Resurgen los Portales de Luis Coto

Views: 3497

rodrigo.pynv@hotmail.com
Me gusta la remozada que el Ayuntamiento de Toluca le dio a los Portales, ya
hacía falta. Por fin, después de muchos años, Toluca vuelve a tener unos arcos
elegantes y sobrios, bonitos. Ahora predomina en ellos el color blanco, con las
bases de los pilares y la herrería de los balcones en negro, y las molduras de
las paredes y cornisas en color verde muy claro, casi imperceptible.
No es que los Portales no me gustaran antes, pero la verdad es que aquellos
tonos mameyes, anaranjados, amarillentos, azules y hasta verdosos que antes
presumían, no hacían de aquellos arcos algo digno de una capital como
Toluca. En medio del eclecticismo que caracteriza a la arquitectura citadina (es
decir de chile, de mole y de dulce), estos nuevos Portales pueden ser un buen
aliciente para que comience a mejorar la imagen urbana de la ciudad.

 


Tampoco es que no me guste el colorido urbano. De hecho creo que fue buena
idea de los gobiernos estatal y municipal haber pintado de colores los barrios
de La Teresona, el Cóporo, Santa Bárbara, La Retama, San Juan Chiquito y
otros. Pero el blanco ofrece una perspectiva diferente. Son impresionantes los
pueblos españoles completamente blancos, como el barrio gitano del Albaicín,
en Granada, declarado por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Así que, aún contra mis principios y mi gusto (que algunos califican de malo),
diré que no estaría mal que Toluca volviera al blanco, como ese blanco que
pintó Coto y que el Ayuntamiento acaba de rescatar en los arcos toluqueños.
El pintor Luis Coto y Maldonado nació en Toluca el mismo año en que la ciudad
se convirtió en la capital del Estado de México: 1830. Se sabe poco de su
infancia y su juventud. De hecho, casi todo lo que se sabe de él, es por los
registros de exposiciones de la Academia de San Carlos, de manera que a
partir de 1850 y hasta 1865 fue alumno pensionado de esta institución artística.

 

En la Academia, Coto fue alumno de maestros como Bagally, Manuel Vilar,
Eugenio Landesio y Pelegrín Clavé. Comenzó su arte en 1850, haciendo
esculturas en cera y yeso, así como grabados y dibujos. Su arte pictórico se
asoma en 1853, luego de tres años de estadía en aquella institución en la que
cobra gran fama y gana todos los premios habidos y por haber, incluidas las
llamadas menciones muy honoríficas y el reconocimiento de los académicos.
Entonces los alumnos seguían el método didáctico de crear esculturas y
pinturas que eran copia exacta de obras clásicas europeas y el arte de Luis
Coto no fue la excepción. Pero a partir de 1855 comienza a realizar pinturas
propias, en las que sobresalen escenas costumbristas de la ciudad de México
(esto es explicable ya que vivió poco más de tres lustros en la capital del país),
pero sobre todo se decantó por el género por el que se reconoce actualmente:
el paisaje, en el que predominan sus vistas del Señor Desnudo, el Xinantécatl.

La biografía artística del pintor escrita por el maestro José Manuel Caballero-
Barnard (aquel legendario director del Museo de Bellas Artes de Toluca) en
1977 bajo los auspicios de la Dirección de Turismo, se titula El enamorado del
volcán, ya que Luis Coto describirá una y mil veces al Nevado con sus manos y
pinceles; de día y de noche; en primavera y en invierno; unas veces cubierto de
nieve, otras árido y reseco; con cielos plácidos y tormentosos.
A partir de 1858, Coto comienza a compartir éxito y reconocimiento con uno de
los mayores pintores académicos del siglo XIX: José María Velasco. En varias
exposiciones rivalizaron por el primer lugar e incluso llegaron a disputar
mediante la suerte los premios por los que competían, aunque entre ellos no
parece haber habido enconos. Por aquella época, Coto también convivió de
cerca con otro grande: Felipe Santiago Gutiérrez, quien, se dice, al reconocer
su talento llegó a proponer a Coto para ocupar una de las clases que dejaba
vacantes mientras hacía sus viajes por México y el extranjero.
Pero las convulsiones bélicas provocadas por la Intervención francesa en
México afectaron a la Academia de San Carlos, misma que debió reducir sus
recursos y Coto resultó afectado por esa situación: 1865 fue el último año que
recibió su pensión. No obstante, a pesar de que debió sobrevivir algún tiempo
sin beca, Coto siguió enviando obras a las exposiciones académicas.

 

Para las décadas de 1870 y 1880 ya encontramos a Coto de vuelta en Toluca,
como maestro del Instituto Científico y Literario. Parece que abandonar la
Academia y regresar a su tierra natal, a la larga fueron hechos que no le
sentaron tan bien pues, a pesar de tener al Nevado de Toluca a sus pies para
retratarlo, poco a poco habría ido perdiendo el genio de pintor. Algunas de sus
obras fueron duramente criticadas por Ignacio Manuel Altamirano en su papel
de crítico de arte y por el mismo Felipe Santiago Gutiérrez. Además, pintó
retratos de dudosa calidad, tanta que durante el siglo XX habrían sido
arrumbados en un rincón de la Universidad pese a llevar su firma.
Luis Coto muere en 1889, en plena consolidación porfirista y cuando brilla más
la aurora de José María Velasco. Su decadencia la retrata Felipe Santiago
Gutiérrez desde 1878 al decir que Coto yace en el Colegio del Estado de
México, viviendo apenas del mezquino sueldo que disfruta como director de
dibujo y se ha atrasado ya en el arte. Por su parte, Caballero-Barnard le dedica
un epitafio al decir que ahí encerrado entre las paredes de su aula de dibujo…
amargado y asediado por la intolerancia de sus alumnos, terminó su vida…”.
Este es el personaje al que, como a otros desconocidos, Toluca le debe una
buena biografía para sacarlos del olvido, y que en 1850 pintó los Portales de su
tierra natal, un óleo propiedad de la UAEMéx, cuyo lienzo mide 72 centímetros
de alto x 106 de largo, cuya perspectiva debió haber sido tomada desde algún
punto de la hoy calle de Hidalgo, entre las calles de Aldama y Allende. Se trata
de una de las pocas obras pictóricas que reflejan la Toluca decimonónica.
El cuadro refleja una vista cotidiana de la época: personas transitando por el
interior de los arcos y las calles, a pie o a caballo; mirando desde los balcones
o platicando; atendiendo negocios o trabajando (el aguador). Hacia la derecha

se observa lo que hoy es el Portal 20 de Noviembre y el Andador Constitución,
que remata en la torre de la Santa Veracruz; hacia la izquierda se ve el Portal
Madero y la calle Hidalgo, que rematan en las construcciones que antecedieron
al Teatro Principal. En la intersección se observa una antigua fuente de agua
hoy desaparecida. Y en ese tiempo no existía el Portal Reforma (calle Bravo).
Luego de 170 años de haber sido pintados, los Portales cobran nueva vida con
el estilo de un antiguo pintor académico oriundo de esta tierra. Disfruten los
nuevos Portales, véanlos cuando les pega el rayo del sol, son impresionantes.