RESILIENCIA: CUANDO AGUANTAR SE VUELVE MASOQUISMO
«Si el dolor fortalece, México es potencia mundial… de masoquistas, nunca resilientes.
José Eduardo, en Facebook
QUE NO TE DIGAN, QUE NO TE MIENTAN: En 1945, Hiroshima quedó reducida a cenizas tras el estallido de la bomba atómica. Lo que parecía una ciudad condenada a la desaparición, en pocos años comenzó a reconstruirse con infraestructura moderna, industrias renovadas y un enfoque de paz que la llevó a ser un símbolo mundial de recuperación. Eso es resiliencia: enfrentar un golpe devastador, adaptarse, mejorar y superar las condiciones anteriores.
En contraste, casos como Cuba o Venezuela nos muestran otra cara del término: décadas de crisis económica, escasez crónica y deterioro institucional presentados como “capacidad de resistencia”. Aquí, la resiliencia, mal vendida y peor entendida, se confunde con la resignación y la indiferencia; un aguante que no conduce a mejoras, sino a una normalización del desastre. Es la capacidad de seguir en pie… sin dar un solo paso adelante.
En psicología y en ingeniería, la resiliencia es la capacidad de un material —o de una persona— de absorber un golpe y volver a su forma original. Un concepto admirable, sí, cuando implica superar una crisis y salir fortalecido. El problema es que, en la narrativa política y social de México, resiliencia ha dejado de ser una virtud para convertirse en coartada con un deterioro socioeconómico brutal.
En psicología y en ingeniería, la resiliencia es la capacidad de un material —o de una persona— de absorber un golpe y volver a su forma original. Un concepto admirable, sí, cuando implica superar una crisis y salir fortalecido. El problema es que, en la narrativa política y social de México, resiliencia ha dejado de ser una virtud para convertirse en coartada.
Aquí, la resiliencia se usa como el suéter que se usa porque no hay calefacción, como el paraguas roto que se lleva porque no hay techos, o como el discurso bonito que oculta que no se resolvió el problema de fondo. Se celebra “aguantar vara” como si fuera heroico… aunque signifique vivir siempre al borde del colapso o, de plano, ya en él. ¿Aguantar a la violencia o tolerar los baches es resiliencia? ¡Por supuesto que no!, pero…
CONFUNDIR RESILIENCIA CON MASOQUISMO ES LLAMAR SPA A UNA REGADERA CON AGUA FRÍA. Cuando la resiliencia se malinterpreta y se convierte en política implícita de un país, el efecto económico es doblemente perjudicial. Por un lado, se prolonga la vida de modelos productivos ineficientes, empresas poco competitivas (refinerías, trenes, aeropuertos, megafarmacias) y sistemas institucionales incapaces de generar crecimiento sostenido. La narrativa del ‘aguante’ desvía recursos y atención de las reformas estructurales necesarias, manteniendo al país atrapado en un ciclo de baja productividad y estancamiento económico.
Por otro lado, este uso distorsionado del término erosiona la confianza interna y externa. Inversionistas, mercados y socios comerciales perciben que la resiliencia, en lugar de ser un indicador de fortaleza, es la justificación de un sistema que tolera y fomenta la precariedad. El resultado: menor inversión, fuga de capitales, pérdida de talento humano y un deterioro gradual del tejido económico que, lejos de fortalecerse, se acostumbra a operar en estado de crisis permanente. Total llegan limosnas de sus propios recursos.
Un autor que ha explorado con profundidad la distinción entre la resiliencia saludable y el masoquismo psicológico es Theodor Reik, psicoanalista ligado a la tradición freudiana. En su obra “Masochism in Modern Man”, sostiene que ciertas conductas autodestructivas o de perpetuo aguante no expresan fortaleza, sino una forma de buscar—o demostrar—resistencia emocional, culpa o incluso «victoria mediante la derrota» (casi nadie votó, pero hay Reforma Judicial Democrática). Esta dinámica refleja una confusión peligrosa entre la capacidad de levantarse y la costumbre de quedarse parado ante el dolor.
Un análisis más enfocado al juego de aplicar términos de manera perversa lo da Edmund Bergler, quien argumenta que el masoquismo psicológico es «la sangre vital de la neurosis», una defensa inconsciente ante la tiranía del superyó, que convierte el sufrimiento en un mecanismo de tolerancia y autopunición. En este marco, lo que algunos llaman resiliencia puede ser una máscara de falta de transformación real (dato de Gloria Montalban).
DE FONDO
En su sentido legítimo, la resiliencia implica enfrentar la adversidad, aprender de ella y reconstruir lo que se perdió o mejorar lo que falló. Países con políticas sólidas y visión estratégica la aplican para recuperarse de desastres naturales, crisis económicas o conflictos. Japón, por ejemplo, tras el terremoto de 2011, reconstruyó infraestructura y reforzó protocolos de seguridad nuclear. Resiliencia con inversión, con ciencia y con seguimiento.
En México, en cambio, el concepto se traduce a “la gente sigue trabajando aunque la inflación apriete, el transporte falle y la inseguridad suba”, como si eso fuera una estrategia de desarrollo. Lo irónico es que, mientras la población resiste, el aparato político se instala en la comodidad de que “el pueblo aguanta”. Y Una mañana sí y otra también, se les aplaude la resiliencia, palabra dicha sin valor y recibida sin comprensión.
DE FORMA
El término se ha vaciado de contenido real y rellenado con optimismo barato. Campañas gubernamentales y spots empresariales presumen nuestra “resiliencia” como si fuera un sello de calidad nacional, del mismo modo que se presume un tequila o un mariachi. Se repiten frases como “somos un pueblo que no se rinde” o “no importa lo que pase, seguimos de pie”, sin mostrar el plan para que un día no tengamos que levantarnos de nuevo después de caer.
Es resiliencia como accesorio retórico: frases bonitas, videos emotivos y hashtags… sin presupuesto, sin cronogramas y sin indicadores.
DEFORME
La deformación más peligrosa del concepto es que se convierte en un sustituto de la solución. No hay políticas públicas efectivas, pero se presume que “sabemos aguantar”. No hay empleos formales, pero “el ingenio del mexicano sale adelante”. No hay seguridad, pero “nos cuidamos entre todos”, mientras vemos pasar a nuestros muertos como “hechos aislados”, “de todos modos se iban a morir”, “actuaremos hasta las últimas consecuencias” (Ay, Ayotzinapa), etc.
En el fondo, es la romantización de la carencia: mientras más aguantas, más “orgullosos” se sienten quienes deberían evitar que aguantes tanto.
El riesgo de esta versión tropicalizada de la resiliencia es que deja de ser una etapa para convertirse en el estado permanente. Aguantar se vuelve identidad, y mejorar se vuelve opcional o, si depende de terceros, inalcanzable. ¿Preferimos ser CUBA o Hiroshima?
COLOFÓN:
Si en vez de tanta resiliencia aplicada al ciudadano, aplicáramos un poco de responsabilidad a quienes gobiernan y gestionan, quizá podríamos aspirar a una virtud más ambiciosa: la prosperidad. Porque aguantar está bien, a veces… pero vivir bien está mucho mejor, siempre.

