Sobre la posibilidad de una transformación con perspectiva social dirigida. (Tercera Parte)
Así es que existen diferentes términos y conceptos para hacer referencia al cambio en las dinámicas políticas, sociales y culturales. Uno de los orígenes modernos del estudio del cambio social, podría ubicarse en las ideas de progreso y evolución cultural introducidas por el positivismo Comtiano y la dialéctica Hegeliana, que acabarían derivando en el funcionalismo sociológico. Este último movimiento estuvo influido por el evolucionismo y se caracteriza por la necesidad de atribuir funciones coherentes y complementarias a los distintos componentes de la sociedad, entendida ésta como un ente lógico en continua mejora. Contra esta visión lineal de la historia, la teoría crítica influida por Max Weber y otras visiones más posmodernistas han apostado por términos que hacen referencia más al cambio que a la evolución. En general, y sobre todo en psicología, existe poco consenso en el uso de términos en referencia a cambios a nivel macrosocial. Aunque existe investigación psicológica que explica haber sido llevada a cabo en muy distintos contextos de cambios sociales como crisis financieras, transiciones políticas, contextos de violencia política, conflicto armado; y culturales como migraciones entre regiones rurales a urbanas o entre países, cambios generacionales, globalización, introducción de nuevas tecnologías de comunicación; la terminología, incluso en la literatura referida a un mismo cambio, es manifiestamente heterogénea.
Ahora es momento de pasar a la perspectiva que es más de carácter psicosocial. Quiero señalar que es importante aclarar que el cambio social sólo es posible a través del cambio de los individuos. Si consideramos como Lippitt, Watson y Wesley (1970) que el cambio planificado supone una alteración de la estructura y funcionamiento de un sistema por efecto de fuerzas innovadoras que se originan en el exterior y que apuntan a un nuevo estado de cosas, entonces éste puede ser tanto individual como social, puesto que ambas modalidades incluyen y describen sistemas con estructuras y funcionamientos comparables. Sin embargo, Sánchez Vidal (2002) señala la existencia de diferencias entre el cambio social y el individual postulando que el primero, a diferencia del segundo, supone modificaciones en el sistema en su conjunto. No obstante, todo individuo puede también experimentar cambios en su sistema global, lo que supone encarar similares complejidades en el análisis. La distinción no se concentra tampoco en la dificultad que se opone al cambio, pues tan complicado puede llegar a ser la modificación del sistema de creencias de una persona como la alteración del sistema de valores en una estructura mayor, como la de una empresa o una comunidad, por ejemplo.
Así es que la distinción estriba, por un lado, en que el cambio social compromete estructuras y funciones de un conjunto de individuos que se agregan para formar grupos, instituciones y otros colectivos. Por otro lado, para el caso del cambio social, el sistema se transforma a partir de la contribución de los sistemas individuales que lo componen cuya estructura y funcionamiento interdependiente resulta claramente influyente en la dirección del nuevo comportamiento del sistema mayor. La ausencia de cambio resulta, consecuentemente, de una influencia incompleta o insuficiente de los sistemas. Es una noción derivada de la ciencia social y desde la perspectiva estructuralista, denota una alteración relativamente permanente del armazón de un sistema social con repercusiones notables en su funcionamiento con fines de supervivencia, como lo señala Johnson (1974). Los cambios que afectan la estructura de un sistema, a decir del autor, son los valores, los roles y normas, las posesiones, las personas, y sus capacidades y actitudes. Algunos aportes acerca del cambio psico-social surgieron del ámbito de la psicología comunitaria. Los modelos de Competencia y del Empowerment son buenos ejemplos de ello, como lo explica Sánchez Vidal (1991). El modelo de Competencia puede resultar adecuado para conceptualizar el cambio psico-social debido a que, éste, demanda para su adopción y sostenimiento, una serie de recursos individuales y sociales, de acuerdo con Costa y López (1986). Los conceptos derivados de este modelo: información, organización interna y autonomía de acción, pueden ser también utilizados para entender el proceso de cambio. De esta manera, al optimizar la competencia, el conocimiento y la destreza o habilidad, se constituye en un medio que permite la captación de poder y éste es un mecanismo para la toma de decisiones para el cambio. Asimismo, la noción de competencia se relaciona con el crecimiento personal y social y por lo tanto con el auto-concepto, la auto-eficacia y la auto-estima. Todos ellos son elementos que se encuentran relacionados con la disposición a cambiar.
Aquí valdría la pena detenerse en la cuestión del bienestar psicosocial, en tanto un concepto que es aplicable tanto al nivel individual como al colectivo. En este respecto, es importante diferenciar entre dos conceptos superpuestos: El bienestar emocional o psicológico, definido en la literatura psicológica del impacto de diferentes cambios socioculturales, en términos de salud mental; niveles de depresión y ansiedad, incidencia y prevalencia de comorbilidad psiquiátrica, admisiones a unidades psiquiátricas hospitalarias, consultas externas de salud mental, tasas de suicidio; y también, más recientemente, en cuanto a medidas subjetivas de bienestar, tales como percepción de salud física, disfrute e interés en la vida, actitudes positivas, autoestima, como lo ha dicho Grob (1996). Por su parte el bienestar psicosocial, un concepto de orden superior que incluye tanto el bienestar emocional o psicológico, así como el bienestar social y colectivo como lo explicó Martikainen (2002). También dijo que los conceptos agrupados bajo la palabra psicosocial suelen hacer referencia a niveles meso, en relación a la teoría de sistemas ecológicos de Bronfenbrenner (1979) y son por ejemplo: soporte y redes sociales, control percibido ante ciertas situaciones sociales, balance de esfuerzo y recompensa en el trabajo, seguridad, autonomía o conflictos familiares. El término calidad de vida es similar al bienestar psicosocial en el sentido en que trata componentes emocionales, sociales y físicos.
A partir de esto podemos hablar de cambio en tanto un desarrollo el cual constituye en primera instancia un cambio cualitativo, puesto que supone la alteración de ciertos patrones de conducta, individuales, familiares, grupales e institucionales, por efecto de acciones concertadas y planificadas. El desarrollo equivale también a un cambio cuantitativo, porque supone la incorporación a la vida de las comunidades, nuevos bienes y servicios a los que antes no teniín acceso (Roth, Bohrt y Jung, 1993). Así, el cambio psico-social constituye la base psicológica del concepto de desarrollo, en la medida en que garantiza la consideración de factores extra – económicos en su tratamiento. En otras palabras, para lograr el desarrollo es necesario también transformar hábitos, modificar valores, afectar patrones de conducta, reorientar intereses, que configuran los estilos de vida de individuos, grupos e instituciones. El cambio social destaca, por lo tanto, que el fenómeno económico no es autónomo y que su análisis debe ser integrado a la reflexión sobre las motivaciones, los comportamientos y el sistema de valores de las personas, los que deben ser considerados como protagonistas centrales del desarrollo. De esta manera, el cambio social, entendido como la alteración planificada y sistemática de los estilos de vida para adoptar una innovación con mayores probabilidades de éxito, constituye un facilitador del desarrollo. En otras palabras, el desarrollo, como un aspecto genérico del cambio, se encuentra íntimamente ligado a factores disposicionales de origen psico-social.

