Tacna, la “patria invisible”

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Hay una ciudad del sur de Perú que no muchas veces se nombra, una ciudad que no es grande, pero que posee en ella una pasión y una grandeza noble: Tacna.

Tacna es la ciudad en la que nací, y aunque hace años que no vivo allí, continúa siendo mi casa invisible, la que llevo dentro. Quizá porque en sus calles aprendí que el amor a un país no es un gesto vacío, sino una herida y una esperanza.

El Perú, a lo largo de su historia, ha experimentado pérdidas, fragmentaciones y heridas que han marcado la conciencia nacional. Uno de los episodios más dolorosos fue la Guerra del Pacífico, cuyo desenlace significó la ocupación extranjera de nuestro territorio y, sobre todo, la sensación de despojo de aquello que se entendía como patria. Sin embargo, en medio de ese tiempo oscuro, emergió una paradoja profunda. Cuando lo visible se desmoronaba (el territorio ocupado, las instituciones debilitadas, la soberanía cuestionada), aparecía con fuerza lo invisible, aquello que no podía ser arrebatado. Jorge Basadre, testigo lúcido y crítico de nuestra historia, habló de esta patria invisible como un núcleo de resistencia, un espacio espiritual y cultural que subsiste más allá de la violencia y el poder.

Este concepto abre un horizonte que va más allá de la historia, no se limita a un recuerdo del pasado, sino que interpela nuestra relación con la identidad, el poder y la memoria colectiva. Si la patria visible es vulnerable porque se materializa en fronteras, gobiernos o ejércitos, lo invisible se encarna en la cultura, en la fe compartida, en la memoria que sostienen al pueblo incluso cuando parece derrotado

En Tacna el viento siempre trae un rumor antiguo, pero, no es sólo el polvo del desierto el que recorre sus calles, sino una memoria que se niega a apagarse. 

Tacna es patriótica hasta los huesos, pero esto no es en vano. Crecí escuchando las historias que se contaban, las anécdotas de antaños quiénes recordaban con pesar la más oscura etapa: el cautiverio.

Y sea esa la razón más profunda de nuestro patriotismo.  

Así que para entender el peso de esta memoria, hay que volver al origen de su herida.

Permítanme entonces escribirles un poco la guerra que vivió Tacna…

Era 1879 cuando, por disputas económicas en torno al salitre y al guano (esas riquezas del desierto que despertaron la ambición extranjera), estalló la Guerra del Pacífico. 

Bolivia impuso un impuesto a una empresa chilena en Antofagasta, y Chile respondió con la ocupación militar de la zona. En pocos días, el conflicto local se transformó en guerra abierta, Perú, por un tratado de defensa mutua con Bolivia, fue arrastrado a una contienda que no había buscado, pero que lo marcaría para siempre…

Muy pronto, Lima fue ocupada y el país quedó fragmentado, sumido en sus propias debilidades internas. Tacna, allá en el sur, quedó expuesta, aislada, convertida en botín de guerra.

En 1880, tras la batalla del Alto de la Alianza el 26 de Mayo, la ciudad cayó bajo dominio chileno y comenzó el largo cautiverio, la chilenización

Así, la patria visible fue arrancada, y comenzó a nacer la patria invisible. Una patria sin ejército, sin gobierno, sin instituciones, pero viva en el susurro que enseñaba a sus hijos a no olvidar el Perú; en los símbolos escondidos bajo la ropa; en las lágrimas que nadie podía confiscar. Todo acto de cariño al Perú era una sentencia de arresto.

Pero ahí, en esa represión creció el más noble calor y resistencia, tacneños se reunían debajo de la iglesia a tener conversaciones, y poder cantar el himno nacional. 

La bandera peruana tuvo que esconderse bajo los colchones, y las madres enseñaban a sus hijos la historia prohibida en susurros, como si cada palabra fuera un acto de resistencia. La iglesia, las plazas, las casas: todo fue vigilado.

Tacna quedó sola, casi olvidada por el propio Perú, que parecía darle la espalda. 

Como lo contó Jorge Basadre en su obra Infancia en Tacna, sembró recuerdos que sobrevivieron dentro de un vasto conjunto indiferenciado, como el mar aparece ante los ojos de quien lo contempla desde una playa.

Y luego los soldados chilenos marchando, su paso prusiano resonando en cada calle, los uniformes impecables, los niños que aprendían en susurros los versos del himno peruano, ocultando las banderas bajo el colchón como si fuera una reliquia prohibida.

Está resistencia es admirable, resistió cuarenta y nueve años, tres meses y un día. Una eternidad de humillaciones y silencios, en la que Tacna se aferró a lo único que no podían arrebatarle: su memoria.

Crecer en una ciudad llamada heroica no es un título más, es aprender que el silencio también puede ser resistencia, que un himno cantado en voz baja puede sostener la dignidad de un pueblo entero. Tacna no es nada más mi ciudad natal, es una cicatriz convertida en bandera, una historia de casi 50 años de espera, represión y obstinada esperanza.

