Síndrome de Noé
Ya es viernes, ¡por fin!, terminé mis pendientes. Ahora directo a la casa. Me invitaron a salir, pero no, les dije que no puedo, como de costumbre. No sé por qué insisten, si ya saben que me esperan mis bebés en casa. Tengo que pasar al veterinario por el gatito que encontré ayer y que llevé hoy a consulta para revisión. Ya con este suman quince gatos, espero que éste no me salga peleonero, pues con mi veintena de perritos ya se hace la casa un caos. Mi carro, como mi ropa, está lleno de pelo, tanto de gato como de perro. Traigo el asiento de atrás cubierto con una sábana que antiguamente solía cubrir mi cama, pero ahora, toda roída y agujerada, funciona como un cubre asientos. La verdad ya le hace falta dar mantenimiento a mi auto, pero no tengo dinero, espero que me aguante al fin de mes, eso si no me encuentro con otro michi o lomito que requiera de mis cuidados, y es que no sé cómo existe gente desnaturalizada que los abandona o los deja en condiciones insalubres en sus casas.
Ya llegué con el veterinario. Me entrega a mi nuevo minino, me pregunta si puedo brindarle condiciones adecuadas de alimentación, higiene y atención médica, ya que le preocupa; porque con éste, son seis gatos y cuatro caninos que le llevo. Creo que tendré que buscar otro veterinario, éste ya sabe demasiado y me empieza a incomodar con sus preguntas. Le doy por su lado y le pago, no sin antes reclamarle que es un desconsiderado por cobrar la consulta tan caro. Debería tener corazón y no cobrar las consultas de los pobres michis y lomitos que rescato. Parece que no tiene vocación. Ya está decidido, hoy fue mi última consulta con este zootecnista. En cuanto llegue a casa sondearé recomendaciones en el buscador de internet para encontrar un veterinario que sí tenga vocación, ¡y haga su trabajo gratis!
Manejo hasta la casa, y desde la esquina, escucho sus ladridos; todo un concierto de bienvenida interpretado por mis veintiséis perros. Muchos vecinos, por no decir todos se han quejado de mis perros, porque ladran mucho. O sea ¿Qué les pasa? ¿A poco me quejo porque ellos hablan mucho?
Abro la puerta y tengo cuidado de no pisar todos los pastelitos que han dejado mis niños, llevo una semana sin lavar el patio, y la verdad no tengo tiempo, espero ya lavarles la siguiente semana. Dicen los vecinos que el patio apesta, pero ellos no entienden que son animalitos que he rescatado para darles una mejor vida. Mi intención sólo es ayudar. Aunque ellos dicen que ya se convirtió en una situación de abandono y sufrimiento para mis pobres animales. Pues argumentan que los escuchan aullar y lamentarse cada que me ausento, ay por favor si sólo son diez horas las que suelo pasar fuera de casa, bueno a veces doce.
¡Otra vez se terminaron sus croquetas!, ya no tengo dinero para comprar otro bulto de esa marca, hoy no habrá cena para ellos, creo que tendré que adquirir de la barata, no importa que esté llena de ingredientes ultra procesados, harinas y azúcares que, a la larga, les causarán terribles enfermedades.
Se quejan del olor de los orines de gato y de las heces de los perros. Ellos no entienden que soy un activista en favor de los animales, ¡ya quisiera que ellos se hicieran cargo de todos ellos! Y sí, sé que, la casa de interés social de una planta donde vivo, queda muy pequeña para todos nosotros, pero pues no tengo un campo donde puedan correr y ser libres. Aquí tengo que lidiar con orines secos en el piso, los sofás destruidos por las mordidas y las garras de mis hijos, bolas de pelo rodando por ahí, gatos encima de la estufa, perros arriba de mi cama… ¿Otra vez hubo pelea?, a ver ¿Quién le rasguñó la oreja? ¿Eh? A ver ¿Quién fue? ¿quién? ¡Latosos estos! Tuve que improvisar una división con unas tablas para separar a los peleoneros de los mansos, pero parece que no es suficiente. Ni modo, esa oreja tendrá que sanar por sí sola.
Mi familia me dice que si no tendré algún trastorno de ansiedad, soledad o depresión y que eso me lleva a sustituir vínculos humanos por vínculos con animales.
Todos me dicen que mis hijos viven hacinados, enfermos y desnutridos, sin una correcta atención médica. Que mi entorno es insalubre, con riesgo de zoonosis. Y lo que es peor, ¡se atrevieron a decir que los animales están peor que cuando estaban en la calle!

