Sermón del Padre Vieyra

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Puede uno imaginar en ese año de 1650 en la ciudad de Lisboa, en la Capilla Real, expresando su mejor y rico lenguaje el sermón que le haría famoso por aquellas décadas. Escuchar: El amor se puede considerar en lo interior, cuánto a los afectos, o por lo exterior, cuanto a los afectos; y el amor de Cristo en lo interior, cuánto a los afectos, tan intenso fue en el principio como en el fin; pero en cuanto a los afectos en lo exterior, más excesivo fue en el fin que en todo el tiempo de la vida. Entonces fueron mayores las demostraciones, mayores los extremos, mayores las ternuras, mayores, en fin, todas las finezas que caben en un amor humanamente divino y divinamente humano; porque en aquella cláusula final juntó el fin con lo fino: In finem dilexit eos. No había duda para quienes escuchaban al Reverendo Vieyra que sus palabras eran arrobadoras y, llenas de un lenguaje de hombre cultísimo, por lo que no era raro que se le considerase uno de los sabios de la Iglesia en aquella mitad del siglo XVII.

 

Sí, no eran temas fáciles de tratar. Por eso el estudio de las sagradas escrituras tuvo siglos para dejar su huella en la enseñanza y cultura de quienes entraron a la época del Renacimiento, sobre todo en Italia y el centro y norte de Europa, que siguió los pasos del respeto por el estudio de la teología, a pesar de la presencia arrolladora de la filosofía como ciencia del nuevo mundo moderno regido por Inglaterra, Francia o Alemania. Prosigue su Sermón el P. Vieyra: Esta es la verdadera y literal inteligencia del Texto. Más ahora pregunta mi curiosidad, y puede preguntar también vuestra devoción: Supuesto que en el amor de Cristo las finezas del fin fueron mayores que las de todo el tiempo de su vida, ¿entre las finezas del fin, cual fue la mayor fineza? Esta comparación es muy diferente de la que hace el Evangelio. El Evangelista compara las finezas del fin con las finezas de toda la vida, y resuelve que las del fin entre sí mismas, y pregunto: De estas finezas mayores, ¿cuál fue la mayor? El Evangelista dice cuáles fueron las mayores de todas; y yo pregunto cuál fue la mayor de las mayores. Ésta es mi duda, ésta será la materia del sermón y la última resolución de todas las palabras que propuse: El vos debetis alter alterius lavare pedes. El peligro del pecado de soberbia que es quizá en el mundo el peor de todos.

 

Pues dicha palabra pone a quien sufre este mal con la idea de que está por encima de quienes le rodean, y peor aún por encima de todo patrimonio de la naturaleza. Es decir, la soberbia es sinónimo de sentirse dios en el mundo de los seres comunes y corrientes. Este mal que es propio de dictadores, ahí en ese terreno de la política es muy común. Los reyes, mandarines o presidentes de repúblicas que se sienten por encima de las leyes de la ciencia política. Por no haber leído en el principio de su carrera se olvidan de las lecciones que se aprenden en la obra de El Príncipe de Nicolás Maquiavelo: nunca estés en contra de tu pueblo por siempre. Valora los estados de ánimo y donde haya que ceder hay que ceder, pues no es bastante con la bayoneta en el pecho de tus adversarios, más temprano que tarde vas a caer con esa actitud. Y así es, pues la historia de los dictadores es trágica en la mayoría de los casos en sus malos gobiernos, y ni así aprenden los que con soberbia creen que pueden gobernar a una nación o a muchas, como lo intentó Adolf Hitler en su momento.