Yo no vivo en Tacna desde hace 7 años. Pero cuando me mudé, no me llevé el sentimiento de ser una mujer tacneña. 

No soy una mujer de proclamas patrioteras, o cómo quien se infla el pecho y señala digna como puñal y; sin embargo, lo confieso: el único lugar en el que me permito ser nacionalista es Tacna. Y es cierto que cuando uno sale de esta ciudad, se da cuenta qué, el cariño que se tiene a su país se encuentra solo en Tacna. 

Porque aquí el amor al Perú no nació de discursos, sino de lágrimas, de madres enseñando a escondidas, de hombres y mujeres que prefirieron sufrir antes que renunciar a ser peruanos.

Cada 28 de agosto no se celebra la derrota, cómo se dice muchas veces. 

Es un recordatorio de que la historia no se escribe en grandes capitales ni en batallas gloriosas, sino en las cicatrices silenciosas de quienes supieron resistir.

De quienes aún con tela blanca y un par de armas, tuvieron el valor de luchar en la guerra.  

Basadre reflexiona, algo que caló en mí con la precisión que sólo da el tiempo:

El sentimiento de la ‘Patria invisible’, el concepto del Perú como un símbolo. El Perú fue para mí… lo soñado, lo esperado, lo profundo… la lealtad al terruño y al hogar… y la fe en un futuro de liberación

Esa patria invisible no era una abstracción, era lo que Tacna decidió conservar en su memoria, en su poesía, en su dignidad.

La idea de Jorge Basadre sobre la patria invisible es, quizá, una de las intuiciones más hondas y menos exploradas de nuestra historia. Cuando todo lo visible ha sido despojado (como el territorio ocupado, los ejércitos vencidos, las instituciones debilitadas) queda lo invisible: aquello que no se puede confiscar ni por decreto ni por fusil. 

Lo invisible es, en este sentido, la sustancia íntima de lo nacional, la memoria, la lengua, la esperanza, el sentimiento de pertenecer a una historia que aún no se ha terminado de escribir.

Si la patria visible pertenece al campo del poder (la fuerza militar, las fronteras, el Estado), la patria invisible pertenece al campo del ser. Es un modo de habitar el mundo. Incluso bajo el yugo de otro, incluso bajo banderas que no son las nuestras, se sigue existiendo como pueblo. 

Y aquí surge una paradoja: la derrota en el plano visible puede ser la condición de posibilidad para el descubrimiento de lo invisible. En la orfandad del Estado, aparece el núcleo ontológico de lo nacional.

Lo invisible, lejos de ser lo etéreo, es lo resistente, era la fe secreta en que el Perú no había muerto, aunque agonizara su cuerpo visible. 

La patria invisible es el alma colectiva que resiste cuando el cuerpo político es herido. Y aquí se revela la dimensión más filosófica para mí; lo invisible no es menos real que lo visible, sino lo que hace posible que lo visible pueda renacer.

Y si ahondamos más (cómo estos días estuve haciendo, mientras mis pensamientos paraban,nunca) podríamos incluso leerlo desde una clave fenomenológica: lo invisible es el horizonte de sentido que da forma a todo lo visible. O bien, desde una clave ontológica: lo invisible es aquello que no puede ser reducido a cosa, que no es objeto de conquista porque es, justamente, condición de la experiencia común. 

Por eso intuyo que, en los años más oscuros de la Guerra del Pacífico, hubo un Perú invisible que seguía sosteniendo a su pueblo cuando la geografía y las instituciones parecían haber desaparecido.

Lo visible puede ser vencido, pero lo invisible (la dignidad, la memoria, la solidaridad, la conciencia de lo propio) se convierte en trinchera. Si la patria visible es geográfica, la invisible es existencial. Si la visible puede perderse, la invisible se rehace en cada gesto de resistencia, en cada palabra transmitida, en cada memoria guardada.

Yo creo que Tacna me enseñó eso desde niña, aunque no lo entendiera del todo, que lo invisible puede sostenernos incluso cuando lo visible se derrumba.

Filosóficamente, esta patria invisible, Tacna, me y nos obliga a repensar qué es lo que constituye verdaderamente a un pueblo. Porque si lo visible puede caer, ya sea un gobierno, un ejército, un territorio, lo invisible permanece como fundamento, como memoria, como potencia latente. 

Es la paradoja de lo político: lo que sostiene al Estado no siempre es el Estado, sino lo que la gente guarda en su interior.

Hoy, más de un siglo después, y a pocos días de recordarse el regreso de Tacna al Perú (cada 28 de Agosto), el desafío se mantiene. ¿Qué significa cuidar la patria invisible en tiempos donde ya no hay ejércitos de ocupación, sino fracturas internas, desigualdades profundas, indiferencia y desencanto? ¿Cuando ahora, la resistencia es ya no hacia un otro sino a quienes gobiernan nuestro propio país? 

Tal vez la respuesta esté en recordar que esa patria no es un mito estático, sino un movimiento continuo, la capacidad de rehacernos, de imaginar comunidad allí donde parece que todo se ha roto.

Un abrazo Tacna.