“Sexalescencia”

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Me levanto temprano, para no perder la costumbre, desde pequeño nos inculcaron ese hábito. Miro mi teléfono y reviso las aplicaciones, sobre todo de citas. Conocí a una mujer radiante, quedamos de ir a desayunar. Me baño, con agua tibia, aplico loción humectante en todo mi cuerpo, al salir, me miro al espejo, nada mal para un hombre de sesenta y ocho años. Me recorto mi barba, con unas tijeras que conservo desde hace algún tiempo, hay que tenerla bien alineada y cuidada, el retoque que le di hace unos días, todavía parece mantenerla prolija y sin canas, como me gusta: completamente negra y abundante. 

El tratamiento capilar, parece ser que fue mi mejor inversión, me ha ayudado a recuperar el cabello que empezaba a caer, y sobre todo mi confianza, me siento joven, lleno de vida, en una palabra: ¡renovado! 

¡Y cómo no va a ser! Si en la aplicación de citas me he contactado con varias mujeres y de diferentes edades, unas casi pueden ser mis nietas, otras por arriba de los treintas y otras rozando los cuarentas. A decir verdad, aunque me suben el ego, debo admitir que pienso que buscan más mi cartera, piensan que seré su sugar dady, pero no. Yo no busco eso, yo quiero una mujer que esté a mi altura que me complemente y creo que he encontrado a la adecuada. Recuerdo que desde chico siempre decía: grandotas, aunque me peguen y quizá no sea tan grande en el sentido físico, pero sí es mayor que yo. No mucho, me lleva por tres años, ella tiene setenta y uno, pero se mantiene muy bien para su edad: va a clases de pilates y yoga, sale a correr por las mañanas, lleva una vida saludable y luce una cabellera blanca que le da un encanto a su apariencia casi juvenil, se mantiene muy delgada, a más, de que mantiene una dieta balanceada. Físicamente está mejor que muchas jovencitas de veinte.    

Quedamos de vernos en el restaurante de moda, yo se que fácilmente ella puede pagar la cuenta por ambos, pero quiero ser un caballero e invitarla yo, ni modo, soy de la vieja escuela. Aunque siento que me he adaptado perfectamente al mundo de hoy, ya que manejo a la perfección mi teléfono celular, la aplicación de los bancos, de comida, escanear y subir documentos, fotos, historias, ver noticias, dar mi opinión, ver películas y series, reservar hoteles y restaurantes, y obviamente la de las citas, jeje… Tengo toda mi vida metida en este aparato. Pero no me esclavizo a él. Me gusta salir a correr, voy a la clase de pilates, me reúno con mis cuates, digo amigos. Recuerdo que durante la Pandemia organizábamos nuestras reuniones virtuales: cada uno desde la comodidad de su casa y nos conectábamos para platicar, tomando vino, cervezas y bocadillos, cada uno en su habitación frente a la pantalla.

Ahora ya nos volvemos a ver. Procuramos salir de viaje, lo hacemos cada seis meses, aproximadamente. Unos con sus parejas, otros como yo, solos. Pero si todo sale bien hoy, creo que la invitaré para que conozca a mis amistades y seguro se llevará bien con las mujeres. Ya realizamos la reservación para pasar unos días en la playa, rentamos una casa, por medio de la aplicación. Todavía no les comento nada a nadie: ni a ellos, ni a ella; todo depende de hoy.  

El mundo ha cambiado y hay que adaptarse, renovarse o morir, dice la frase. No me gusta para nada la palabra sexagenario, por eso la he cambiado por sexalescente, porque así me siento: como un adolescente de sesenta años y más, ja ja. No quiero que me llamen para nada viejo o abuelo. Yo quiero vivir en libertad, aprovechando la tranquila economía personal que he logrado a través de todos estos años. 

Ya trabajé, ya di todo por mi familia. Ahora ellos viven su vida y yo quiero vivir la mía. 

La expectativa de vida se está alargando. Así como hubo que crear la adolescencia, en la época de la Revolución Industrial, y como ahora hay adultescentes, – lo sé porque esos son mis vecinos-, recién llegaron al fraccionamiento una pareja de recién casados, ya pasan de los treintas, no tienen hijos, y la verdad no se ve para cuándo. El hombre gusta de las colecciones de comic y los videojuegos y la mujer entregada a su trabajo y a mantenerse saludable. Nos caímos bien desde el principio, me han invitado a su círculo de amistades y parece ser que les agradé, me ven como a un padre, según el esposo: el padre que nunca tuvo.

Debo admitir que luego me pegan las desveladas, pero la paso bien, rodeado de gente: comiendo, bebiendo y platicando. Lo bueno es que vivo justo a lado y no me expongo a algún accidente al regresar a casa.  

 

La gente se está dando cuenta que hay vida después de los sesenta. Y no la voy a desaprovechar.