Sin estridencias

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Poner límites, en instituciones, en espacios laborales y también en las familias, no es un acto de rebeldía: es un protocolo de preservación de la dignidad. Las organizaciones y los hogares que aspiran a la salud emocional no se sostienen en discursos de unidad, sino en prácticas concretas de respeto. Y cuando ese respeto se vulnera, establecer fronteras no solo es legítimo: es urgente.

En cualquier entorno profesional serio, el respeto no es un valor decorativo ni un eslogan para colgar en la pared; es un criterio operativo. Pero también en las familias, donde a veces se pretende que el afecto justifique lo injustificable, el respeto debería ser la base mínima de convivencia. Sin embargo, persisten figuras, jefes, colegas, parientes, que confunden cercanía con permiso para agredir, asumen que en el somos familia va implícito el  tolera mis arrebatos.

Se confunde la autoridad con licencia para violentar y es claro que la corrosión, institucional o familiar, comienza ahí; en la normalización de la falta de respeto.

Por eso, poner límites es un acto de gobernanza personal; es la forma más elegante y más firme de recordar que ningún rol, ni laboral ni familiar, otorga derecho a insultar, humillar o descargar frustraciones sobre otros. 

No hay salario que compense la violencia, pero tampoco hay lazo sanguíneo que la justifique. Las familias sanas no gritan, no agreden y no exigen que uno tolere lo intolerable; tampoco hablan a las espaldas ni se indignan porque se sienten menos que los demás por puras interpretaciones equivocadas del mundo.

En los espacios de trabajo armónicos, no se permite que la violencia se maquille de carácter fuerte o de así somos aquí.

La ironía es evidente: quienes más apelan a la unidad suelen ser quienes más la fracturan con su comportamiento; quienes exigen lealtad olvidan que la lealtad solo florece donde hay respeto, no donde se siembra miedo. En esos casos, la decisión más profesional, y también la más humana, es clara: se exige respeto o se retira el privilegio de la cercanía. Porque sí, la cercanía es un privilegio, no un derecho adquirido por jerarquía, antigüedad o parentesco.

Cuidar nuestra integridad no es soberbia: es responsabilidad. Tomar decisiones que resguarden nuestro valor profesional y humano no es un capricho: es coherencia. Las instituciones y las familias que prosperan son aquellas que entienden una verdad simple y corrosiva: el respeto no se mendiga, se establece. Y cuando alguien insiste en violentar, la respuesta correcta es inequívoca: se le educa, se le limita o se le aparta.

Al final, la convivencia en oficinas, escuelas, hogares o mesas familiares se sostiene en una premisa innegociable: nadie está obligado a tolerar lo que atenta contra su dignidad.

Y conviene aclararlo sin rodeos: poner límites no significa irse mentando madres ni replicar las mismas conductas que uno rechaza. No se trata de escándalo, ni de dramatismo, ni de hacerla de emoción; se trata de poner los puntos sobre las íes con la serenidad de quien sabe exactamente lo que vale. 

Es expresar, con firmeza y sin estridencias, que el respeto no es negociable. Y si la consecuencia natural de esa postura es apartarse, nadie tiene autoridad moral para juzgarlo. No es un capricho, no es un berrinche: es congruencia. 

Es ejercer un derecho elemental y legítimo, el derecho a ser tratado con dignidad, sin chantajes, sin violencia y sin pedir permiso.

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