Sueños guarijos
En un mundo en el que tenemos información al instante, en el que técnicamente podemos accesar a buen y útil conocimiento, en el que se brindan las herramientas para destacar y crecer sin límites, existen personas que siguen creyendo en la fantasía del éxito sin movimiento.
Esto, en nuestro país, se ha convertido en una especie de misticismo nacional donde miles de personas creen que el futuro se construye con declaraciones grandilocuentes y no con acciones. Hablan de proyectos monumentales, de viajes por el mundo, de carreras brillantes, de familias ejemplares… pero al mismo tiempo son capaces de dormir hasta pasado el mediodía en un día laboral, como si el reloj fuera un cómplice y no un recordatorio de que la vida avanza sin esperar a nadie.
Es un fenómeno cultural: imaginar, soñar, hablar, pero no actuar. La nación del algún día, del ya merito, del cuando tenga tiempo, del cuando se acomoden las cosas, del en una semana termino. Una cultura que confunde deseo con mérito, intención con logro, fantasía con disciplina.
Queremos resultados extraordinarios con esfuerzos microscópicos, queremos cosechas abundantes sin sembrar, queremos hijos admirables sin escucharlos, queremos títulos sin estudiar, queremos viajes sin ahorrar, queremos respeto sin ofrecerlo, queremos todo, pero no queremos pagar el precio de nada.
Y lo más irónico es que muchos creen que existe un camino fácil, una ruta secreta, una puerta trasera, un atajo moralmente dudoso pero socialmente tolerado; la idea de que si otros lo hacen, yo también puedo y la noción de que el éxito no se construye, se obtiene por decreto o merecimiento (sic).
En muchos casos, hay quienes asumen que basta con encontrar a quién pisar, a quién desplazar, a quién engañar y que su astucia (entiéndase carencia de lazos maternos) sustituye al esfuerzo; que la viveza es más valiosa que la ética y que el abuso es una herramienta legítima para avanzar.
Así, la cultura de sueños guajiros se mezcla con la cultura del abuso sin culpa; una combinación letal que produce generaciones de personas que aspiran a todo, pero trabajan por nada, que se sienten víctimas del destino, pero jamás protagonistas de su propia historia, que sienten que por el simple hecho de existir tienen los mismos derechos de quienes todos los días se esfuerzan, trabajan, luchan y planean para tener lo que tienen.
No entienden una verdad de vida: no se puede construir un futuro desde la cama, ni desde la queja, ni desde la fantasía. No se puede ser profesional sin estudiar, ni viajar sin ahorrar, ni educar sin presencia. No se puede exigir excelencia cuando se practica la mediocridad con disciplina y no se puede esperar respeto cuando se abusa de otros para avanzar.
Cuantos y cuantos entes viven como rémoras, colgándose de quienes pueden y aprovechando coyunturas para pretender tener lo que a otros les cuesta el alma; muchos exprimidores profesionales, desafortunadamente, lo hacen abusando de la confianza de seres cercanos.
La cultura nacional necesita un despertar, un golpe de realidad, una sacudida que nos recuerde que el éxito no es un derecho, es una consecuencia. Que los sueños no se cumplen por decreto, sino por acción y que la ética no es un estorbo, sino el único camino que no destruye lo que toca.
Hablar no transforma, imaginar no construye, soñar no basta.
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