 

El sermón del Reverendo P. Antonio Vieyra si de algo peca es precisamente de soberbia. Y eso es lo que más hace enojar a Sor Juana Inés de la Cruz, por lo que su respuesta respira permanentemente ese malestar en nuestra poeta y profunda pensadora: que en filósofos griegos y latinos se había enseñado a reflexionar sobre lo leído, sobre lo que vivía y, con su mayor interés da respuesta en esta Carta a su lectora Sor Filotea de la Cruz —que no es otra—, que el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz. Discurso de lenguaje sabio el de Vieyra, retornemos a sus palabras de vanidad extrema: el estilo que guardaré en este discurso, para que procedamos con mucha claridad, será éste: Referiré primero las opiniones de los santos y después diré también la mía; pero con esta diferencia: que ninguna fineza del amor de Cristo me darán, que yo dé otra mayor y a la fineza del amor de Cristo que yo dijere, ninguno me dará otra igual. Sí, es bueno preguntarnos sobre las investigaciones y estudios de la teología, ¿si los ángeles tienen ombligo o sexo? ¿si son machos o hembras? ¿si nacen igual que los seres humanos o por arte de magia o por un proceso metafísico?

 

Bien sabemos que hay tantas preguntas que se corresponden con la historia, con la realidad del presente en cada contexto histórico. Recordemos las palabras de Eduardo Galeano, ese pensador excepcional de origen uruguayo, quien cuenta con pocas palabras los motivos y sucesos de la conquista, cito: 12 de octubre / El Descubrimiento / En 1492, los nativos descubrieron que eran indios / descubrieron que vivían en América, / descubrieron que estaban desnudos, / descubrieron que existía el pecado, / descubrieron que debían obediencia / a un rey y a una reina de otro mundo / y a un dios de otro cielo. / y que ese dios había inventado la / culpa y el vestido / y que había mandado que fuese quemado / vivo quien adorara al sol y a la luna / a la tierra y a la lluvia que la moja. El estudio de la teología es asunto serio. Y el invento del dogma es un hecho para entender que hay cosas que se aceptan porque así son, es decir, porque hay quien manda que así se crea y se convierta en ese pensar que Jorge Luis Borges planteaba al señalar que una visión más surrealista era el pensar que en un solo ser puede existir una trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, reflexionando sobre esa creación o esa existencia que en el mundo de la religión pasó del politeísmo a un monoteísmo que se convierte en una solo Ser en tres personalidades diferentes, pero que sin poder comprender esa diversidad se resume en que es una sola expresión: Dios en toda su complejidad y simpleza. En todas las Escuelas del Pensamiento o del Poder Político, existen aquellos que creen haber alcanzado la sabiduría máxima. Y por eso cuando opinan no lo hacen para saber si se puede someter a duda lo que dicen, concluyen con la fuerza de su fama, de su poder, al tener un arma en la mano contra quien le oye, o sólo porque da empleo a quien desea el trabajo que lo que dicen: Que ninguna fineza del amor de Cristo me darán, que yo no dé otra mayor; y a la fineza del amor de Cristo que yo dijere, ninguno me dará otra igual. Sí, Sor Juana Inés de la Cruz pecó de ingenua al dar réplica a un Sermón de tanta importancia, pero surgido de quien estudiando las Sagradas Escrituras y andando entre ignorantes, pensó que a él le era dada la mayor sabiduría porque Dios le había elegido a él.

 

La soberbia se viste de Demonio y se presenta a los seres humanos que somos ingenuos y creemos cosas que no son. Le propuso su demonio en contra del ángel de su guarda, para hacerle ver que en el siglo XVII su sabiduría había sobrepasado a sus contemporáneos y la propia materia del tiempo. Su recuerdo sería guardado por los siglos de los siglos puesto que Antonio Vieyra era el Elegido. Cuarenta años después, a finales de ese que era su siglo en el occidente dentro de las escrituras del cristianismo aparecería una mujer, una monja del Convento de Santo Domingo en la capital de la Nueva España, que con sabiduría sencilla, simple en el decir, y sabia al utilizar el latín o las imágenes complejas y sabias de otras culturas en la religión le permiten señalar sus errores uno tras otro de manera hasta cruel, pues comprueba que el Reverendo Padre Antonio Vieyra se equivocó de inicio, en el medio de sus conjeturas y soberbias, y al final. La historia del pensamiento humano da una y otra vez esta lección: que termina por lo general con la vida del que tiene razón, aunque sean Sócrates o Sor Juana Inés, los que sobrevivan a su propia muerte.