelación–

